La mitra del obispo: mucho más que un ornamento, un llamado a pensar y vivir según Dios

Cuando vemos a un obispo celebrar una ceremonia solemne, una de las primeras cosas que llama nuestra atención es la mitra.

Alta.

Blanca o adornada según la ocasión.

Visible incluso desde lejos.

Para muchos es simplemente una especie de «sombrero litúrgico».

Sin embargo, detrás de esta insignia episcopal se esconde una de las catequesis más profundas de toda la liturgia.

La mitra no habla de poder.

Habla de responsabilidad.

No habla de privilegio.

Habla de fidelidad.

No señala a un hombre importante.

Señala una misión.

Un signo antiguo

La mitra comenzó a difundirse en Occidente aproximadamente entre los siglos X y XI.

Con el paso del tiempo se convirtió en una de las insignias propias de los obispos y, posteriormente, de algunos abades.

Su forma fue evolucionando hasta adquirir el aspecto actual: dos puntas elevadas unidas por una base común y dos cintas que caen por la parte posterior, llamadas ínfulas.

Pero la Iglesia nunca conservó una vestidura simplemente por razones estéticas.

Todo en la liturgia tiene un significado.

Y la mitra también.

Las dos puntas que miran al cielo

La característica más llamativa de la mitra son sus dos elevaciones.

Diversos autores espirituales han visto en ellas múltiples significados.

Uno de los más hermosos es que representan el Antiguo y el Nuevo Testamento.

El obispo es el custodio de toda la Revelación.

Está llamado a anunciar la totalidad de la Palabra de Dios, sin seleccionar unas partes y olvidar otras.

Las dos puntas también recuerdan que el pastor debe mantener siempre unidos dos amores inseparables:

  • el amor a Dios,
  • el amor al pueblo.

No puede haber auténtico ministerio episcopal si falta uno de los dos.

Un obispo no es un administrador.

Es un hombre que debe vivir con el corazón vuelto simultáneamente hacia Dios y hacia las personas.

La mitra sobre la cabeza

No es casualidad que la mitra se coloque sobre la cabeza.

La cabeza simboliza el pensamiento, la inteligencia, el discernimiento y la sabiduría.

El obispo es ante todo maestro de la fe.

Su primera tarea no es gobernar.

Su primera tarea es enseñar.

Por eso el Concilio Vaticano II recordó que entre las funciones principales de los obispos está el anuncio del Evangelio.

La mitra recuerda que el pensamiento del obispo debe estar configurado por la Palabra de Dios.

No está llamado a enseñar opiniones personales.

No está llamado a transmitir ideologías.

Está llamado a custodiar fielmente el depósito de la fe.

Las cintas que caen sobre la espalda

Las dos cintas posteriores, llamadas ínfulas, suelen pasar desapercibidas.

Sin embargo, también poseen un significado espiritual.

Tradicionalmente se han interpretado como signo del Antiguo y el Nuevo Testamento que acompañan constantemente al pastor.

Otros autores han visto en ellas la necesidad de que el obispo una la contemplación y la acción.

La oración y el servicio.

La escucha de Dios y la atención al pueblo.

Porque un pastor que sólo contempla termina alejándose de las personas.

Y un pastor que sólo actúa termina olvidándose de Dios.

Una corona que no es una corona

A simple vista la mitra podría parecer una especie de corona.

Pero precisamente ahí se encuentra una de sus enseñanzas más profundas.

No es una corona real.

No es símbolo de dominio.

Es símbolo de servicio.

Jesús cambió para siempre el significado de la autoridad cuando lavó los pies a sus discípulos.

Desde entonces, quien ocupa un lugar de responsabilidad en la Iglesia no está llamado a ser servido, sino a servir.

La mitra recuerda al obispo que toda autoridad en la Iglesia debe ejercerse según el estilo de Cristo.

Con humildad.

Con cercanía.

Con espíritu de entrega.

La santidad de la mente

Quizá exista una interpretación aún más profunda.

La mitra recuerda que la santidad no es solamente una cuestión del corazón.

También implica la inteligencia.

El obispo está llamado a tener una mente iluminada por Dios.

A discernir.

A juzgar según el Evangelio.

A buscar la verdad.

En una época donde abundan las opiniones, la confusión y las ideologías cambiantes, la mitra recuerda la misión del obispo como custodio de la verdad revelada.

La verdadera mitra

San Agustín afirmaba que la dignidad episcopal no consiste en los ornamentos externos, sino en la fidelidad interior.

Podemos decir entonces que la verdadera mitra no está hecha de tela.

Está hecha de sabiduría.

De humildad.

De amor a la Iglesia.

De fidelidad al Evangelio.

La mitra visible sólo tiene sentido cuando expresa una realidad invisible.

La de un pastor que piensa con la mente de Cristo y que dedica toda su vida a conducir al Pueblo de Dios hacia la santidad.

Por eso, cada vez que vemos a un obispo revestido con la mitra, no deberíamos fijarnos únicamente en una antigua insignia litúrgica.

Deberíamos recordar la inmensa responsabilidad que simboliza.

La de enseñar la verdad.

La de custodiar la fe.

Y la de guiar al pueblo cristiano por el camino que conduce al Reino de Dios.

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