¿Anunciamos realmente la muerte del Señor?
Hay frases que repetimos tantas veces que corren el riesgo de volverse invisibles.
Una de ellas resuena en cada Eucaristía después de la consagración:
«Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!»
La pronunciamos de memoria.
La escuchamos domingo tras domingo.
Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en la profundidad de estas palabras.
No son una simple respuesta litúrgica.
Son una profesión de fe.
Son un resumen del Evangelio.
Y también una llamada a la coherencia.
Anunciamos tu muerte
La fe cristiana no es una ideología ni una filosofía moral.
Nace de un acontecimiento concreto: Jesucristo murió en la cruz por nuestra salvación.
Los primeros cristianos nunca ocultaron este hecho. Al contrario, lo anunciaron con valentía.
Sabían que la cruz podía parecer escándalo para unos y locura para otros, como escribió san Pablo. Pero también sabían que precisamente en esa cruz se había manifestado el amor más grande.
Cristo no murió por accidente.
No fue simplemente víctima de las circunstancias.
Entregó libremente su vida por nosotros.
Por eso la cruz no es un fracaso.
Es el signo supremo de un amor que llegó hasta el extremo.
Cuando decimos «anunciamos tu muerte», reconocemos que nuestra salvación tiene un precio: el amor obediente de Cristo hasta la muerte y muerte de cruz.
Proclamamos tu resurrección
Pero la cruz no es el final de la historia.
Si Cristo hubiera permanecido en el sepulcro, el cristianismo sería únicamente el recuerdo de un hombre admirable.
Sin embargo, el sepulcro quedó vacío.
La muerte no tuvo la última palabra.
La resurrección es la gran victoria de Dios sobre el pecado, el sufrimiento y la muerte.
Por eso la liturgia utiliza un verbo más fuerte: no sólo anunciamos la resurrección, la proclamamos.
Porque la resurrección no es una idea.
Es una victoria.
Es la certeza de que el amor es más fuerte que la muerte.
Es la esperanza que sostiene la vida de la Iglesia desde hace dos mil años.
¡Ven, Señor Jesús!
La aclamación termina con una súplica.
No miramos solamente al pasado.
Esperamos el futuro.
La Iglesia vive con el deseo de la venida definitiva de Cristo.
No se trata de una espera pasiva ni resignada.
Los cristianos no permanecen inmóviles mirando al cielo.
Esperan trabajando, sirviendo y construyendo el Reino de Dios en medio del mundo.
Por eso san Pablo exhortaba a los creyentes a no abandonar sus responsabilidades mientras aguardaban la venida del Señor.
La esperanza cristiana siempre es activa.
Siempre se traduce en obras.
Una frase para vivir
Quizá el verdadero desafío no consiste solamente en pronunciar estas palabras durante la misa.
Consiste en vivirlas.
Anunciar la muerte del Señor significa aprender a amar como Él amó.
Proclamar su resurrección significa vivir con esperanza incluso en medio de las dificultades.
Pedir que venga el Señor significa preparar cada día un mundo más conforme al Evangelio.
Cada Eucaristía nos recuerda que la fe no puede quedarse encerrada en el templo.
La cruz, la resurrección y la esperanza de la venida de Cristo están llamadas a impregnar toda nuestra existencia.
La próxima vez que respondamos:
«Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!»
quizá podamos hacerlo con una conciencia nueva.
Porque no estaremos repitiendo una fórmula.
Estaremos proclamando el centro mismo de nuestra fe.

