¿Por qué los católicos veneramos a los santos?

Una de las preguntas más frecuentes sobre la fe católica es esta:

¿Por qué los católicos veneran a los santos?

Para algunas personas puede parecer extraño. Otros incluso piensan que los católicos «adoran» a los santos. Sin embargo, la Iglesia ha enseñado desde sus orígenes algo muy distinto: la adoración pertenece únicamente a Dios, mientras que los santos son venerados porque en ellos resplandece la obra de Dios.

Los santos no compiten con Dios

Imaginemos por un momento una catedral llena de vitrales.

Cuando el sol atraviesa los cristales, cada uno refleja la misma luz, pero de manera distinta. Algunos la muestran con tonos azules, otros con colores dorados o rojizos.

Los santos son algo parecido.

Ninguno de ellos es la luz.

La luz es Cristo.

Los santos son hombres y mujeres que permitieron que la luz de Cristo atravesara su vida de una manera extraordinaria.

Por eso la Iglesia no los contempla para quedarse en ellos, sino para descubrir lo que la gracia de Dios puede realizar en una persona.

¿Qué significa realmente venerar?

La palabra «culto» suele generar confusión.

En el lenguaje católico existen diferencias muy importantes.

A Dios se le ofrece adoración, porque sólo Él es el Creador y Señor de todas las cosas.

A los santos se les ofrece veneración, es decir, respeto, gratitud y reconocimiento por la obra que Dios realizó en ellos. La tradición cristiana ha llamado a esta veneración dulía, reservando la adoración (latría) exclusivamente para Dios.

La diferencia es tan grande como la que existe entre admirar una obra de arte y adorar al artista.

Cuando veneramos a un santo, en realidad estamos alabando a Dios por lo que hizo en su vida.

Los santos son nuestros hermanos mayores

A veces imaginamos a los santos como personajes lejanos, casi inalcanzables.

Pero la Iglesia los contempla de otra manera.

Son hombres y mujeres que recorrieron el mismo camino que nosotros.

También tuvieron dudas.

También conocieron el sufrimiento.

También lucharon contra sus debilidades.

La diferencia es que aprendieron a confiar radicalmente en Dios.

Por eso los santos no son héroes imposibles de imitar.

Son testigos de que el Evangelio puede vivirse en cualquier época y circunstancia.

¿Por qué pedimos su intercesión?

Aquí aparece otra de las grandes preguntas.

Si podemos rezar directamente a Dios, ¿por qué pedir la ayuda de los santos?

La respuesta es sencilla.

Por la misma razón por la que pedimos oración a un amigo.

Cuando atravesamos una dificultad solemos decir:

«Reza por mí.»

No porque ese amigo sustituya a Dios.

Sino porque creemos en la fuerza de la comunión y de la oración compartida.

La Iglesia cree que la muerte no rompe esa comunión.

Los santos viven en Dios y siguen unidos a nosotros en Cristo. Por eso la tradición cristiana los considera intercesores que presentan nuestras súplicas ante el Señor, siempre subordinados a la única mediación de Jesucristo.

La santidad es posible

Quizá el mensaje más importante del culto a los santos sea éste:

La santidad no es un privilegio reservado para unos pocos.

Es la vocación de todos los bautizados.

Los santos nos recuerdan que el Evangelio puede hacerse vida.

Que la gracia puede transformar una existencia.

Que Dios sigue actuando en la historia.

Cada santo es una prueba de que Cristo no pertenece al pasado.

Sigue vivo.

Sigue llamando.

Sigue transformando corazones.

Mirar a los santos para llegar a Cristo

Los santos no son el destino final del camino cristiano.

Son señales que apuntan hacia Cristo.

Cuando admiramos su vida, aprendemos a confiar más en Dios.

Cuando leemos sus escritos, aprendemos a escuchar mejor el Evangelio.

Cuando pedimos su intercesión, nos unimos a la gran familia de la Iglesia del cielo y de la tierra.

Por eso veneramos a los santos.

No porque ocupen el lugar de Dios.

Sino porque nos ayudan a descubrirlo.

Y porque, al contemplar lo que Dios hizo en ellos, renovamos la esperanza de que también puede hacerlo en nosotros.

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