San Macario de Alejandría

Por: Bernardino Llorca, SI | Fuente: Año Cristiano (2002)

Anacoreta (+ ca.408)

Este insigne anacoreta del siglo IV es uno de los mejores ejemplos de la vida ascética, con la tendencia al retiro del mundo y apartamiento a la soledad, que tanto predominó en este tiempo. Además, constituye una excelente prueba del tránsito de la vida puramente solitaria a la de comunidad o cenobítica, que se fue imponiendo a fines del siglo IV y durante el siglo V.

De él nos informa ampliamente, sobre todo, Paladio, en su Historia lausíaca, que es la más antigua y fidedigna historia del primer desarrollo del monacato.

Era originario de Alejandría, de donde se deriva el renombre con que es generalmente conocido; pero es denominado asimismo el Joven, en contraposición a San Macario de Egipto (15 de enero), llamado también el Viejo, aunque, a decir verdad, ambos son casi rigurosamente contemporáneos. Además, debe distinguírsele también de otros varios Macarios, célebres en los anales de la vida monástica, pues no puede olvidarse que la palabra griega macanos significa feliz o bienaventurado.

Así, pues, Macario de Alejandría, antes de entregarse a la vida de ascetismo cristiano, desempeñó hasta los cuarenta años el oficio de mercader de frutas o confitería, que dio pie, ya desde antiguo, a que sea considerado como patrono del ramo de los pasteleros. En la flor de la edad, cuando contaba cuarenta años, siguiendo la corriente ascética del tiempo, se retiró a la vida solitaria, donde perseveró con indomable constancia durante unos sesenta años, hasta su muerte. Ni la fecha de su nacimiento ni la de su muerte nos son conocidas, pero debió de nacer hacia el año 310 y morir hacia el 408, casi centenario.

Cuando se retiró a la soledad, a mediados del siglo IV, era el tiempo en que todo el Oriente, particularmente en los desiertos de Egipto, se hallaba en su máximo apogeo la vida anacorética.

Más aún. Con San Antonio Abad había tomado cada vez más consistencia el género de vida de las comunidades de ermitaños, que vivían en sus celdas separadas, pero se juntaban para algunos ejercicios ascéticos y estaban bajo la dirección de algún maestro señalado; y con San Pacomio se daba comienzo a una vida de estricto ascetismo, pero dentro de un lugar cerrado y bajo la obediencia de un superior y observancia de una regla. Es la vida cenobítica o de comunidad, que recibió su más pleno desarrollo en Oriente con las dos reglas de San Basilio, y en Occidente con las de San Agustín y de San Benito.

Según atestigua Paladio, Macario inició su vida solitaria en el desierto de Egipto. Tal vez se puso en un principio bajo la dirección de alguno de los maestros de más prestigio, para aprender de ellos el verdadero ascetismo cristiano. Tal vez se unió a una de las colonias que estaban bajo la dirección de San Antonio Abad (f 356) o de algún otro de los maestros de la vida ascética que admitían discípulos. Tres eran los desiertos de Egipto, célebres por las grandes multitudes de solitarios, colonias de anacoretas y cenobios incipientes. El más alejado era el de la Escitia, en los límites de la Libia. Seguía el de las Celdas y de Nitria, que ocupaba grandes extensiones en la parte central. El tercero era el del Bajo Egipto, más próximo a Alejandría. Pues bien, consta que Macario recorrió estos diversos desiertos, pero que desarrolló definitivamente su vida ascética y llegó a ser un ejemplo y guía de anacoretas en la región de las Celdas, con una especie de colonias al estilo de las de San Antonio. Por el mismo tiempo, en el desierto de Escitia, desarrollaba una vida muy semejante y reunía en torno suyo gran número de discípulos Macario el Viejo. Ambos fueron verdaderas lumbreras del ascetismo cristiano de estos tiempos. Paladio nos refiere que, en los últimos años de la vida de Macario el Joven, estuvo con él en su cabana y fue testigo de la vida que él y los demás discípulos llevaban. Por esto su testimonio es enteramente fidedigno.

La vida de Macario el Joven y de sus discípulos, conforme a la relación de Paladio, era de una austeridad extraordinaria. Cada anacoreta tenía su celda separada, donde vivía en la más absoluta soledad durante la semana; pero los sábados y domingos se reunían para los oficios divinos. Ocupábanse en la oración; observaban el más riguroso silencio; juntamente se ejercitaban en trabajos manuales, como el de tejer esteras o cosas semejantes, que les ayudaran a fomentar la contemplación y unión con Dios. En general, era admirable la alegría, buen espíritu y aún la buena salud corporal de que disfrutaban aquellos solitarios, a pesar de que su comida se reducía a lo más frugal e indispensable para mantener la vida. Sanos de cuerpo y de alma, aquellos anacoretas, bien orientados por sus excelentes maestros, vivían sólo para Dios, a quien se habían consagrado por completo.

A esta vida de retiro absoluto del mundo, de oración y consagración a Dios, uníase la más estricta continencia, que constituyó desde un principio una parte sustancial del ascetismo cristiano, a lo cual se añadió una inmensa variedad de austeridades y penitencias, que a las veces rayaban en lo inverosímil. En todo ello fue San Macario a la cabeza; pero, según Paladio, sobresalía de un modo especial por sus austeridades, realizadas siempre con el más elevado espíritu de amor e imitación de Jesucristo en su pasión y con el ansia de reparación por el mundo, encenagado en toda clase de pecados.

Ciertamente estas austeridades parecerán exageradas y seguramente lo serían en nuestros días; pero son claro indicio del elevado espíritu de aquellas generaciones de ascetas y particularmente del extraordinario amor a Dios de San Macario.

El mismo Paladio refiere el siguiente rasgo, claro índice del espíritu de mortificación de Macario y sus discípulos. Habiendo recibido Macario en cierta ocasión una cesta de uvas, la envió a un monje de la celda vecina, que se encontraba algo enfermo. Este, movido a su vez por el espíritu de mortificación, la hizo llevar a otro monje; éste, con el mismo espíritu, a un tercero, y así fue pasando la cesta por todas las celdas; hasta que
el último, no menos mortificado, la llevó al mismo maestro, Macario.

A todos los demás superaba Macario en la austeridad de vida, que llegó a hacerse proverbial entre los monjes del desierto. Siete años seguidos se alimentó únicamente de plantas y algunos granos, y durante los tres siguientes se limitaba a cuatro o cinco onzas de pan diarias y un poco de agua. Impulsado por la misma ansia de mortificación, ejercitábase en largas vigilias, y para que no lo rindiera el sueño, se mantenía fuera de su cabana, quemado por el sol durante el día y transido de frío por la noche. Dios le había dado un cuerpo especialmente apto para soportar las más duras maceraciones y sacrificios, por lo cual, movido siempre del ansia de agradar a Dios, trataba de imitar cualquier ejercicio espiritual que veía u oía de otros solitarios.

Es interesante lo que se refiere acerca de su estancia en el célebre monasterio de Tabennis, donde moraba San Pacomio con gran número de monjes. En efecto, atraído Macario por la fama de santidad y austeridad de vida de este monasterio, dirigióse a él hacia el año 394, disfrazado de campesino, y suplicó a Pacomio su admisión entre los monjes. Éste le respondió que le parecía demasiado avanzado en edad para poderse acostumbrar a sus ayunos y vigilias. Pero, ante su insistencia, lo dejó siete días enteros a la puerta del monasterio, donde permaneció Macario sin probar ningún alimento. Entonces Pacomio le permitió ingresar en el claustro; pero, empezando entonces la Cuaresma, todos los monjes la observaban con el más riguroso ayuno y extraordinarias penitencias a la medida de sus fuerzas. Unos ayunaban uno, otros dos, tres o cuatro días por semana; unos estaban todo el día en pie y únicamente se sentaban durante las horas de trabajo. Macario, por su parte, se mantuvo en su rincón entregado a su trabajo y observando durante los cuarenta días el más riguroso ayuno, sin comer más que unas hojas de col cada domingo. A la vista de tan rigurosa austeridad, los monjes acudieron durante la Pascua a su maestro Pacomio y le suplicaron no permitiera aquellos rigores que pudieran ser perjudiciales a toda la comunidad, pues los monjes querrían imitarlos y se consumirían de inanición. Pacomio se puso entonces en oración para poder determinar lo que debía hacerse en un caso tan sorprendente de austeridad y fervor religioso, y Dios le dio a entender que aquel hombre desconocido era Macario, cuya fama de santidad le era bien conocida. Entonces lo abrazó con el mayor fervor, le dio las gracias por la edificación que había dado a su monasterio y se despidió de él suplicándole rogara por sus monjes.

Todos estos detalles han sido transmitidos por Paladio, testigo de la santa vida de Macario y sus discípulos, y ciertamente, aun concediendo que pudiera haber algo de exageración, debida al entusiasmo del biógrafo, indica con toda evidencia el espíritu de santa emulación de aquellos monjes del desierto en la oración y penitencia. El mismo Paladio atestigua igualmente cómo Macario tuvo que luchar contra las persistentes tentaciones del demonio, lo cual nos lo presenta bajo un aspecto más humano y semejante a nosotros, que tanto debemos luchar contra las continuas asechanzas del enemigo. Así, en cierta ocasión, sugirióle éste la idea de abandonar el desierto, con el pretexto de que sería de más servicio y gloria de Dios dirigirse a Roma y entregarse al cuidado de los enfermos en los hospitales. Pero él, descubriendo en ello una falacia del enemigo para hacerle abandonar aquella vida de oración y penitencia, arrojóse al suelo de su celda, mientras gritaba: «Sacadme de aquí por la fuerza, si es que podéis; pues yo os aseguro que espontáneamente yo no marcharé de aquí». Mas, como fueran cada vez más persistentes las acometidas del demonio, llenó de arena una espuerta, la cargó sobre sus espaldas y andaba con esta carga por el desierto.

Viéndole, pues, de esta forma un monje, trató de ayudarle, pero él le dijo: «No, no; porque estoy atormentando a este cuerpo, que tanto me atormenta a mí».

Por otra parte, de las indicaciones de su biógrafo deducimos que luchaba igualmente contra las tentaciones de vanidad y amor propio, que tanto dan que hacer a las almas espirituales.

En efecto, refiere Paladio que algunas veces, encontrándose a la puerta de la celda de Macario, oía que hablaba en el interior increpándose a sí mismo con estas palabras: «¿Qué quieres, viejo malvado? Has tomado ya una porción de aceite y vino. ¿Qué más quieres, glotón de cabellos blancos?». Otras veces dirigía duros improperios al diablo, diciéndole: «¿Es que te soy deudor de alguna cosa? ¿Qué tienes que ver conmigo? Márchate lejos de mí».

En medio de una vida de tanta austeridad, y gozando de tanta intimidad con Dios, consta que tenía un atractivo tan grande entre los demás solitarios del desierto, que eran innumerables los que vivían cerca de él y se ponían bajo su dirección espiritual. Su espíritu verdaderamente paternal y la solidez espiritual de la dirección que daba a sus discípulos, aparece claramente en esta anécdota: Desalentado en cierta ocasión uno de sus discípulos, viendo su poco aprovechamiento espiritual, acudió a desahogarse con su maestro Macario. Éste le respondió: «No te entretengas nunca con esta tentación y respóndete a ti mismo: mi amor a Jesús me obliga a perseverar aquí hasta el fin; estoy decidido a permanecer en esta celda, aunque sólo sea para darle gusto a Él y cumplir su
voluntad».

De la misma suavidad de su trato y de la alegría espiritual que irradiaba en torno suyo, es buen testimonio el hecho siguiente, referido por los historiadores, que, aunque tal vez pertenezca al mundo de las leyendas, es indudablemente el mejor símbolo del atractivo humano de la virtud de Macario. En efecto, atravesando el Nilo en cierta ocasión junto con el otro Macario (el Viejo), cruzáronse con un grupo de oficiales del ejército, los cuales, vivamente impresionados por el porte alegre y la felicidad que respiraban ambos anacoretas, decían los unos a los otros: «Es curioso cómo estos hombres son tan felices en medio de su pobreza». Oyendo esta expresión Macario de Alejandría, cuéntase que repuso: «Tienes razón al calificarnos de hombres felices, pues en verdad así lo atestigua nuestro nombre (Macario, palabra griega, significaré//. Pues, si nosotros somos felices porque despreciamos el mundo, ¿no es justo que os consideréis vosotros como miserables por ser sus servidores?». El mismo relato añade que estas palabras, unidas al ejemplo de los dos solitarios, produjeron tal efecto en el jefe de aquel grupo, que volvió a su casa, distribuyó todo lo que poseía entre los pobres, y se hizo ermitaño.

Para que el ejemplo de su vida fuera más humano y más completo, Dios permitió que fuera víctima de persecuciones y aun calumnias. Estas llegaron a tal extremo, que por algún tiempo se vio forzado a abandonar su celda y fue desterrado por la fe católica, por obra de Lucio, patriarca arriano de Alejandría.

Más aún. Dios permitió igualmente fuera su alma probada con la mayor oscuridad espiritual. Efectivamente, movido de su ansia de contemplación, refiere Paladio que se encerró dentro de su celda con el propósito de permanecer en ella cinco días seguidos. Los dos primeros días se sintió inundado de dulzura celestial; pero al tercero se sintió acometido de tal turbación y guerra del enemigo, que se vio obligado a volver a su vida normal.

Por esto observaba él a sus discípulos que Dios se retira en ciertas ocasiones, para que los hombres experimenten su propia debilidad y reconozcan que la vida es una lucha.

No es, pues, de maravillar que con una vida tan santa recibiera de Dios la gracia especial de hacer milagros. Tal vez algunos de los que se le atribuyen entren en el campo de la leyenda, pero ciertamente constituyen excelentes lecciones prácticas de su vida, profundamente ascética. Refiere Paladio, como testigo ocular, que un sacerdote, con la cabeza atormentada por una llaga cancerosa, acudió a la celda de Macario, pero éste, en un principio, se resistió porfiadamente a admitirlo y ni siquiera quería darle ninguna respuesta, pues había entendido en la oración que todo aquello era castigo de un pecado de la carne. Paladio mismo, sin sospechar nada de esto, insistió con Macario para que se compadeciera de aquel desgraciado, hasta que, al fin, lo consiguió. Macario acudió al enfermo y ante su sincero arrepentimiento, le otorgó el perdón.

Respecto de su muerte, Tillemont señala el año 394, pero es más probable que tuviera lugar hacia el 408, pues se sabe que murió contando unos cien años de edad y que nació a principios del siglo IV. Algunos le han atribuido una regla para los monjes. Tal vez se puede relacionar con esta regla lo que San Jerónimo copia en su carta a Rústico. Por otra parte, el bien conocido Codex regularum de San Benito de Aniano presenta una regla con el nombre de los dos Macarios, Serapión, Pafnucio de Escitia, Serapión de Arsinoe, etc. En el desierto de Nitria se mantuvo durante varias centurias un monasterio que lleva el título de San Macario. Su culto se introdujo en Oriente ya en la antigüedad.

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