Beato Pedro Francisco Jamet

Por: Bernardo Velado Grana | Fuente: Año Cristiano (2002)

Presbítero (+ 1845)

El sacerdote secular Pedro Francisco Jamet, beatificado por el papa Juan Pablo II en 1987, es considerado como «segundo fundador» de las religiosas del Buen Salvador.

Su larga vida se extiende y cabalga por los siglos XVIII y XIX (1762-1845), llenos de inquietudes y problemas sociales, políticos y religiosos.

La Enciclopedia en la que se alimenta el hombre ilustrado, el absolutismo de los Estados anacrónicos del antiguo régimen, los excesos galicanos y jansenistas, la revolución francesa con sus etapas contradictorias, el endiosamiento de la razón y de la ciencia, todos estos profundos movimientos culturales rodearon la vida de Pedro Francisco Jamet, que fue a la vez un intelectual y un hombre de acción muy encarnado en su siglo.

Nació en Fresnes el 13 de septiembre de 1762, y fue bautizado al día siguiente en la parroquia de Nuestra Señora, perteneciente entonces a la diócesis de Bayeux y hoy a la de Seez (Francia). Sus padres, Pedro Jamet y María Bunot, eran labradores y tuvieron ocho hijos, dos de ellos fueron sacerdotes y una, religiosa. Ellos iniciaron a Pedro Francisco en una vida cristiana fervorosa que se distinguió por su sencillez y fidelidad.

Cuando Pedro Francisco acabó sus estudios de primera enseñanza, se inscribió en el colegio de Vire para cursar las humanidades.

Hacia los veinte años sintió la llamada al sacerdocio. En 1782 se matricula en la famosa universidad de Caen para un quinquenio de filosofía y teología. Y en 1784 entró ya en el seminario de Caen, dirigido por los Padres Eudistas.

Fue ordenado sacerdote con una gran preparación en la piedad y en la vida interior. Era el día 22 de septiembre de 1787.

Después obtuvo los títulos de Bachiller en teología y Maestro en artes. Y no pudo seguir más estudios por causa de la revolución francesa que se desató como un torbellino.

Al principio no sólo no fue hostil a la Iglesia sino que numerosos clérigos y algunos obispos apoyaron el nuevo planteamiento social. Pero pronto cambiaron las cosas. En noviembre de 1789 la Asamblea, ante la grave crisis económica, ordenó la nacionalización de todos los bienes de la Iglesia. Al año siguiente llegó lo más grave desde nuestro punto de vista: se aprobó la «constitución civil del clero» que determinaba la supresión de algunas órdenes religiosas, la reducción del número de diócesis y la elección de obispos y párrocos por parte de todos los ciudadanos.

Se tomaron estas medidas sin tener en cuenta ni al Papa ni a los obispos franceses. Era resabio de la vieja actitud jansenista y galicana.

Ahora se añadía el desprecio a la Iglesia, típico de los ilustrados, que consideraban la religión como algo retrógrado y aliada a la monarquía absoluta.

El clero acabó separándose de la revolución sobre todo cuando la Asamblea impuso a todos los sacerdotes un juramento de fidelidad al nuevo orden. Los que no juraban, llamados «refractarios», debían abandonar inmediatamente sus iglesias, que eran entregadas a los sacerdotes juramentados, conocidos como «constitucionales».

El año 1790, Pedro Francisco había sido nombrado director espiritual y capellán de las religiosas del Buen Salvador, fundadas por la Madre Ana Leroy, de la misma ciudad de Caen, por los años 1720. Con tanto entusiasmo se dedicó a fomentar el espíritu y las obras de estas religiosas que más adelante, en 1819, ya le veremos como Superior canónico de la Congregación, y en consecuencia es considerado y llamado «segundo
fundador».
La revolución francesa le dio ocasión para mostrar su temple sacerdotal celosísimo e impávido. Rechazó, como la mayoría del clero, el juramento que le imponían los revolucionarios.

Desde ese momento fue perseguido con tenacidad: descubierto, encarcelado, juzgado y condenado a muerte. Pero la sentencia no llegó a cumplirse porque logró salir de la cárcel. Liberado milagrosamente, se dedicó en la clandestinidad, por todos los medios y con heroica valentía, a atender a las Hijas del Buen Salvador. La comunidad se había dispersado y había quedado maltrecha.

Los revolucionarios demostraron una particular aversión contra los religiosos y religiosas porque juzgaban inútil su vida.

Durante la persecución, como las heroicas Carmelitas de Compiégne, ya canonizadas, se reunían clandestinamente en pequeños grupos, cobijadas en casas prestadas por personas que estimaban y veneraban su santidad de vida.

Pedro Francisco les celebraba a ocultas el santo sacrificio de la misa, les administraba los sacramentos, animando a los fieles perseguidos y sosteniendo a los hermanos vacilantes, aun con peligro de su vida.

Más tarde escribió: «Estoy contento porque, aunque Dios no me juzgó digno del martirio, sin embargo, por su gran misericordia me ha llamado a llevar la palma del martirio de la caridad».

Calmada la Revolución y pasado el Imperio, se ocupó con todo entusiasmo y entrega a la restauración y el crecimiento del Instituto religioso.

Por iniciativa suya, llena de creatividad, se dedicó de modo especial la Congregación a la asistencia y educación de los sordomudos y a su integración en la sociedad. El mismo investigó con agudos y detenidos estudios meritorios, reconocidos también por las autoridades civiles, y puso en práctica métodos nuevos para mejorar la enseñanza de los discapacitados.

También atendió a los deficientes mentales, a los afectados por el cólera, a los niños y ancianos pobres, a los emigrantes, y siempre confiando en la divina Providencia.

Fue pionero en este campo. Y su amor a los pobres fue tal que se le comparaba con San José B. de Cottolengo.

Importantísima fue en su vida la etapa de Rector de la Universidad de Caen, casi ocho años: desde 1822 a 1830.

Tanto los profesores como los estudiantes respiraban una renovada atmósfera de vida cristiana, gravemente amenazada entonces por las corrientes del racionalismo y del iluminismo que desorbitan y anulan las debidas relaciones entre la fe y la razón.

Comprendiendo los estragos que el jansenismo rigorista hacía en las personas bajo su capacidad de aparente piedad, lo combatió por todos los medios evangélicos del discernimiento.

Y, valiente, se opuso a las actitudes galicanas y césaro-papistas, entonces de moda.

Recogiendo la buena semilla que los hijos de San Juan Eudes habían sembrado en su corazón durante los años juveniles del seminario, fomentó la comunión frecuente y la devoción a la Santísima Virgen.

Escribió diversas obras de espiritualidad. Ente ellas se destacan sus Meditaciones sobre la Santísima Trinidad, que siguen reeditándose en nuestros días.

La secreta clave de su vida apostólica tan intensa, estaba en su profunda vida interior.

Debilitado por la fatiga y el peso de los años, se durmió en el Señor el 12 de enero de 1845, con el sentimiento de toda la ciudad.

A pesar de su gran fama de santidad, exclusivamente por vicisitudes y motivos políticos, el proceso ordinario informativo sólo se realizó de 1930-1941 en Bayeux. En 1945, la causa fue confiada a la sección histórica de la Sda. Congregación de Ritos.

hapositio fue examinada y aprobada por los consultores especialistas en historia, el 11 de marzo de 1970. Y el 16 de enero de 1975 salió el decreto para introducir la Causa.

Reconocidas oficialmente las virtudes heroicas, el 13 de noviembre de 1984, la Congregación de Cardenales dio también voto positivo el 8 de enero de 1985, y el decreto fue leído «coram Sanctissimo» el 21 de marzo del mismo año. Finalmente, el 11 de diciembre de 1985, la Comisión médica de la Congregación para la causa de los Santos daba su voto unánime sobre el milagro atribuido a la intercesión del Siervo de Dios: la curación instantánea, completa y estable de Sor María Irene Leroy, que padecía el mal de Pott.

Fue beatificado el 10 de mayo de 1987 por Juan Pablo II, en el ambiente del tiempo pascual.

El Martyrologium romanum reciente, entre los 13 mencionados el día 12 de enero («pridie Idus ianuarii»), elogia así brevemente su memoria en el núm. 11: «En Caen de Francia, el Beato Francisco Pedro Jamet, presbítero que se dedicó con todo afán a ayudar a las religiosas Fíijas del Buen Salvador, tanto en el tiempo de la gran revolución como en el de la paz recuperada de la Iglesia».

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