Tomado del Boletín 291, Diócesis de San Juan de los Lagos, Jalisco, México.
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San Pablo Ermitaño
Por: Luis Arnaldich, OFM | Fuente: Año Cristiano (2002) Primer ermitaño (+ ca.341) La aparición de Pablo en el escenario de la vida puede compararse a la de un meteoro cuyo paso es señalado únicamente por medios potentes de captación. En su larga carrera mortal pasó San Pablo desapercibido a los ojos del común de los mortales, y sólo la mirada de águila de San Jerónimo logró captar los destellos de virtud que irradiaba su personalidad desde las fragosidades del desierto de la Tebaida. Pero hubo un tiempo en que este testimonio de San Jerónimo sobre la vida y virtudes de San Pablo
Redacción
Carta de san Ignacio de Antioquía a los romanos
Ignacio, que es llamado también Teóforo, a aquella que ha hallado misericordia en la benevolencia del Padre Altísimo y de Jesucristo su único Hijo; a la iglesia que es amada e iluminada por medio de la voluntad de Aquel que quiso todas las cosas que son, por la fe y el amor a Jesucristo nuestro Dios; a la que tiene la presidencia en el territorio de la región de los romanos, siendo digna de Dios, digna de honor, digna de parabienes, digna de alabanza, digna de éxito, digna en pureza, y teniendo la presidencia del amor, andando en la ley
Redacción

El solideo: la pequeña prenda que recuerda que sólo Dios está por encima de todos
Entre las vestiduras e insignias de obispos, cardenales y papas existe una pieza que suele despertar curiosidad. Es pequeña. Redonda. Cubre únicamente la parte superior de la cabeza. Y muchas veces pasa desapercibida. Se trata del solideo. A simple vista podría parecer una simple prenda ceremonial. Sin embargo, como ocurre con tantos elementos de la tradición católica, encierra una rica historia y un profundo significado espiritual. ¿Qué es el solideo? El solideo es una pequeña gorra circular que cubre la coronilla. Es utilizada por el Papa, los cardenales, los obispos y, en algunos casos, por determinados prelados. Su nombre proviene
P. Fredy Aristizábal
Poesía: No me mueve mi Dios
No me mueve, mi Dios, para quererte,el cielo que me tienes prometido,ni me mueve el infierno tan temidopara dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verteclavado en una cruz y escarnecido,muéveme ver tu cuerpo tan herido,muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal maneraque aunque no hubiera cielo yo te amara,y aunque no hubiese infierno te temiera. No me tienes que dar porque te quiera,porque, aunque lo que espero no esperara,lo mismo que te quiero te quisiera.
Redacción