Beato Manuel Domingo y Sol

Por: Bernardo Velado Graña | Fuente: Año Cristiano (2002)

Presbítero (+ 1909)

«Entre todos cuantos a lo largo de los siglos dedicaron su vida al fomento y cuidado de las vocaciones, tal vez ninguno lo ha hecho con tanto empeño, prudencia y entusiasmo como el santo sacerdote Manuel Domingo y Sol, apellidado con toda justicia por el pontífice Pablo VI «Santo apóstol de las vocaciones sacerdotales»».

Así reza el breve de su beatificación, Roma, 29 de marzo de 1987 (AAS 79 [1987] 1441-1445) citando el decreto en que se reconocían sus heroicas virtudes, 4 de febrero de 1970 (AAS 63 [1971] 156ss).

El proceso de canonización abierto en Tortosa en noviembre de 1930 concluyó el 21 de septiembre de 1934. El milagro vino de Venezuela con votaciones unánimes de los médicos. Se firmó el decreto el 10 de noviembre de 1986.

Don Manuel Domingo y Sol fue, al decir de sus biógrafos, «un hombre bueno y audaz», un cura de a pie que rodó mucho por el mundo dejando muy marcadas y profundas huellas.

Nació en la madrugada del Viernes Santo, 1 de abril de 1836, en Tortosa (Tarragona, España), que tenía entonces veinte mil habitantes. Sus cristianos padres, Francisco y Josefa, lo llevaron a acristianar el día siguiente, Sábado Santo, en la parroquia de la Catedral. Fue bautizado en una artística pila que había adornando como surtidor los jardines del Papa Luna.

Era el undécimo de doce hermanos, en una familia de payeses acomodados donde la madre llevaba el pulso de la educación y el padre, tonelero, administraba también una mediana fortuna en el campo.

A los nueve años Mons. Echanove Zaldívar, arzobispo de Tarragona y administrador apostólico de Tortosa, lo confirmó y, a los doce, recibió la primera comunión.

Hizo los cursos de latín y humanidades en el colegio de S. Matías, bajo la férula del dómine Sena, que llevaba a rajatabla eso de que «la letra con sangre entra». A los quince años, en 1851, ingresó en el seminario para cursar tres años de filosofía, siete de teología y uno de derecho.

Recibió la primera clerical tonsura el 16 de marzo de 1852 en Tortosa; las órdenes menores y el subdiaconado, en Tarragona, el 18 y 19 de diciembre de 1857; el diaconado, en Vich, el 24 de septiembre de 1859 por hallarse Tortosa en sede vacante. El 2 de julio de 1860 le ordenó de presbítero su obispo, Miguel José Pratmans.

Fue un seminarista normal, caracterizado, eso sí, por su tierna y sólida devoción mariana y un talante espiritual que se refleja en sus cartas de entonces: «Indiferencia a todo cargo o empleo. Dejarme a las eventualidades de la Providencia. Repulsión a todo beneficio colativo».

Predicó en su primera misa, celebrada en la iglesia de S. Blas, su profesor y amigo, Benito Sanz y Forés, futuro cardenal, con quien le unió gran amistad.

En los primeros años todos los ministerios le encontraban dispuesto: las misiones, las parroquias, la juventud, la enseñanza, el confesonario. «Una ambición santa parecía que hubiera querido lanzarnos a todos los campos», confesaba más tarde.

Su primera dedicación apostólica fue la de misionero popular recorriendo las parroquias de la diócesis de punta a cabo, por iniciativa del Vicario capitular, Ramón Manero.

Pasa también por el ministerio pastoral directo como Regente de La Aldea, entonces barrio de Tortosa. Y como ecónomo en la iglesia de Santiago, parroquia pobre y fría donde fomentó la frecuencia de sacramentos y la catequesis, dedicando muchas horas al confesonario.

Su obispo, Mons. Benito Villamitjana, le envió a la universidad de Valencia para obtener los grados y confiarle la cátedra de Religión y Moral en el Instituto de Tortosa. Obtuvo la licenciatura en teología el 6 de mayo de 1863 y, a su regreso, el 1 de octubre fue nombrado auxiliar de la cátedra; y el 5 de febrero de 1864, catedrático. Fue también secretario en el mismo Instituto.

El 24 de diciembre alcanzó el Bachillerato en artes por la Universidad de Barcelona. Y el 26 de febrero de 1867, el Doctorado en teología por la Universidad de Valencia.

Cuando se suprimió la asignatura de religión en la enseñanza pública y oficial del Estado por la revolución del 1868, a petición de los alumnos siguió impartiendo la formación cristiana y hasta pensó en un colegio privado para esa finalidad educativa.

En adelante, con su esmerada preparación, se quedó como simple y sencillo confesor de monjas porque ése es el nombramiento que recibe en marzo de 1868: vicario y confesor del Convento tortosino de Santa Clara.

Durante 23 años permaneció en ese cargo, dedicado a la formación espiritual de las monjas. Con ellas sufrió la amenaza de supresión por decreto, que lo iba a convertir en hospital militar.

Los que hablan de Mosén Sol por estos años destacan su carácter atrayente, dulce y pacífico. Aseguran que «no era ni taciturno ni locuaz sino prudente y atento. No era amigo de bromas; su única graciosidad era la sonrisa. Jamás se inquietaba ni estaba de mal humor». «Su temperamento era tranquilo y tolerante, sin que por ello fuera insensible. Sabía dominarse, y si era el caso, también resistir e imponerse».

De estatura regular, más bien alto y corpulento. Le gustaba de vez en cuando sorber unos polvos de rapé. Vive en la casa paterna con su madre y sus hermanos. El padre había muerto en 1861 de una apoplejía.

Cuando su madre falleció a los 64 años en 1884, queda desolado. Había significado tanto en su vida que jamás podía nombrarla sin una visible emoción. Mosén Sol la recordó siempre como una santa de cuerpo entero. Ella modeló su corazón en piedad sincera, en caridad inagotable. Daba limosnas a cuantos las necesitaban. Hasta tenía encargado en una tienda que diesen cuanto pidiera, a una señora indigente, y que él lo pagaría todo.

Él aprendió la lección: «Procuraré […] en las festividades principales quedarme sin nada» (Escritos, III, 6°, 110). Fue muy limosnero toda su vida y hasta la misma comida del día la entregaba con facilidad a los pobres.

La figura de don Manuel, siempre con manteo y sombrero, se hizo familiar por las calles de Tortosa, camino de Santa Clara.

No sólo con las 35 monjas de la comunidad sino con otras muchas personas que le iban siguiendo de confesonario en confesonario, consigue una dirección espiritual tan prudente y discreta que apenas se notaba sino por las largas sentadas y por las innumerables vocaciones femeninas con que pobló los conventos; y las eficaces ayudas que prestó para la fundación de otros, como el de la Divina Providencia de Vinaroz y el de las Concepcionistas de Benicarló y Valí de Uxó.

No se olvidó nunca de la juventud.

«España —escribe— estaba bajo la atmósfera asfixiante del desbordamiento de pasiones y casi diríamos de impiedad […] después de la revolución del 68. Se me acercaron entonces dos o tres jóvenes de los que habían sido discípulos en el Instituto, pidiéndome una organización semejante a la que había iniciado la Juventud Católica de Madrid».

Rápidamente pasó a la acción. Organizó a los jóvenes reuniéndolos al principio en su propio domicilio y más tarde en la antigua iglesia de la Merced. Les procuró capilla, biblioteca, teatro; y edificó de nueva planta un gimnasio cuya primera piedra se colocó en 1882.

Ya en 1877 había convocado en la ciudad una asamblea de asociaciones católicas donde se reunieron 748 muchachos en torno al Obispo; y en 1878 encabezó Mosén Sol la representación de la juventud católica tortosina en la gran peregrinación a Roma.

Como director responsable (1880) de la Congregación mañana de S. Luis Gonzaga, reforma sus reglamentos y funda como lazo de unión, en 1881, la primera revista que tuvieron las Congregaciones marianas de España, El congregante de S. Luis. En 1891, centenario de la muerte del santo patrono de la juventud, llevó a Roma la peregrinación nacional de jóvenes.

«La juventud, repetía, ha sido el ideal de mi vida». Vivía pictórico o nostálgico de este campo, siempre prometedor, del apostolado. «Me ocuparé siempre y todos los días de mi vida de esta obra: ser amigo y padre de la juventud» (Escritos, 1,12°, 34).

Promovió escuelas nocturnas dominicales para obreros y artesanos y difundió por toda la diócesis numerosos «círculos de obreros». En el pueblo de San Mateo fundó una escuela que llegó a contar con trescientas alumnas.

Trabajó mucho en el apostolado de la prensa. Primero colaborando con su gran amigo San Enrique de Ossó en el semanario El amigo del pueblo. Después, por su cuenta y riesgo, organizó una biblioteca popular y una librería católica, e intentó crear una asociación para divulgar la Biblia.

Extendió por toda la diócesis el «Apostolado de la Oración» y la «Adoración Nocturna» y estableció la asociación de «Camareras del Santísimo».

Pero el celo sacerdotal de su alma nunca estaba satisfecho hasta que encontró «la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios», es decir, el fomento de las vocaciones, la formación de los futuros sacerdotes. Cuando encontró esta perla, como dice el evangelio, lo vendió todo para entregarse por entero a este ministerio clave de la Iglesia, que fue su gozo y su corona. Pensaba que «del clero depende todo».

La crisis vocacional se agudizaba más y más después de la revolución del 1868. Se cerraron la mayoría de los seminarios. Los obispos acudían a todo lo imaginable: seminaristas externos, curas de carrera breve, escuelas pueblerinas de gramática y latín, etc.

El encuentro de Mosén Sol con Ramón Valero Carceller, bajo el arco llamado del Romeu, fue providencial. Era uno de tantos seminaristas pobres que pateaban la ciudad sin apenas cobijo, mendigando mendrugos para subsistir. Vivía de limosna. No tenía dinero ni para comprar una vela y estudiar de noche.

Mosén Sol no sólo le socorrió, sino que en 1873-1874 abrió una casa llamada «de S. José» para recoger, sustentar y educar a los jóvenes pobres, aspirantes al sacerdocio. A los pocos años, en 1879, el Colegio de S. José, dedicado a las vocaciones eclesiásticas, albergaba internos trescientos alumnos que acudían a las clases del seminario.

El invento crecía como la espuma. Semejantes al primero se fueron abriendo Colegios de San José en Valencia, Murcia, Orihuela, Plasencia, Burgos, Almería, Lisboa, Toledo.

Los colegios josefinos se distinguieron por su alegría, austeridad, devoción eucarística, mariana y Josefina, y por su formación integral. «La capilla, el estudio y la cocina son los tres goznes sobre los que gira el colegio. Si se desnivela alguno, no habrá equilibrio».

Su pedagogía era muy clara y hasta muy simple: Se basaba en serios principios de selección, clima familiar, fraternidad universal, intensa vida espiritual y una renovación constante.

Fue trascendental la fundación del Pontificio Colegio Español de S. José de Roma en abril de 1892, que ha contribuido poderosamente a la renovación espiritual y científica del clero y de los seminarios de toda España.

Mosén Sol había querido siempre que los colegios estuvieran a la vera de los seminarios diocesanos, pero nunca soñó con ejercer tareas de dirección dentro de los mismos. Sentía miedo de responsabilizarse de un trabajo para el que humildemente no se creía con fuerzas suficientes. Los veía como «matorral abandonado» pensando que «un cambio radical no se ve por hoy posible».

El espíritu y estilo peculiar de estos colegios fundados por Mosén Sol influyó tanto en la formación de los alumnos, que muchos obispos le fueron encomendando la dirección de sus seminarios diocesanos: Astorga, Toledo, Zaragoza, Cuenca, Sigüenza, Badajoz, Baeza, Jaén, Ciudad Real, Málaga, Segovia, Almería, Tarragona, en España; Chilapa, Cuernavaca, Puebla de los Ángeles, en Méjico. Hasta allí llegó. No le fue posible aceptar muchos más que luego atendieron sus Operarios.

La revista El Correo Josefino pretendía el intercambio familiar de los colegios entre sí. También llegó a la aspiración de encuentros intercolegiales.

La vida entera de don Manuel desde los cuarenta años se fue centrando casi exclusivamente en la obra de las vocaciones a la que consagró todas sus energías y entusiasmo.

Con todo, nota «que está muy solo en la empresa». El obispo de Tortosa había ido nombrando sacerdotes afectos a Mosén Sol para encargarse de las tareas de dirección en el colegio tan fructífero de S. José.

El 29 de enero de 1883, después de celebrar la misa, durante la acción de gracias, le vino la inspiración de una pía unión de sacerdotes que, libres de otros cargos y empleos, se dedicaran al fomento, sustento y formación de las vocaciones eclesiásticas (Escritos, III, 2°). El 4 de mayo de 1883 se lo expuso a su Obispo de Tortosa, a quien llevó las bases el día 8, y el Obispo las aprobó.

En privado, casi como de puntillas, cuatro de aquellos sacerdotes con don Manuel, se asociaron en una Pía Unión o Hermandad que tres años más tarde, el 1 de enero de 1886, quedó canónicamente establecida.

Las bases quedaron definidas en el convento carmelitano del Desierto de las Palmas, asomado al Mediterráneo. «Los objetivos constantes» habían de ser: fomento de la piedad en los jóvenes, desarrollo y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas y apostólicas y extensión del culto y reparación al Corazón de Jesús, inspirador de todo.

La nota más característica de su espiritualidad era el espíritu de reparación a Jesús sacramentado y deseaba que fuera «un carácter permanente y visible y que se incrustara en los Operarios» (Carta del 6 de agosto de 1883 a B. Miñana [Escritos, II, 6°]).

La nueva Hermandad sólo aspiraba a ser «una mancomunidad de sacerdotes seculares, unidos por el vínculo de una dirección común para promover la gloria de Dios y sus más caros intereses».

Cuando los siete primeros Operarios suscribieron sus compromisos, ya estaba Mosén Sol metido en la construcción del Colegio de Valencia, del que salieron Operarios para abrir los de Murcia y Orihuela.

Sin duda el Señor le inspiró la fundación de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos para perpetuar sus obras encomendándole su carisma sacerdotal y su propio espíritu. Esta fuerza y este ímpetu sacerdotal le empujaba a ayudar continuamente a los sacerdotes diocesanos, y para ello estableció su hospedería en cada uno de los colegios y rogaba a los Operarios que estuvieran siempre prontos para ayudarles en sus parroquias y ministerios. «Que nunca se diga de un Operario que pudo hacer el bien y no lo hizo».

Característica distintiva de la Hermandad de Operarios es su calificativo de «diocesanos». Su indudable diocesanismo es de carácter más teológico y cordial que jurídico. D. Manuel fue y quiso ser siempre un sacerdote secular diocesano y así deseó que fueran sus Operarios, incondicionalmente a disposición del Obispo de cada diócesis donde ejercen su ministerio.

Quebrantado por tantos trabajos, a su muerte, el 25 de enero de 1909, la Hermandad, con menos de un centenar de miembros, llevaba la dirección de 10 colegios de vocaciones llamados «de S. José»; de 18 seminarios diocesanos apellidados «conciliares»; el Colegio Español de S. José de Roma y dos templos de Reparación: el de S. Felipe de México y el de Tortosa, donde reposan sus reliquias en un mausoleo. Una estatua orante de D. Manuel le recuerda en perpetua adoración al Santísimo.

Los escritos de don Manuel ocupan 65 no pequeños volúmenes.

«Realmente trabajó con todo ahínco desde la primera hora en la viña del Señor». Creció inocente y sumiso en su casa paterna bajo la mirada de su madre. En el seminario se dedicó con todo empeño a conseguir las virtudes sacerdotales y las ciencias sagradas. Concienzuda y laudablemente.

Buen observador de las necesidades de su tiempo se dedicó con diligencia infatigable a todo género de apostolados, haciéndose todo a todos a fin de ganar a todos para Cristo. Su caridad pastoral era insaciable. Brotaba del amor ardiente a Jesús Sacerdote y a la Eucaristía, tanto en su predicación oral de la Palabra de Dios como en sus escritos y en el ejemplo admirable de su vida; en la delicada y enérgica dirección de las almas y en la escucha de las confesiones sacramentales.

Así como también en la caridad para con los pobres, en la difusión de la doctrina católica, en la expansión de las obras sociales, en la fundación de casas religiosas, pero sobre todo en despertar y forjar las vocaciones sacerdotales.

Tanta era su confianza en la divina Providencia que no dudaba que sus proyectados colegios o seminarios, etc., podrían cimentarse incluso con barro o construirse con cañas; y no se hubiera extrañado de que algo maravilloso aconteciera en favor de sus empresas que él mismo llamaba «proyectos temerarios».

Tan grande era su sentimiento de caridad para con todos que siempre, con dulce simpatía y admirable benevolencia, les ayudaba materialmente o los orientaba con sus consejos; más aún, afable y sonriente, a cuantos se le acercaban les obsequiaba amablemente con algún regalo, aunque fuera pequeño, de lo que él llamaba su «oficina de caridad».

Con el mismo gozo de espíritu se deleitaba cuando se veía en enfermedad, persecuciones y estrecheces, porque estaba firmemente persuadido de que todas las empresas de Dios exigen siempre víctimas, y por eso deseaba morir olvidado de todos.

El mensaje de Mosén Sol, el «santo apóstol de las vocaciones», es de palpitante actualidad en la sequía tremenda y extremada que padecen muchas diócesis y naciones enteras en el campo de las vocaciones. Sus orientaciones siguen siendo válidas; su testimonio ejemplar y su intercesión necesaria, como la Iglesia la pide en la oración colecta de su misa y oficio:

«Oh Dios que descubriste al Beato Manuel Domingo y Sol el profundo sentido de toda vocación, en especial la vocación sacerdotal, concédenos por su intercesión decididos apóstoles de las vocaciones y generosas respuestas a tus llamadas».

Mosén Sol nos invita a incorporarnos a la gran corriente profética que él personificó. Su talante y su espiritualidad quedaron reflejados en uno de sus pensamientos más repetidos:

«No sabemos si estamos destinados a ser río caudaloso o si hemos de parecemos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida. Pero más brillante o humilde, nuestra vocación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos».

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