Tu maderome llegaba, Señor, desdibujado.Eludía contornos.Cualquier forma concreta me arañaba el espíritu.Pero, a pesar de ello,tu madero, Señor, se perfilabaen el cordial ambiente de la tarde.Aquel niño que al vientolanzaba su molinode papel y coloreslo acercaba a mis ojos. Los hería de pronto.Aquellos seres mínimos y tuyos,que estrenaban vestidospara festejarte,me traían tu voz.Aligeraba el paso (oh Señor, caminar en distanciasin sonidos hirientespor lo azul de mis venas),pero tu voz seguía persiguiéndomepor el asfalto sin circulación.Tus palabras,tus últimas palabras del Calvario,eran el aire que me circundaba.No respiraba apenas.Me dolía tragarlas. Unirlas a mi sangre miserable.Acaso,una sola vibróen el aliento turbio. Suspendida.Cuando