San Fructuoso y sus diáconos

Por: Miguel Melendres | Fuente: Año Cristiano (2002)

Mártires (+ 259)

Apenas parpadeaba el siglo V, cuando Aurelio Prudencio, la mejor lira hispana que ha vibrado en latín, agitaba con versos incendiados las llamas del martirio de Fructuoso, obispo de Tarragona, que subió a la pira crepitante como a un pontifical: acompañado de ministros.

Pesaban sobre la cabeza del poeta calagurritano, según confiesa él mismo, «cinco décadas de años y siete años más», cuando cayó en la cuenta de que ante el tribunal de Dios no han de valer los días gastados en el culto de las mundanas vanidades «sin ocuparse del Señor con quien tan sólo habremos de entendernos». Y resolvió cambiar de vida: «Por lo menos, se dijo viendo acercarse el fin, que mi alma pierda su locura, y honre a
Dios con sus himnos, ya que no puede con sus méritos».

Y aquel enamorado de las glorias de Roma y de sus poetas empezó a pisotear con estrofas rotundas los ídolos caducos de la Roma anticuada y a cantar a los nuevos héroes del Imperio: los mártires de Cristo.

Y ahí está el Peristephanon, con sus himnos triunfales en honor de Emeterio y Celedonio, de Lorenzo, de Eulalia de Mérida, de los dieciocho mártires de Zaragoza, y el más hermoso —el sexto—, en alabanza «de los beatísimos mártires Fructuoso, obispo de la iglesia tarraconense, y de Augurio y Eulogio, diáconos»: cincuenta y cuatro estrofas de tres versos cortados con elegancia procer, en los cuales confía la timidez del poeta para obtener la intercesión del Santo. «Acaso —dice al terminar el poema—, como a su Tarragona, también a mí se dignará sacarme de mis penas «dulces hendecasyllabos revolvens»», repasando mis versos de once sílabas…

El águila de Hipona se unió, en el canto a Fructuoso, al ruiseñor de Calahorra, nacido solamente seis años antes que él: a los noventa exactos del martirio del obispo y sus diáconos, que subieron al cielo por la escalera de oro de las llamas en enero del 258.

Como los versos de Prudencio, el sermón de Agustín para la fiesta de Fructuoso sigue con paso fiel las Actas de los mártires, de una tan nítida autenticidad, que hacen de nuestro Santo, al decir de Tillemont, el protomártir históricamente justificado de la España cristiana. Bastarían las pruebas internas de estas Actas; pero la aceptación del gran cantor y el gran obispo les dan aval definitivo.

La historia de ese trío de mártires gloriosos empieza con la aurora del día sexto antes de su muerte. Eran emperadores Licinio, Valeriano y su hijo Gaüeno, y cónsules Baso y Emiliano (para la gloria de tres mártires, el cortejo de tres emperadores); y el cónsul Emiliano vino a la capital de la España Citerior para quemar incienso ante los dioses, pero ya en Tarragona ardían otros incensarios movidos por Fructuoso ante el altar del verdadero Dios.

La historia empieza con la aurora: A diecisiete días de las calendas de febrero, que caía en domingo aquella vez, Emiliano se había levantado de noche; y es al rasgar el alba cuando manda a sus ministros imperiales a prender al obispo. Cinco oficiales de alta categoría manda el cónsul; en lenguaje curial, cinco «beneficiarios», que aquí darán más beneficio a los prendidos que al aprehensor. El cónsul no dormía, inquieto en sus falsos dioses, pero el obispo sí, tranquilamente reclinado en el verdadero Dios; las marciales pisadas le despiertan «al despuntar el día» y sale a recibirlos con las sandalias sin atar.

—Ven, le dicen los cinco: el presidente quiere hablarte, a ti y a tus diáconos.

—Voy —contesta Fructuoso—; pero antes me calzo, si me lo permitís.

Se lo permiten y los tres son conducidos a la cárcel, donde el obispo, «cierto de la corona del Señor, no cesa en la plegaria».

La táctica de aquella persecución de los cristianos era la supresión de las cabezas destacadas, dejando en paz al pueblo fiel.

Por ello la «fraternidad» puede velar de día y noche a la puerta de la cárcel y socorrer a su pastor. Hasta el viernes siguiente no fueron puestos ante el juez. Dice Emiliano a Fructuoso:

—¿Oíste lo que mandan nuestros emperadores? Y Fructuoso contesta:
—Yo no sé lo que mandan, puesto que soy cristiano.
No sabe lo que mandan en cuanto al culto solamente, porque en orden a Dios, el César no es más que él. Dice Emiliano:

—Los emperadores ordenan que los dioses sean venerados.
—Yo no venero más que a un solo Dios.
—¿Sabes que hay dioses?
—No.
—Pues lo sabrás bien pronto…
«El obispo Fructuoso volvió sus ojos al Señor y se sumergió
en íntima oración», dicen las Actas deliciosamente. ¿A qué perder el tiempo? Mientras, al presidente no le cabía en la cabeza que pudiera haber alguien que fuera oído, temido y adorado, si los dioses no eran honrados y no se daba culto, además, a las imágenes de los emperadores. Entonces, Emiliano se dirige al diácono Augurio:
—No escuches las palabras de Fructuoso.
Pero Augurio contesta:
—Yo adoro al Dios omnipotente.
No prosigue Emiliano, temeroso de que con su firmeza en la confesión, Augurio conforte al otro diácono; y así pregunta a Eulogio:
—¿También tú adoras a Fructuoso?
—Yo no adoro a Fructuoso, sino que adoro al mismo Dios que Fructuoso adora…
Pontífice y diáconos se inclinan igualmente ante el altar de Dios. Mas el primero en jerarquía ha de ser el primero en el divino acatamiento. Pero Emiliano ignora tales filigranas, y pregunta de nuevo a Fructuoso:
—¿Eres obispo tú? —delatando la táctica de la persecución.
—Sí, soy —contesta con firmeza el pastor.
Y, burlón, Emiliano:
—Lo fuiste —dice—. Y manda que los tres sean quemados vivos. La sonrisa burlona del derrotado juez, la sabia musa de Prudencio la añade a la latina prosa sencilla de las Actas.

Fructuoso y sus diáconos fueron entonces conducidos al amplio anfiteatro que, a pico y pala manejados por manos voluntarias hasta de hombres de letras, va siendo en estos días desenterrado totalmente de ingloriosos escombros.

¿Quién no amaba a Fructuoso, a excepción del juez inicuo?

Todo el pueblo gemía, incluso los gentiles, apiñado a su vera, camino del suplicio. «Porque Fructuoso era lo que, según San Pablo, el Espíritu Santo quiere que sea todo obispo: un vaso de elección y un doctor de las gentes».

Uno de la fraternidad ofrece a los condenados un cordial aromático, y Fructuoso rechaza:
—No ha llegado aún la hora de romper el ayuno.
Eran las diez de la mañana y el ayuno vigía hasta las tres de la tarde. Ya tomarían en el cielo sabrosa refección. No consiente el obispo que Augustal, su lector, le quite las sandalias.
—Flijo, mejor será que me descalce yo, fuerte, gozoso y cierto de las promesas del Señor.
Ahora un milite cristiano pide un recuerdo en la oración del mártir. La respuesta que da en voz alta Fructuoso la airea en su sermón el verbo emocionado de Agustín, como el mejor elogio del cuerpo místico de Cristo:
—Conviene que yo tenga en mi memoria a la Iglesia Católica extendida de Oriente a Occidente.
Y glosa el Pastor de Hipona: «No olvida a ningún miembro el que pide por todos… Tú, pues, si quieres que yo ruegue por ti, no te apartes de esta Iglesia por la que estoy rogando».

Todavía Fructuoso sigue pontificando con la palabra y el ejemplo. Anuncia que a su rebaño no faltará jamás pastor, y habla de que el martirio «es un mal que se esfuma, como la enfermedad de una hora». Y después de consolar a los hermanos, él, con sus compañeros, «entraron en la salud». Así rezan las Actas que acaban de llamar a las pruebas «como una enfermedad». Y empieza el recuerdo del horno bíblico con sus tres purpúreas ofrendas de Ananías, Azarías y Misael, que habrán de recoger todos los breviarios medievales. Hay una pincelada, en las referidas Actas, de verdadera mano maestra: «Así, pues, constituidos en el fuego de este mundo, el Padre no los abandonó, el Hijo los auxilió y el Espíritu Santo estaba con ellos en medio de las llamas». La Trinidad del cielo asistiendo a los tres héroes de la tierra «y el Espíritu Santo —el del incendio de Pentecostés—, con su cortejo ígneo en las llamas».

A la voracidad del fuego cedieron los cordeles, y los mártires quedaron libres, según era costumbre entre cristianos, para alzar las manos y ponerlas en cruz, «constituidos, dice el texto, en la señal de la victoria, hasta que fueron abandonados por sus almas».

La historia comenzada con oros de la aurora, acaba con los oros del martirio por fuego, en un pontifical al que aluden los gozos que actualmente se cantan el 21 de enero en la catedral de Tarragona: «Oh trinidad tarraconense, —rojo terno de Fructuoso…».

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