Hay expresiones que repetimos tantas veces que terminamos olvidando lo que significan. Una de ellas aparece varias veces en cada celebración eucarística.
El sacerdote dice:
«El Señor esté con ustedes.»
Y el pueblo responde:
«Y con tu espíritu.»
La mayoría de los fieles la pronuncia automáticamente. Sin embargo, esta breve respuesta contiene una profundidad teológica extraordinaria. No es una fórmula de cortesía. No es una manera elegante de devolver el saludo. Ni significa simplemente: «Igualmente». La Iglesia quiere expresar algo mucho más grande.
Una fórmula que viene de la Biblia
El diálogo litúrgico tiene raíces profundamente bíblicas.
La fórmula «El Señor esté con ustedes» aparece repetidamente en la Sagrada Escritura como una bendición y una expresión de la presencia de Dios junto a su pueblo.
Por su parte, la respuesta «Y con tu espíritu» también tiene fundamento bíblico. San Pablo concluye varias de sus cartas utilizando expresiones semejantes:
«El Señor esté con tu espíritu» (2 Tim 4,22).
«La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu» (Gal 6,18).
Desde los primeros siglos, la Iglesia incorporó este diálogo a la liturgia y lo conservó prácticamente sin cambios tanto en Oriente como en Occidente.
Por eso, cuando respondemos «Y con tu espíritu», estamos pronunciando palabras que los cristianos vienen utilizando desde los tiempos apostólicos.
¿Por qué no respondemos simplemente «Y contigo»?
Ésta es la pregunta fundamental.
Si el sacerdote desea que el Señor esté con nosotros, parecería lógico responder: «Y contigo.»
Sin embargo, la Iglesia ha conservado cuidadosamente la expresión original: «Y con tu espíritu.»
La razón es que la respuesta no está dirigida simplemente a la persona del sacerdote. Está dirigida al don espiritual que recibió mediante la ordenación.
El espíritu recibido en la imposición de las manos
La tradición de la Iglesia ha visto siempre en esta respuesta una referencia al sacramento del Orden.
Cuando un hombre es ordenado diácono, sacerdote u obispo, recibe mediante la imposición de las manos y la oración consagratoria una gracia particular para ejercer el ministerio recibido.
Por eso los Padres de la Iglesia explicaban que la asamblea no está saludando simplemente al hombre que preside la celebración. Está reconociendo la acción del Espíritu Santo en él.
San Juan Crisóstomo afirmaba:
«Si el Espíritu Santo no estuviera en el obispo o en el presbítero, no habría sacrificio ni ofrenda en la Iglesia.»
Cuando el sacerdote dice:
«El Señor esté con ustedes»,
el pueblo responde:
«Y con tu espíritu.»
Es decir, reconoce el espíritu recibido para el ministerio, el don sacramental que lo capacita para actuar en nombre de Cristo y servir a la comunidad.
La respuesta no exalta al sacerdote como individuo.
Al contrario.
Dirige la mirada hacia la obra de Dios realizada en él mediante la ordenación.
Un diálogo entre Cristo y su Iglesia
Existe además una dimensión todavía más profunda.
En la liturgia, el sacerdote actúa in persona Christi, es decir, en nombre y representación de Cristo Cabeza.
Cuando proclama:
«El Señor esté con ustedes»,
es Cristo quien, a través de su ministro, bendice y acompaña a su pueblo.
Y cuando la asamblea responde:
«Y con tu espíritu»,
reconoce precisamente esa acción sacramental de Cristo presente en medio de la Iglesia.
No es simplemente un intercambio de saludos.
Es un diálogo entre Cristo y su pueblo reunido.
Una profesión de fe en el sacerdocio ministerial
La respuesta «Y con tu espíritu» es también una profesión de fe.
Cada vez que la pronunciamos estamos afirmando que creemos que Dios actúa a través de los sacramentos.
Creemos que la ordenación sacerdotal no es una simple delegación humana.
Creemos que el Espíritu Santo ha configurado sacramentalmente a ese hombre para servir al Pueblo de Dios.
Por eso la respuesta tiene un valor teológico enorme.
No se dirige a las cualidades personales del sacerdote.
No depende de su simpatía, inteligencia o santidad.
Reconoce la gracia que Dios le ha concedido para ejercer el ministerio.
La importancia de conservar esta expresión
Durante décadas algunas traducciones litúrgicas optaron por fórmulas más simples como «Y también contigo».
Sin embargo, la Iglesia insistió en recuperar la traducción literal del original latino:
Et cum spiritu tuo.
Es decir:
«Y con tu espíritu.»
La razón fue precisamente conservar toda la riqueza teológica de la expresión.
No se trata de una cuestión de lenguaje antiguo.
Se trata de una verdad profunda acerca de la naturaleza del sacerdocio y de la acción de Dios en la liturgia.
Una respuesta que merece ser redescubierta
La próxima vez que participemos en la Misa y escuchemos:
«El Señor esté con ustedes»,
quizá podamos responder con una conciencia nueva.
No estaremos devolviendo un saludo.
No estaremos pronunciando una fórmula automática.
Estaremos reconociendo la acción del Espíritu Santo en el ministro ordenado.
Estaremos afirmando nuestra fe en el sacerdocio recibido mediante la imposición de las manos.
Y estaremos participando en un diálogo que la Iglesia viene repitiendo desde hace casi dos mil años.
Porque esas cuatro palabras esconden una verdad inmensa:
Cristo sigue actuando en su Iglesia.
Y el sacerdote, por pura gracia, ha sido llamado a ser instrumento de esa presencia para el Pueblo de Dios.


