Experiencia de formación y capacitación. Ciudad de México, 2001.
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Poesía: Mi amado para mí
Ya toda me entregué y diy de tal suerte he trocadoQue mi Amado para míY yo soy para mi amado Cuando el dulce cazadorMe tiró y dejó heridaEn los brazos del amorMi alma quedó rendida,Y cobrando nueva vidaDe tal manera he trocadoQue mi amado para míY yo soy para mi Amado. Hirióme una flechaEnherbolada de amorY mi alma quedó hechaUna con su Criador;Ya yo no quiero otro amor,Pues a mi Dios me he entregado,Y mi amado para míY yo soy para mi Amado. Autora: Santa Teresa de Jesús de Ávila (1515-1582). De: Obras completas. Biblioteca de Autores Cristianos, S.A. Madrid
Redacción
Santa María la Antigua
Patrona de Panamá La imagen de la Santísima Virgen María se encontraba en una capilla lateral de la Catedral de Sevilla-España. Dicha catedral fue reconstruida en el siglo XIV, conservándose la imagen. Así vino a llamársele Santa María de la Antigua (es decir, de la Antigua Catedral). Santa María La Antigua fue la primera advocación llegada al Istmo de Panamá en 1510 y establecida primero en un poblado de Darién. Esto ocurrió cuando ese año llegaron Vasco Núñez de Balboa y el Bachiller Martín Fernández de Enciso. Le habían prometido a la Virgen María ponerle su nombre a un poblado
Redacción

Es momento de hacer milagros
Vivimos en un momento crítico, esperamos un milagro pero, ¿qué es un milagro? Es común definirlo como un hecho extraordinario y sobrenatural que es atribuido a Dios como el origen, y no está mal definirlo de dicha manera ya que radica en Dios que procura el bien de sus hijos. Pero hay una definición que puede cambiarnos la perspectiva de los milagros. La palabra milagro, en su origen, significaba «admirarse, contemplar con admiración o con asombro», y allí deseo que lleguemos. La rutina: nuestra compañera. La rutina en momento se vuelve agobiante, estresante y puede generar hasta tristeza en nosotros,
P. Fredy Aristizábal

Historia del árbol de Navidad
La historia del festivo árbol comienza en los densos bosques de Alemania, en el siglo VIII. El gran san Bonifacio, obispo y apóstol de aquellas tierras, había estado atrayendo un buen número de tribus paganas al rebaño de Jesucristo. Pero su labor no era fácil. A veces, los conversos, cuya fe todavía era vacilante, recaían en las perversas costumbres de sus antepasados. En cierta ocasión, Bonifacio tuvo que realizar un largo viaje a Roma, donde fue a pedir consejo al papa Gregorio II. Meses después, al volver a la región del Bajo Hesse, durante el solsticio de invierno, sorprendió horrorizado
Redacción