Beato Enrique Seuse (Suso), OP

Por: Baldomero Jiménez Duque | Fuente: Año Cristiano (2002)

Presbítero (+ 1366)

Con el Beato Enrique Seuse sube a los altares lo mejor y más seguro del movimiento místico que florece a lo largo de las orillas del Rhin en los alrededores del 1300.

En ese recodo del tiempo la historia de Europa es turbia y confusa como pocas veces. En el fondo está —ya entrado el siglo XIV— la lucha entre Juan XXII y Luis de Baviera, uno de tantos episodios que jalonan tristemente las disensiones seculares entre el Papado y el Imperio. Esta lucha envenena toda la vida social y religiosa de la inmensa mayoría de los pueblos europeos. Las disensiones florecen violentas por doquier. Se usarán todas las armas imaginables, espirituales y temporales, para conseguir cada cual sus intentos. Y los intereses sacrosantos de la gloria de Dios pagarán las consecuencias. Nuestro Beato ha tenido que vivir en el teatro más afectado por estas querellas: el sur de Alemania.

Pero no fueron sólo estos grandes problemas los que ponían por entonces en tensión los espíritus. Las guerras, la inseguridad consiguiente, el feudalismo en su retroceso inevitable, las pestes… A mediados del siglo la llamada «peste negra» pondrá el colmo a este endémico flagelo, y aumentará la confusión y el desorden por todas partes. Los postreros años del Beato estarán ennegrecidos por esta turbación agobiante.

Todo ello trajo como consecuencia una crisis espiritual excesivamente grave. Por una parte, una mentalidad inquieta en varios pensadores, rayana o algo más con la herejía. A su vez la relajación y la libertad en las costumbres. Por otra parte, una reacción espiritual que protesta reciamente ante la conculcación de los derechos del espíritu, amenazados y pisoteados. Pero —signo de los tiempos— esa reacción no sabe en muchas ocasiones mantenerse en sus justos límites, y roza con la actitud herética o cismática, si es que no incide francamente en ella. Las sectas hereticoides pululan por Francia, por Alemania, por Italia… Particularmente doloroso es el historial de los «espirituales» franciscanos, en parte auténtico y en parte degenerado y falso. Todas aquéllas pretenden reformar y evangelizar la Iglesia. Sus consignas son, al parecer, de una pureza espiritual exquisita. Pero esconden la rebeldía ante la norma externa, y caen fácilmente en las mayores aberraciones doctrinales y prácticas. Y todo se mezcla con las turbias corrientes de la política humana, para que resulte más complicado y difícil.

Sin embargo, la Iglesia santa, siempre a pesar de todo santa, produjo entonces también magníficos frutos de santidad. Si algunos movimientos espirituales de aquellos días son equivocados o al menos sospechosos, otros saben guardar el equilibrio conveniente y producen una cosecha de exacta y hasta llameante espiritualidad.

Uno de estos últimos nos lo ofrecen varios grupos de espirituales que se apretujan en la zona más o menos señalada por el paso del Rhin. Pertenecen principalmente a la Orden de Santo Domingo. Y tienen como maestro venerable al pobre Eckart. Su nombre hay necesariamente que evocarle al hablar de Seuse. Sin él Seuse como místico no sería quizá ni siquiera pensable. Eckart ha nacido cerca de Gotha hacia 1260. Hecho dominico, ha ejercido el magisterio en París, en Estrasburgo y en Colonia. Magisterio de la cátedra, de la predicación, y de la dirección de las almas. Indudablemente su alma ha sido de una elevación extraordinaria. Y su mente, amasada de luces evangélicas, conjugadas de platonismo y de tomismo, se ha lanzado por la pendiente de una originalidad atrevida de expresión, que ha comprometido su reputación de ortodoxo. Él se ha sometido fielmente de antemano al juicio de la Iglesia, ante las acusaciones de sus émulos. Y ha muerto en 1327, no sabemos dónde, quizá caminando tristemente hacia Avignon para esperar el fallo del Vicario de Cristo… Éste fue adverso y condenatorio cuando, en 27 de marzo de 1329, se dio. Pero no todo quedó hundido en esa hora negra. Sus discípulos mejores han sido fieles a la memoria buena del maestro, aunque tuviesen el cuidado de evitar los malentendidos a que se exponía la manera menos exacta de hablar de aquél, y que le mereció el justo anatema de la autoridad eclesiástica. Juan Tauler, OP, y Enrique Seuse, OP, serán los más valiosos y conocidos. Detrás de ellos una lista numerosa podría trazarse, hasta contar en ella con un nombre glorioso como pocos en toda la historia de la espiritualidad: el del Beato J. Ruysbroek. Pero volvamos a nuestro Beato. Con él, como antes ya decía, sube a los altares todo lo salvable —que es muchísimo— de la espiritualidad dominicana de la escuela de Eckart.

Para trazar la silueta biográfica de Enrique Seuse no contamos prácticamente con más documentación que sus obras escritas. Pero descartando desde el primer momento su pretendida autobiografía. Mucho se ha discutido acerca de la autenticidad o no de la misma. Para mí es evidente que no ha salido de sus manos, aunque lo sustancial de lo que allí se dice, sea quizá verdadero. Con los datos que aportan las obras indudables de Seuse y algunas otras escasas noticias, podemos reconstruir así, esquemáticamente, su vida.

Ha nacido hacia 1296, en Suabia, fría y umbrosa por sus bosques, aunque riente y casi meridional a la vez. Parece seguro que su villa natal ha sido Constanza (Überlingen ha pretendido también ser su cuna). Quiere decir que su infancia ha discurrido junto a las aguas de su lago famoso, principal fuente del Rhin. Por su padre (¿un pañero de Constanza?) era Von Berg. Por su madre, piadosa y sensible, era Seuse, cuyo apellido él tomó.

A los trece años, con dispensa de edad, ha sido admitido en el convento dominicano de Constanza, que desde 1236 se elevaba a orillas del lago. Pertenece a la provincia teutónica, floreciente con sus cincuenta monasterios extendidos por Brabante, Colonia, Alsacia, Suabia, Franconia meridional y Baviera. La Orden vive todavía bajo el esplendor que la dieran un Alberto el Magno (suabio también) y un Tomás de Aquino, cuyas doctrinas serán las oficiales en la Orden desde 1270. Por aquellos días la ilustra la fama del maestro Eckart, «a quien parece que Dios nada ha ocultado». Seuse habrá seguido allí sus cursos de estudio: primero el latín, la lógica y la retórica, luego el año de noviciado, dos cursos después de Officium divinum y de estudio de las Constituciones; a continuación, cinco años de filosofía, y tres de teología (uno de Biblia y dos de comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo).

Entonces, hacia sus dieciocho años de edad, tiene lugar su «conversión». El Horologium, obra ciertamente suya, nos ha dejado constancia de aquélla. ¿En qué consistió en definitiva? Es difícil precisarlo. Pero lo que parece evidente es que desde entonces empieza una vida de fervor, que antes no existía. Él alude allí a forcejeos de su alma, a una crisis de esta que se debate algún tiempo entre altos y bajos. Habla de visiones, que parecen ser sencillamente ilustraciones de su alma (él mismo dice que no deben tomarse a la letra como realidades consistentes), transferidas en tono simbólico imaginativo por su rica y poética sensibilidad. Su fórmula es la sabiduría de los libros santos. Ella es su ideal, la esposa de su alma. Pero ideal que se encarna en Jesucristo, el Verbo hecho hombre. A ella se consagró y se entrega. Para ella serán todas las ilusiones y trabajos de su vida. Sin duda, desde este momento, su austeridad de vida aumenta enormemente. Los tiempos eran propicios para ello. Y las referencias a lo largo de sus escritos nos dicen sobradamente de ello. Sin necesidad de admitir las evidentes exageraciones de su seudoautobiografía, que habla de penitencias corporales casi inimaginables.

En 1320 es enviado a Colonia al Studium Generale de la provincia teutónica. Allí, durante otros tres años, cultivarán la teología los que son dedicados para ser «maestros». En Colonia el maestro de los maestros es Eckart. Seuse ha quedado encantado, por su pureza de vida y su elevación de doctrina. Pero son los años en que el venerado maestro es vencido por sus enemigos y por sus mismas audacias de expresión. Seuse le será fiel hasta morir. Por esos años él compone su Libro de la verdad, que no será otra cosa más que la enseñanza de Eckart, mitigada en su manera de decir y justificada en cuanto a su contenido. De Colonia hubiera pasado a París para recibir el grado de maestro. Pero no fue así, y retornó a Constanza. Quizá se había hecho sospechoso por su adhesión a Eckart. Quizá su humildad rehuyó también esos honores humanos. En el Horologium nos habla de una especie de visión en la que se le adoctrina sobre la vanidad de esos títulos y preeminencias.

Parece que a partir de 1327 es «lector» en su convento de Constanza. Pero las persecuciones se abaten sobre él. Su amistad con Eckart le ha comprometido. Su Libro de la verdad (y quizá ya algún otro) es sospechoso. Seuse es juzgado en un capítulo provincial, que no resulta fácil determinar a los historiadores. Y pierde su lectorado. Ciertamente es un fraile en desgracia. La sabiduría trata así a su esposo de sangre. Para explicar esta situación no olvidemos el telón de fondo de los tiempos difíciles. No olvidemos el caso de Eckart. No olvidemos sobre todo que dentro de la misma Orden de Predicadores la división se acentúa por momentos. Las revueltas externas se filtran hacia dentro. Es cierto que los dominicos se mantuvieron generalmente fieles al Papa. Pero los vientos agitados que corrían no ayudaban, antes, al contrario, al florecimiento de la vida religiosa acentuada e intensa. Los espíritus se dividen en fervientes y en laxos. Seuse es de los primeros, con Eckart, con Tauler… Pero triunfan los otros.

Sin embargo, bajo los golpes de la prueba, los fervorosos se ayudan y animan a ser mejores. La llama sigue encendida y, si cabe, más ardiente. Aunque a veces también se mezcle allí la cizaña, y se den abusos condenables. Los grupos de los llamados «amigos de Dios» son admirables.

Sacerdotes seculares, religiosos y religiosas, seglares… todos toman parte. Seuse está allí, entre los primeros. Cultivará su vida espiritual propia, escribirá libros y cartas, predicará por los pueblos, pero principalmente dirigirá religiosas de su Orden, cuyos monasterios son de los más florecientes en Alemania.

Su vida apostólica externa no debió ser muy llamativa. Recorre, es cierto, la Suiza, la Alsacia, el valle del Rhin… Pero no es el misionero, el predicador célebre, como lo fue Tauler, por ejemplo. De hecho, no nos quedan apenas testimonios escritos: un par de sermones, y no populares, sino para auditorios escogidos.

Su gracia especial estuvo en la dirección de sus hermanas dominicas. Sobre todo, se beneficia de ella el monasterio de Tos, cerca de Winterthur, donde se encuentra su principal hija espiritual, Elsbet Stagel. Es a ella, a su veneración por su padre del alma, a quien debemos la colección de sus cartas, y seguramente también lo que de aprovechable y de verdad hay en la seudoautobiografía, que ha debido como tal amañarse en el círculo devoto del convento de Tos. Allí, en aquel ambiente cálido, ha debido refugiarse más de una vez el alma perseguida y dolorida de Seuse, cansada de correr por los caminos espinosos de su tiempo y de sus tierras angustiadas. De 1338 a 1349 prácticamente se nos pierde la traza de nuestro Beato. En la lucha entre Juan XXII y Luis de Baviera, Constanza vive en entredicho eclesiástico. El obispo es fiel al Papa y con él la mayoría de los dominicos. Pero la ciudad en general está por el emperador. Los padres predicadores tienen que emigrar. Uno de ellos, Seuse. No sabemos si pasa estos años en Diessehofen o en Schottenkloster. Quizá los pasa más en los caminos, en las ventas, en las hospederías de los monasterios femeninos de su Orden. Parece que nuevas pruebas llueven por entonces sobre él. La seudovida habla de una calumnia lanzada contra él en estos últimos tiempos —una mala mujer a la que quiso sacar de su vida de pecado habría levantado contra él un horrible testimonio falso—. Ello trajo consigo el abandono de sus amigos, y la sospecha y hasta el castigo de sus superiores. Dada la inseguridad de la fuente histórica nada podemos afirmar.

Pero sí que, a lo largo de estos años maduros de su vida espiritual, los escritos van cayendo de sus manos, sembradoras del bien. Primero El libro de la verdad, del que ya hemos hablado. Especulativo, eckartiano, difícil a ratos. Luego el Horologium sapientiae, su obra latina, la principal obra para conocer datos sobre su vida, y quizá en conjunto de toda su doctrina. Sigue después El Libro de la sabiduría eterna, y en forma dialogada como casi todos sus libros. Y como todos, a excepción del Horologium, escrito en su dialecto suave, viejo alemán del sur. Esta obra es menos especulativa que El libro de la verdad. Es quizá la más típica de Seuse, en que, sobre la base del vuelo mental de Eckart, vuelca toda la ternura y fina sensibilidad de su alma soñadora. Prácticamente es un comentario devoto, bordado sobre los padecimientos de Cristo y de su Madre dolorosa, que él contempla con amor y compasión, muy finales de Edad Media. Las corrientes espirituales bernardina y franciscana se combinan preciosamente aquí con las corrientes doctrinales aristotélica y platónica de los maestros Tomás de Aquino y Eckart. El Libro de la sabiduría eterna termina con las Cien consideraciones y oraciones piadosas, que son para recitar todos los días. Es posible que estas aspiraciones de su alma fuesen escritas en otra ocasión anterior, y luego añadidas a esta obra más grande. Tenemos, además, el Pequeño y el grande libro de las cartas. Ambas colecciones parecen auténticas y la mayoría de sus piezas están dirigidas a sus hijas espirituales de los monasterios dominicanos. En estas cartas aparece el alma del Beato en toda su naturalidad y frescura. Datos biográficos, doctrina, rasgos delatadores de su psicología espontánea… todo se encuentra allí, sin esfuerzo ni retoques. Nos quedan finalmente dos sermones (Lectulos nosterfloridus, e Iterum relinquo mundum), como muestras de su predicación insinuante, mística, pero no para masas, sino para las almas selectas de sus dirigidas.

Los últimos años se consumen en Ulm. ¿Fue confinado allí como penitencia por sus supuestos e inexistentes pecados? ¿Fue por sencilla disposición administrativa de sus superiores? Nada sabemos. Ni los quehaceres que llenaron sus horas. Es de suponer que seguiría su apostolado de dirección de almas. Probablemente daría también a sus escritos las manos postreras. Los viejos documentos señalan el 25 de enero de 1366 como el de la fecha de su muerte. Y que fue sepultado junto al altar de San Pedro de Verona de la iglesia de su convento de Ulm. Sus restos no han podido ser encontrados y yacen perdidos en aquel templo, desde hace siglos, vacío y frío bajo el dominio protestante. Fue en 1831 cuando Gregorio XVI beatificó y puso en los altares a este siervo de Dios.

Más noticias que de sus hechos externos tenemos de su misma alma. Sus escritos nos la entregan en gran parte… Sin embargo, nada más en parte. Pues el alma, toda alma, máxime de la grandeza de un Beato Seuse, será siempre un misterio.

Para tratar de comprenderla no perdamos de vista su tiempo y sus circunstancias. No olvidemos de situarle en aquellos momentos, ni de colocarle, al querer explicarle, en la corriente espiritual tomista —eckartiana—. De otro modo sería absolutamente ininteligible.

El Beato Seuse es evidentemente un alma mística. Mística en el sentido más estricto de la palabra. Podrían, sin embargo, despistarnos en este terreno dos dificultades que enseguida se ofrecen. En primer lugar, los antecedentes magistrales que ha vivido el Beato. La doctrina del maestro Eckart ¿se basa sobre una experiencia, o es solamente una dialéctica religiosa de vuelo sublime? Lo último es innegable: Eckart prolonga y matiza la concepción neoplatónica del cristianismo griego, representado especialmente por el Seudo-Dionisio. El alma, imagen de Dios, vuelve a Dios, al Unum, la Nada Infinita, a través de una ascesis total y de una elevación mística que Dios mismo provoca. Eckart, con sentido sobrenatural y cristiano, ha descrito con frases incisivas la misteriosa generación mística del Verbo en el alma, cómo el Padre pronuncia allí su palabra y la une misteriosamente a su vida abisal trinitaria. A veces ha dicho, sin querer, demasiado. Pero ¿cabe allí una realidad vivida, experimentada? Sin duda que sí, sea de hecho lo que sea en cada caso. Seuse ha recogido ese esquema, lo ha prudentemente explicado y ha tratado de expresar con él las vivencias de su íntimo secreto escondido.

En segundo lugar, otra pregunta pulsa enseguida a quien se acerca a sus páginas: ¿no nos hallamos ante un artista que pinta poéticamente y que compone, por consiguiente, trasponiendo sus sueños, sus imaginaciones, las emociones de su fina sensibilidad? Ciertamente, hay que admitirlo. Sin embargo, inclinándose sobre esos escritos —ni muchos, ni pocos, los suficientes—, repasándolos con cuidado, se llega a distinguir perfectamente el envoltorio y el contenido. Y se llega a la convicción de que el autor de estos ha conocido y gustado lo que trata de balbucir, sirviéndose para ello de las fórmulas que le ofrecían sus maestros y las que encontraba en los repliegues de su alma, transida de sentido de la belleza y de ingenio artístico.

Con todo es difícil trazar el itinerario místico de su alma. Quizá él mismo no lo hubiera podido nunca dibujar. El trazado fundamental será el siguiente:

Primero, la conversión a que aludimos antes. En el fondo del alma se ha dejado sentir la invitación misteriosa a la entrega perfecta: «Sábete que el renunciamiento interior conduce al hombre a la suprema verdad».

(El libro de la verdad, 1,3)

Luego, la visión de la sabiduría divina, que encarnada en Jesucristo será el signo de toda su vida endiosada. Un día hasta externamente marcará su pecho con el nombre de Jesús.

Los estados infusos de elevación y de éxtasis serán en adelante frecuentes en su vida. Los documentos significativos podrían multiplicarse hasta la saciedad.

Pero esta unión mística florecida en el alma exige las terribles purificaciones, que hace inevitables la pureza infinita del Dios que se entrega. Seuse ha padecido esas pruebas del amor.

Pruebas internas y externas. Porque Jesús, la sabiduría divina, ha querido sellar con su cruz de un modo especial la vida de nuestro Beato. Es uno de los casos más interesantes de almas crucificadas que conocemos en la historia de la santidad cristiana. La sombra de la cruz se proyecta en ella siempre. Él mismo ha dicho (carta 28): «Su pasión —de Cristo— es el tesoro de sus pobres». Para él lo fue multimillonariamente. Todos los sufrimientos llovieron sobre él. Y las páginas que arrancaron a su pluma hecha lira son tan abundantes y maravillosas, que quizá en toda la literatura cristiana no haya otras en conjunto que las puedan igualar. Él ha «soportado» a Dios, según su expresión, entre lágrimas y sonrisas, entregado totalmente a su misericordia y a su amor. Una imagen, que él narra en su carta 12, es como el gráfico de su vida sangrante: un día que había tenido que sufrir mucho por penas interiores y por desprecios y humillaciones externas, vio desde la ventana de su celda a un perro que jugaba en el patio con un trapo cualquiera. Lo mordía, lo babeaba, lo arrastraba, lo rasgaba… Una luz se hizo en su alma: «Así debes tú hacer […] Se te arroje en alto o se te tire abajo, aunque se te escupa… tú debes aceptarlo todo alegremente, sin protestar, como el trapo, si él tuviese conciencia…».

Así fue su vida toda, cristificada. Así se nos fue, calladamente, en un día de invierno, bajo el cielo grisáceo de Ulm, sin que nos fuese dado recoger el recuerdo de su última palabra, sin que se nos refiriese para satisfacer nuestra curiosidad devota la expresión de su última mirada. La sabiduría divina se lo llevó consigo para abismarle en la mismidad de su gloria, en su radiante luz…

Su influencia doctrinal ha sido relativamente grande. Casi siempre en el conjunto que forma esa escuela mística del Rhin. Aunque dentro de él Seuse es el más suave y afectivo, el que más ha sabido juntar la especulación alta con la ternura humana. Por eso el más cristífero de todos ellos, el más aprovechable en general. Sobre todo, a través de la edición latina que hace el cartujo Surio (1555) de sus obras, Seuse fue conocido por do quiera. ¿Lo leería nuestro San Juan de la Cruz? No es posible contestar a esta pregunta. Pero no sería extraño que alguna vez pudiera rastrearse alguna proyección más o menos indirecta de nuestro Beato en el más grande de los místicos de la cristiandad. De la escuela renana como tal, tomada en bloque, el rumor allí existe. Pero es prácticamente imposible precisar algo más. Lo que es indudable es que muchas páginas de Enrique Seuse, si no son todas, pueden todavía, y seguramente siempre, hacer bien a las almas. Que se las debe, por consiguiente, editar y propagar.

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