Cuando abrimos una Biblia solemos pensar en profetas, evangelistas, apóstoles, copistas, monjes y teólogos. Sin embargo, pocas veces recordamos a las mujeres que desempeñaron un papel decisivo en la conservación, estudio y difusión de la Palabra de Dios.
La historia de la Biblia no fue escrita únicamente por hombres. Desde los primeros siglos del cristianismo encontramos mujeres que dedicaron su inteligencia, sus bienes, su tiempo y su vida a conocer las Escrituras y a ayudar para que llegaran a más personas.
Entre ellas destacan varias mujeres romanas del siglo IV que formaron parte del círculo de San Jerónimo, el gran traductor de la Biblia al latín.
Una revolución silenciosa
En una época en la que pocas personas tenían acceso a los libros, estas mujeres se convirtieron en auténticas discípulas de la Palabra.
No se conformaban con escuchar las lecturas durante la liturgia. Querían comprender los textos sagrados, estudiar los idiomas bíblicos, conocer el contexto histórico y profundizar en el mensaje de Cristo.
Aquella inquietud espiritual dio origen a una de las comunidades de estudio bíblico más fascinantes de la historia de la Iglesia.
Marcela: la pionera
Entre todas ellas sobresale Santa Marcela.
En su casa del monte Aventino, en Roma, comenzó a reunir a mujeres cristianas deseosas de crecer espiritualmente. Allí estudiaban la Biblia, rezaban y compartían una vida de sencillez evangélica.
Cuando San Jerónimo llegó a Roma, encontró en Marcela una interlocutora excepcional. Ella le planteaba preguntas difíciles sobre las Escrituras y animaba a otras mujeres a profundizar en el estudio bíblico.
Paula y Eustoquia
Entre las discípulas de Marcela se encontraban Paula y su hija Eustoquia.
Ambas pertenecían a la nobleza romana, pero descubrieron que la verdadera riqueza estaba en Cristo.
Movidas por el deseo de vivir el Evangelio con radicalidad, abandonaron los privilegios de Roma y emprendieron un viaje hacia Tierra Santa.
En Belén fundaron monasterios y centros de acogida para peregrinos. Allí se creó un ambiente donde la Biblia era estudiada, rezada y vivida diariamente.
El trabajo de San Jerónimo
La traducción de la Biblia conocida como la Vulgata no fue obra de un hombre aislado.
Jerónimo encontró en estas mujeres apoyo económico, colaboración intelectual y una comunidad profundamente interesada en la Palabra de Dios.
Sus preguntas, observaciones y entusiasmo ayudaron a mantener viva una obra que transformaría la historia del cristianismo.
Una lección para nuestro tiempo
La transmisión de la fe siempre ha sido una tarea compartida.
Gracias a hombres y mujeres que amaron las Escrituras, la Palabra de Dios atravesó los siglos y llegó hasta nosotros.
Las mujeres del círculo de San Jerónimo nos recuerdan que la evangelización no depende solamente de predicar. También consiste en estudiar, enseñar, sostener proyectos, formar comunidades y ayudar a otros a encontrarse con Cristo.
Cada vez que abrimos la Biblia podemos agradecer también a estas discípulas que, con discreción y fidelidad, ayudaron a conservar uno de los tesoros más grandes de la humanidad.

