El anillo del obispo: signo de fidelidad, alianza y amor a la Iglesia

Entre todas las insignias que recibe un obispo al ser ordenado, quizá ninguna resulta tan cercana y familiar como el anillo episcopal.

Lo vemos en su mano cuando bendice.

Lo vemos cuando celebra los sacramentos.

Y durante siglos fue costumbre que los fieles lo besaran como signo de respeto al ministerio apostólico.

Sin embargo, el anillo episcopal es mucho más que una pieza de orfebrería.

No es un adorno.

No es una joya.

No es un símbolo de riqueza.

Es el signo visible de una alianza.

Una alianza de amor, fidelidad y entrega entre el obispo y la Iglesia que le ha sido confiada.

Un símbolo con raíces muy antiguas

Desde la antigüedad el anillo ha sido signo de pertenencia y compromiso.

En muchas culturas representaba autoridad, fidelidad o alianza.

La propia Biblia utiliza el anillo como símbolo de confianza y dignidad.

Cuando el faraón otorga autoridad a José, le entrega su anillo.

Y en la parábola del hijo pródigo, el padre manda colocar un anillo en la mano de su hijo como signo de que vuelve a formar parte de la familia.

La Iglesia asumió este lenguaje simbólico y lo aplicó al ministerio episcopal.

Con el paso de los siglos, el anillo se convirtió en una de las insignias propias de los obispos.

El esposo de la Iglesia

La interpretación más profunda del anillo episcopal está relacionada con el amor esponsal.

Durante el rito de ordenación episcopal, el nuevo obispo recibe el anillo con estas palabras:

«Recibe este anillo, signo de fidelidad; permanece fiel a la Iglesia, esposa santa de Dios.»

La expresión es extraordinaria.

El obispo no recibe el anillo como un gobernante recibe una insignia de poder.

Lo recibe como un esposo recibe un signo de alianza.

Porque la Iglesia ha visto siempre en el obispo una imagen de Cristo Esposo que ama, cuida y entrega su vida por la Iglesia.

Una fidelidad que dura toda la vida

Cuando una persona casada lleva un anillo, recuerda constantemente el compromiso que ha asumido.

Algo parecido ocurre con el obispo.

El anillo le recuerda cada día que ha sido llamado a amar a la Iglesia con un amor fiel.

No sólo cuando las cosas van bien.

También cuando aparecen dificultades.

También cuando llegan las incomprensiones.

También cuando el ministerio exige sacrificio.

El anillo habla de permanencia.

De fidelidad.

De una entrega sin condiciones.

No es un símbolo de poder

A veces se interpreta equivocadamente el anillo episcopal como un signo de prestigio o de rango.

La tradición cristiana, sin embargo, lo entiende de una manera muy distinta.

El obispo no recibe el anillo para distinguirse de los demás.

Lo recibe para recordar que pertenece completamente a Cristo y a la Iglesia.

Cuanto más valiosa es una alianza, más responsabilidad implica.

Por eso el anillo no recuerda privilegios.

Recuerda obligaciones.

Recuerda amor.

Recuerda servicio.

El círculo que no tiene fin

Existe además un simbolismo muy hermoso en la forma misma del anillo.

El círculo no tiene principio ni fin.

Por eso desde antiguo ha sido signo de eternidad y de fidelidad permanente.

La misión del obispo está llamada a reflejar precisamente ese amor constante de Dios hacia su pueblo.

Un amor que no abandona.

Un amor que permanece.

Un amor que sigue acompañando incluso cuando aparecen las dificultades.

El anillo y la sucesión apostólica

El anillo también recuerda que el obispo forma parte de una cadena ininterrumpida que se remonta hasta los apóstoles.

No ejerce un ministerio propio.

Ha recibido una misión que le precede y que continuará después de él.

Por eso el anillo simboliza también la continuidad de la fe apostólica.

Cada obispo es custodio de un tesoro que no le pertenece.

La fe de la Iglesia.

El Evangelio de Cristo.

La tradición recibida de los apóstoles.

El verdadero anillo

Los Padres de la Iglesia insistían en que los símbolos externos sólo tienen valor cuando expresan una realidad interior.

De poco serviría llevar un anillo episcopal si no existiera fidelidad en el corazón.

Por eso el verdadero anillo del obispo no es el de oro o plata que lleva en su mano.

Es la fidelidad con la que ama a Cristo.

Es la entrega con la que sirve a la Iglesia.

Es la caridad con la que cuida al Pueblo de Dios.

Cada vez que vemos el anillo episcopal deberíamos recordar precisamente eso.

No estamos contemplando una joya.

Estamos contemplando el signo de una alianza.

La alianza de un pastor que ha sido llamado a amar a la Iglesia con el mismo amor con que Cristo la amó y entregó su vida por ella.

Y ésa es una de las responsabilidades más hermosas y exigentes que existen dentro de la Iglesia.

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