Entre las grandes voces de la espiritualidad cristiana existen algunas que parecen atravesar los siglos sin perder frescura. Sus palabras poseen una fuerza capaz de conmover incluso a lectores muy alejados de la época en que fueron escritas.
Hadewijch de Amberes pertenece a ese grupo excepcional.
Su nombre es poco conocido fuera de los círculos especializados. Sin embargo, quienes se acercan a sus escritos descubren una de las experiencias espirituales más profundas y hermosas de toda la Edad Media.
Poeta, mística, escritora y probablemente beguina, Hadewijch fue una mujer que se atrevió a hablar de Dios con el lenguaje del amor.
No del amor entendido como simple emoción pasajera.
Sino del amor como fuerza que transforma la existencia, purifica el corazón y conduce al alma hacia una unión cada vez más profunda con Cristo.
Por eso puede considerarse una de las grandes poetisas espirituales de la historia cristiana.
Una mujer envuelta en el misterio
Sabemos sorprendentemente poco sobre su vida.
Ni siquiera conocemos con certeza las fechas exactas de su nacimiento y de su muerte.
Probablemente vivió durante la primera mitad del siglo XIII en la región de Brabante, en los actuales Países Bajos y Bélgica.
Pertenecía seguramente a un ambiente cultural refinado.
Sus escritos revelan una notable formación intelectual.
Conocía las Escrituras.
Estaba familiarizada con la literatura religiosa de su tiempo.
Dominaba el lenguaje poético de los trovadores medievales.
Y poseía una sensibilidad espiritual extraordinaria.
Sin embargo, más allá de estos datos, su figura permanece rodeada de cierto misterio.
Tal vez sea apropiado.
Porque lo verdaderamente importante no es su biografía externa, sino la experiencia espiritual que transmitió.
El descubrimiento de un nombre
Existe una palabra que aparece constantemente en los escritos de Hadewijch.
Una palabra que resume toda su espiritualidad.
Esa palabra es Amor.
En sus textos suele escribirla con mayúscula.
No porque se trate simplemente de un sentimiento.
Sino porque para ella el Amor es uno de los nombres de Dios.
Esta intuición hunde sus raíces en el corazón mismo del Evangelio.
San Juan había escrito:
«Dios es amor».
Muchos cristianos conocen esta frase.
Hadewijch la tomó radicalmente en serio.
Para ella, toda la vida espiritual consiste en entrar cada vez más profundamente en el misterio de ese Amor.
Más allá del sentimentalismo
Al leer algunos fragmentos de sus escritos podría surgir una impresión equivocada.
Podría parecer que se trata de una espiritualidad puramente emocional.
Nada más lejos de la realidad.
El Amor del que habla Hadewijch no es cómodo.
No es fácil.
No busca simplemente producir consuelo.
Es un amor exigente.
Transformador.
A veces doloroso.
Porque amar verdaderamente significa salir de uno mismo.
Significa renunciar al egoísmo.
Significa aceptar que Dios conduzca nuestra vida por caminos que no siempre comprendemos.
Por eso sus textos combinan la ternura con la exigencia.
La alegría con la prueba.
La cercanía con la aparente ausencia de Dios.
El Cantar de los Cantares hecho vida
Pocas obras bíblicas influyeron tanto en Hadewijch como el Cantar de los Cantares.
Este libro, lleno de imágenes de amor entre el esposo y la esposa, había fascinado durante siglos a los místicos cristianos.
Para ellos no era simplemente un poema humano.
Era una imagen del amor entre Dios y el alma.
Hadewijch hizo suyo este lenguaje.
Habla del deseo de Dios.
De la búsqueda del Amado.
De los momentos de encuentro.
De los períodos de ausencia.
De la alegría de la unión.
Y del sufrimiento de la separación.
Todo ello expresado con una belleza poética extraordinaria.
El deseo de Dios
Uno de los temas más originales de su espiritualidad es la importancia del deseo.
Nuestra cultura suele desconfiar del deseo.
A veces lo identifica con capricho o egoísmo.
Hadewijch lo entiende de otra manera.
Existe en el corazón humano un deseo profundo que ninguna realidad creada puede satisfacer plenamente.
Ese deseo apunta hacia Dios.
La vida espiritual no consiste en apagarlo.
Consiste en purificarlo.
Orientarlo.
Permitir que crezca hasta convertirse en una búsqueda apasionada del Señor.
Por eso sus escritos están llenos de anhelo.
De hambre espiritual.
De una sed que solo Dios puede colmar.
Las pruebas del amor
Hadewijch sabía que el amor verdadero incluye momentos de oscuridad.
No siempre experimentamos la presencia de Dios de manera sensible.
Existen períodos de sequedad.
Momentos de silencio.
Etapas de incertidumbre.
Muchos creyentes interpretan estas experiencias como señales de fracaso espiritual.
Ella las veía de otro modo.
Las consideraba parte del camino.
Porque el amor madura precisamente cuando permanece fiel incluso en ausencia de consuelos.
Esta intuición será desarrollada siglos más tarde por autores como San Juan de la Cruz.
Pero ya aparece con fuerza en los escritos de la gran mística flamenca.
Una mujer adelantada a su tiempo
Resulta difícil exagerar la originalidad de Hadewijch.
Escribía en lengua vernácula cuando gran parte de la producción teológica seguía realizándose en latín.
Se atrevió a expresar experiencias espirituales profundas desde una perspectiva femenina.
Desarrolló una obra literaria de notable calidad.
Y todo ello en una época en la que las oportunidades intelectuales para las mujeres eran limitadas.
Su sola existencia desafía muchos estereotipos sobre la Edad Media.
Una influencia silenciosa
Aunque durante siglos permaneció relativamente olvidada, su influencia fue considerable.
Sus escritos circularon entre comunidades religiosas y espirituales.
Inspiraron a otras místicas.
Contribuyeron al desarrollo de la espiritualidad de las beguinas.
Y forman parte de ese gran movimiento de renovación espiritual que floreció en el norte de Europa durante los siglos XIII y XIV.
Hoy los estudiosos la consideran una de las voces más importantes de la literatura mística occidental.
Lo que Hadewijch puede enseñarnos hoy
Quizá su mensaje resulte especialmente actual porque vivimos en una época marcada por la superficialidad afectiva.
Hablamos mucho de amor.
Pero a menudo lo reducimos a emociones pasajeras.
Hadewijch nos recuerda que el amor auténtico es algo mucho más profundo.
Es una decisión.
Un camino.
Una transformación.
Nos enseña que la vida espiritual no consiste simplemente en cumplir obligaciones religiosas.
Consiste en aprender a amar.
Y que ese aprendizaje dura toda la vida.
La mujer que habló el idioma del amor
Si tuviéramos que resumir la espiritualidad de Hadewijch en una sola imagen, podríamos imaginar a una mujer que pasó su vida intentando traducir el misterio de Dios al lenguaje del amor.
Sabía que ninguna palabra humana puede expresar plenamente la grandeza divina.
Sin embargo, comprendió que el amor es probablemente el lenguaje que más se acerca.
Por eso escribió poemas.
Cartas.
Visiones.
Meditaciones.
Todo con un único propósito: ayudar a otros a descubrir la belleza de Dios.
Siglos después, sus textos siguen conservando una fuerza extraordinaria.
Porque hablan de algo que nunca envejece.
Hablan del corazón humano.
Hablan de la búsqueda de Dios.
Hablan del Amor con mayúscula.
Ese Amor que llamó a Hadewijch, transformó su vida y convirtió a una mujer casi desconocida de la Edad Media en una de las más grandes poetas espirituales de la tradición cristiana.

