«Y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Reflexión Jueves Santo (A)

El evangelista san Juan, nos regala uno de los relatos más apasionantes y a la vez dicientes de la vida de Jesús. El texto del lavatorio de los pies nos sitúa en el Cenáculo, donde Cristo quiso compartir con sus apóstoles la pascua, su última cena. Es ahí, en medio de una cena donde Cristo se anonada (se abaja) y se convierte en servidor de todos.

Jesús es consciente que sus horas están contadas, sin embargo, no huye ni se oculta, Él hace algo que una persona en peligro de muerte no haría jamás. Él prepara una cena especial, es su despedida, es su acción de gracias para con aquellos que le siguieron, que le amaron. Jesús empieza a sentir aquella tristeza de muerte que señala san Juan, pero a la vez de su corazón sigue brotando como una fuente la confianza en Aquel que lo envío, Jesús, aún espera en el Padre.

Los signos dados por Cristo en esta cena son realmente conmovedores, primero, se levanta de la mesa y con una gran simpleza realiza un acto de grandeza; se ciñe una toalla y con una jofaina empieza a lavar los pies a sus discípulos. He aquí que el Señor se convierte en siervo y a los siervos es capaz de llamar amigos. Este signo por si mismo está cargado de gran significado, Cristo es capaz de darle un nuevo horizonte a lo que significa amar y servir.

San Juan dice: «Y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1) En este gesto profético de Jesús encontramos un nuevo modo de amar. Un amor que no es infecundo y pasivo, sino más bien, acción e iniciativa. Jesús toma la iniciativa de lavar los pies y ahí le otorga sentido al servicio, ya que: «el que quiera ser el primero, conviértase en el último de todos y el servidor de sus hermanos» (Mc 9, 35) y a la vez le otorga sentido pleno al amor cuando dice: «nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

Pero no solo el gesto de lavar los pies sorprende, Jesús hace algo mucho más sublime, Él se dispone a animar la cena contagiando a sus discípulos de su esperanza. Inicia la comida siguiendo la costumbre judía: se pone en píe, toma en sus manos el pan y pronuncia en nombre de todos, una bendición a Dios. Luego, fracciona el pan y le pasa un trozo a cada uno. Sus apóstoles y los que estaban ahí, ya conocían aquel gesto, quizá Jesús lo había hecho en más de una ocasión, cuando compartía de la misma manera con publicanos, pecadores y prostitutas. Pero lo que más les debió llamar la atención fue la expresión: «Este es mi cuerpo» ya no era un simple trozo de pan, ahora era su Cuerpo, su Carne, era Él dándose como alimento, era el nuevo maná.

Mas ahí no terminaba todo, las sorpresas no acababan. Al final de la cena, solo el que presidía el banquete bebía de la copa y esa era la señal para que los demás comensales bebieran de las suyas. Pero en esta ocasión solo había una copa y era la de Jesús, quien pronunciando la acción de gracias dijo: «Tomen y beban ésta es mi Sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y muchos para el perdón de los pecados». En esa copa que se va pasando y ofreciendo por todos, Jesús, no piensa solo en sus discípulos más cercanos. En este momento decisivo y crucial, el horizonte de su mirada se hace universal: la nueva alianza, el reino definitivo de Dios será para muchos, será para todos.

Hoy, como familia cristiana nos hemos reunido no en nuestros templos, pero si en nuestros hogares para hacer anamnesis (recuerdo vivo) de la última cena del Señor. Pensemos si estamos tomando la iniciativa de Jesús de mirar el servicio con ojos de alegría y hacer del amor el combustible de nuestra existencia.

En este día, el Señor, quiere lavarnos los pies y a la vez besarlos, acojamos este gesto humilde y sublime y contagiémonos de su amor. Hoy, es el día para hacer de la Eucaristía el sacramento del amor, nuestro alimento más preciado. Su Cuerpo sacia nuestra hambre en medio de la debilidad y flaqueza espiritual y su Sangre nos reaviva y anima en el camino de la fe.

Celebremos en casa esta Pascua, hagamos de nuestro hogar un nuevo Cenáculo. Abramos nuestro corazón al amor apasionado y extremo de Jesús y coloquémonos el delantal del servicio, aquel servicio que tiene como recompensa la vida eterna…

Por experiencia, sabemos que los pequeños gestos a menudo cuestan mucho, sobre todo cuando hay que repetirlos cada día… Le dimos nuestro corazón «al por mayor» a Dios, y nos cuesta mucho que él nos lo tome «al por menor». Tomar un delantal como Jesús, puede ser tan grave y solemne como el don de la vida… y viceversa, dar su vida puede ser tan simple como tomar un delantal.

«L’invincible Espérance», Christian de Chergé, 1997, Bayard Editions, p.228-229.

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