Cosas que vale la pena leer...Comunidad parroquial de San Miguel Arcangel, Coyuca de Benitez Gro.

 

El día en que Jesús guardo silencio

Muchas veces cuando uno camina por las calles, vemos muchísimas cosas negativas, se observa como poco a poco el materialismo crece entre nosotros, y seguirá haciéndolo a menos que uno mismo lo detenga.

Hay ocasiones que nosotros, por decir, queremos hacer un bien a una persona, pero debido a nuestra pena o vergüenza o el clásico: ¿Que van a decir de Mí?, no lo hacemos. Esto último del ¿Que van a decir de Mi? , es algo realmente tonto y vemos que si nos regimos por las demás personas, entonces ellas tomaran el control de nosotros, ya que, si estamos sujetos a la aprobación de las demás personas, entonces nosotros no podemos actuar por libre albedrío.

Nosotros al realizar cualquier obra buena a cualquiera de nuestros hermanos o prójimos, debemos hacerlo con una verdadera bondad y rectitud sin fijarnos lo que digan los demás. Pero en esto tampoco debemos caer en la vanidad, de que al realizar una obra buena esperemos a que nos vean todos.

Recordemos lo siguiente que dijo Jesús :"Todo lo que hagan al mas pequeño de mis hermanos me lo hacen a mi " y en otra parte de la Sagrada Escritura , nos pone un ejemplo , cuando se tenia que dar el diezmo , Jesús fue con sus discípulos a pagar , y el se puso junto a las tinajas donde se ponía el dinero , El veía como todos los ricos daban dinero y lo echaban de una en una moneda a las tinajas para que todos vieran como daban mucho dinero , pero de repente apareció una viejecita que abriéndose paso llego a las tinajas y solo dio unas cuantas pequeñas monedas de poco valor. Los que estaban ahí se enojaron mucho con ella por lo que había hecho, pero Jesús los reprendió y dijo que ella había dado más que todos porque ella había dado lo que tenia mientras los demás daban lo que les sobraba.

Así que cuando des algo dalo con verdadera bondad sin pensar en lo demás o los demás.

Complementando esto, leamos el siguiente relato:


Aún no llego a comprender cómo ocurrió, si fue real o un sueño. Solo recuerdo que ya era tarde y estaba en mi sofá preferido con un buen libro en la mano. El cansancio me fue venciendo y empecé a cabecear...

En algún lugar entre la semi-inconsciencia y los sueños, me encontré en aquel inmenso salón, no tenía nada en especial salvo una pared llena de tarjeteros, como los que tienen las grandes bibliotecas. Los ficheros iban del suelo al techo y parecía interminable en ambas direcciones.

Tenían diferentes rótulos. Al acercarme, me llamó la atención un cajón titulado: "Muchachas que me han  gustado". Lo abrí descuidadamente y empecé a pasar las fichas. Tuve que detenerme por la impresión, había reconocido el nombre de cada una de ellas: ¡se trataba de las muchachas que a MÍ me habían gustado!

Sin que nadie me lo dijera, empecé a sospechar de donde me encontraba. Este inmenso salón, con sus interminables ficheros, era un crudo catálogo de toda mi existencia. Estaban escritas las acciones de cada momento de mi vida, pequeños y grandes detalles, momentos que mi memoria había ya olvidado.

Un sentimiento de expectación y curiosidad, acompañado de intriga, empezó a recorrerme mientras abría los ficheros al azar para explorar su contenido. Algunos me trajeron alegría y momentos dulces; otros, por el contrario, un sentimiento de vergüenza y culpa tan intensos que tuve que volverme para  ver si alguien me observaba.  

El archivo "Amigos" estaba al lado de "Amigos que traicioné" y "Amigos que abandoné cuando más me necesitaban". Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo. "Libros que he leído", "Mentiras que he dicho", "Consuelo que he dado", "Chistes que conté", otros títulos eran:"Asuntos por los que he peleado con mis hermanos", "Cosas hechas cuando estaba molesto", "Murmuraciones cuando mamá me reprendía de niño", "Videos que he visto"...

No dejaba de sorprenderme de los títulos. En algunos ficheros había muchas  más tarjetas de las que esperaba y otras veces menos de lo que yo pensaba. Estaba atónito del volumen de información de mi vida que había acumulado.

¿Sería posible que hubiera tenido el tiempo de escribir cada una de esas millones de tarjetas? Pero cada tarjeta confirmaba la verdad. Cada una  escrita con mi letra, cada una llevaba mi firma.

Cuando vi el archivo "Canciones que he escuchado" quedé atónito al descubrir que tenía más de tres cuadras de profundidad y, ni aun así, vi su fin. Me sentí avergonzado, no por la calidad de la música, sino por la gran cantidad de tiempo que demostraba haber perdido.

Cuando llegué al archivo: "Pensamientos lujuriosos" un escalofrío recorrió mi cuerpo. Solo abrí el cajón unos centímetros... Me avergonzaría conocer su tamaño. Saqué una ficha al azar y me conmoví por su contenido. Me sentí asqueado al constatar que "ese" momento, escondido en la oscuridad, había quedado registrado... No necesitaba ver más...

Un instinto animal afloró en mí. Un pensamiento dominaba mi mente: Nadie debe de ver estas tarjetas jamás. Nadie debe entrar jamás a este salón... ¡Tengo que destruirlo! En un frenesí insano arranqué un cajón, tenía que vaciar y quemar su contenido. Pero descubrí que no podía siquiera desglosar una sola del cajón. Me desesperé y trate de tirar con más fuerza, sólo para descubrir que eran más duras que el acero cuando  intentaba arrancarlas.

Vencido y completamente indefenso, devolví el cajón a su lugar. Apoyando mí  cabeza al interminable archivo, testigo invencible de mis miserias y empecé a llorar. En eso, el título de un cajón pareció aliviar en algo mi situación  "Personas a las que les he compartido de Jesús". La manija brillaba, al abrirlo encontré menos de 5 tarjetas. Las lágrimas volvieron a brotar de mis  ojos. Lloraba tan profundo que no podía respirar. Caí de rodillas al suelo  llorando amargamente de vergüenza. Un nuevo pensamiento cruzaba mi mente: nadie deberá entrar a este salón, necesito encontrar la llave y cerrarlo para siempre.

Y mientras me limpiaba las lagrimas, lo vi. ¡Oh no!, ¡por favor no!, ¡El no!, ¡cualquiera menos Jesús! Impotente vi como Jesús abría los cajones y leía cada una de mis fichas. No soportaría ver su reacción.

En ese momento no deseaba encontrarme con su mirada. Intuitivamente Jesús se acercó a los peores archivos. ¿Por qué tiene que leerlos todos? Con tristeza en sus ojos, buscó mi mirada y yo bajé la cabeza de vergüenza, me llevé las manos al rostro y empecé a llorar de nuevo. El, se acerco, puso sus manos en mis hombros. Pudo haber dicho muchas cosas. Pero el no dijo una sola palabra. Allí estaba junto a mí, en silencio. Era el día en que Jesús guardó silencio... y lloró conmigo.

Volvió a los archivadores y, desde un lado del salón, empezó a abrirlos, uno por uno, y en cada tarjeta firmaba su nombre sobre el mío. ¡No!, le grité corriendo hacia El. Lo único que atiné a decir fue solo ¡no!, ¡no!, ¡no! cuando le arrebaté la ficha de su mano. Su nombre no tenía por que estar en esas fichas. No eran sus culpas, ¡eran las mías! Pero allí estaban, escritas en un rojo vivo. Su  nombre cubrió el mío, escrito con su propia sangre. Tomó la ficha de mi mano, me miró con una sonrisa triste y siguió firmando las tarjetas.

No entiendo como lo hizo tan rápido. Al siguiente instante lo vi cerrar el  último archivo y venir a mi lado. Me miró con ternura a los ojos y me dijo:

Consumado es, está terminado, yo he cargado con tu vergüenza y culpa.  En eso salimos juntos del Salón...  Salón que aún permanece abierto.... Porque todavía faltan más tarjetas que escribir...

Aún no se si fue un sueño, una visión, o una realidad... Pero, de lo que si estoy convencido, es que la próxima vez que Jesús vuelva a ese salón, encontrará más fichas de que alegrarse, menos tiempo perdido y menos fichas vanas y vergonzosas.

Así que pon manos a la obra ya!!!