¿Cuál es la diferencia entre el clero regular y el clero secular?

Cuando vemos a un sacerdote celebrar la Misa, pocas veces pensamos que detrás de su ministerio pueden existir formas muy distintas de vivir la vocación sacerdotal.

Algunos pertenecen a comunidades religiosas con siglos de historia, reglas propias y una espiritualidad particular.

Otros sirven directamente en una diócesis bajo la autoridad de su obispo.

A estos dos modos de vivir el sacerdocio la Iglesia los denomina clero regular y clero secular.

Aunque ambos comparten la misma fe, celebran los mismos sacramentos y participan del mismo sacerdocio de Cristo, existen diferencias importantes entre ellos.

¿Qué es el clero secular?

La palabra secular proviene del latín saeculum, que significa «mundo».

No porque estos sacerdotes sean mundanos, sino porque desarrollan su ministerio directamente en medio de la sociedad y de las comunidades cristianas.

El clero secular está formado principalmente por los sacerdotes diocesanos.

Son aquellos que no pertenecen a ninguna orden o congregación religiosa y que dependen directamente del obispo de una diócesis.

Cuando un seminarista diocesano es ordenado sacerdote, promete obediencia a su obispo y a sus sucesores.

Su misión habitual consiste en servir en parroquias, capellanías, colegios, hospitales o distintos organismos pastorales de la diócesis.

Cuando pensamos en el párroco de nuestra comunidad, normalmente estamos pensando en un sacerdote del clero secular.

¿Qué es el clero regular?

La palabra regular proviene de la palabra latina regula, es decir, «regla».

Se llama así porque estos sacerdotes pertenecen a una orden o congregación religiosa que posee una regla de vida propia.

Además de la ordenación sacerdotal, han profesado los consejos evangélicos mediante los votos de:

  • pobreza,
  • castidad,
  • obediencia.

Por eso también se les conoce como religiosos.

Su vida está marcada por un carisma particular, una espiritualidad propia y una forma específica de servir a la Iglesia.

No dependen directamente del obispo para su vida interna, sino de sus superiores religiosos, aunque colaboran estrechamente con las diócesis donde ejercen su apostolado.

Algunos ejemplos de clero regular

Entre los sacerdotes religiosos más conocidos encontramos a miembros de órdenes y congregaciones como:

  • Orden de Frailes Menores
  • Orden de Predicadores
  • Compañía de Jesús
  • Congregación Salesiana
  • Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María
  • Orden de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo

Cada una de estas familias religiosas posee una historia, una espiritualidad y una misión particular dentro de la Iglesia.

La diferencia principal

La diferencia fundamental no está en el sacerdocio.

Tanto un sacerdote religioso como un sacerdote diocesano reciben exactamente el mismo sacramento del Orden.

Ambos pueden celebrar la Eucaristía.

Ambos pueden confesar.

Ambos pueden administrar los sacramentos.

La diferencia se encuentra en la forma de vida y en la pertenencia eclesial.

El sacerdote diocesano pertenece a una diócesis.

El sacerdote religioso pertenece a una comunidad religiosa.

Uno queda vinculado principalmente a su obispo.

El otro queda vinculado principalmente a su instituto religioso y a sus superiores.

Dos caminos complementarios

A lo largo de la historia, la Iglesia ha necesitado ambas formas de servicio.

Los sacerdotes diocesanos garantizan la atención ordinaria de las parroquias y de las comunidades locales.

Los religiosos aportan la riqueza de sus carismas específicos: la predicación, la educación, las misiones, la contemplación, la atención a los pobres o la evangelización de ambientes particulares.

Lejos de competir entre sí, ambos se complementan.

Ambos enriquecen la vida de la Iglesia.

Ambos son necesarios.

Una misma misión

Aunque existan diferencias de organización y estilo de vida, la finalidad es la misma.

Anunciar el Evangelio.

Celebrar los sacramentos.

Conducir a los fieles hacia Cristo.

El sacerdote diocesano y el sacerdote religioso recorren caminos distintos, pero avanzan hacia la misma meta.

Por eso la diversidad de carismas no divide a la Iglesia.

La enriquece.

Y manifiesta la inmensa creatividad con la que el Espíritu Santo sigue suscitando distintas formas de servir al Pueblo de Dios.

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