Beata María Ana Sureau Blondín

Por:  José Luis Repetto Betes  | Fuente: Año Cristiano (2002)

Virgen (+ 1890)

Francia no fue al Canadá solamente por el afán de un imperio, por tener también parte en las nuevas tierras americanas. La Iglesia francesa, que también es Francia, fue a Canadá al lado de los conquistadores y pobladores con un afán netamente espiritual: acompañar religiosamente a los franceses desplazados a la colonia y extender el evangelio a los nativos de aquella tierra. La Corona francesa, es justicia decirlo, no solamente fue sensible a los intereses materiales sino también a los espirituales. Fruto de este afán espiritual fue la floración de obispados, parroquias y casas religiosas en Canadá y la permanencia de la religión católica en el alma del pueblo cuando la Corona inglesa, de furiosa confesión protestante, sustituyó a la francesa en el dominio de Canadá. Cuando vino al mundo la M. Blondín hacía ya cincuenta años que Canadá había pasado al dominio inglés. Tierra bellísima y ubérrima, Canadá se presentaba a los ojos de los colonizadores como una nueva oportunidad de vida y de progreso.

Con esa ilusión un humilde matrimonio francés, formado por Juan Bautista Sureau y María Rosa Limoges, emigró un día desde la dulce Francia a Canadá, y aquí se asentó en Terrebonne, en la provincia de Quebec, esa provincia que sigue defendiendo su cultura francesa con todas sus fuerzas. El hogar en el que nace María Esther el día 18 de abril de 1809, como primogénita de los doce hijos que llenarán la casa, era ciertamente un hogar cristiano, mentalmente y en costumbres. Su padre, apellidado Sureau pero conocido como Blondín, era un buen hombre que guardaba los mandamientos de la ley de Dios y era secundado por su buena esposa. Ese mismo día en que nació María Esther fue llevada por su padre y los padrinos a la parroquia a fin de que fuera bautizada en el nombre de la Santísima Trinidad.

La educación recibida por María Esther fue acorde con los sentimientos religiosos y morales de sus padres y las buenas costumbres de su hogar. La enseñaron a ser responsable y juiciosa, y la enseñaron a no dejarse dominar por los caprichos, de manera que muy pronto María Esther sabía lo que era la mortificación cristiana. Frecuentó la catequesis parroquial y se preparó para recibir la sagrada comunión, que no fue muy distante de su confirmación, recibida el año 1821. Por entonces la primera comunión no se recibía hasta los doce años. Aprendió también de sus padres a sobrellevar la pobreza no con ira y coraje sino con mansedumbre y buen ánimo, y lo aprendió viendo que el suyo era un hogar pobre pero no desgraciado.

Esta pobreza, general en mucha parte de la población canadiense de habla francesa, hacía que las niñas en gran mayoría no frecuentasen la escuela; más aún, para las niñas en muchas poblaciones no había ni siquiera escuelas, especialmente no había escuelas en donde se impartiera la enseñanza en lengua francesa. Por ello María Esther creció analfabeta, aunque no por ello ineducada o salvaje, pues los buenos modales los aprendía en su casa y las tradiciones orales que traían los padres de la Francia natal daban pábulo al pensamiento y la imaginación de las niñas.

María Esther se hizo una adolescente y muy pronto una espigada jovencita y se sumó a las labores del hogar que con tanto amor desarrollaba su madre, ocupada en la crianza de tantos hijos. Pero ella echaba de menos la formación intelectual que no se le había dado, y no podía menos que poner sus ojos en la casa religiosa que en su pueblo habían abierto las Hermanas de Nuestra Señora con una escuela —ahora sí— para niñas. María Esther obtuvo licencia para pedir trabajar como sirvienta con las religiosas, y fue admitida. El clima de la vida de la comunidad comenzó a atraerla poderosamente. Soñaba con ser útil como religiosa a su propia gente, especialmente a tanta niña analfabeta. Pero siendo ella analfabeta ¿podría aspirar a hacer alguna labor en este sentido? Obviamente no.

Llevaba un año con las religiosas cuando dio un paso más adelante y solicitó ser admitida como criada interna adulta expresamente para recibir clases y ser alfabetizada. Esa sería su paga por los servicios. Ella deseaba firmemente adquirir cuanta cultura pudiese. Y se dedicó a las tareas escolares que le pusieron delante con notorio afán de superación. Tenía 21 años, pero su mente se abrió como la de una niña y empezó a digerir cuanto las religiosas, bondadosas y admiradas de su afán de aprender, le enseñaban.

A medida que trataba con las religiosas, su corazón se fue encariñando con la idea de hacerse una de ellas. Lo pensaba como un sueño magnífico, y orientada al respecto por su confesor, un día pidió a las monjas ser recibida en su noviciado. Su corazón se llenó de alegría cuando las religiosas de Nuestra Señora le abrieron las puertas del convento y le dieron el hábito en orden a prepararse para la profesión religiosa. María Esther puso lo mejor de sí misma. Humilde, obediente, piadosa, mortificada, todo en ella acreditaba una vocación segura, pero le falló la salud. Enfermó y se vio claro que el género de vida de las hermanas superaba sus condiciones físicas. La maestra de novicias sentenció que debía abandonar el noviciado, y María Esther, llena de dolor íntimo, hubo de regresar a su casa. Era el año 1832.

María Esther no dudó un momento de que lo sucedido era voluntad de Dios. Y en vez de perderse en estériles lamentaciones, insistió en la vida de piedad preguntándose con sinceridad qué quería Dios de ella. Por de pronto, procuró formarse más y más, adquiriendo cultura mediante la lectura asidua de libros y mostrándose abierta a lo que Dios quisiera de ella. Su vida de piedad, su modestia y buenas costumbres la acreditaban a los ojos de su párroco y de todos. Con la vuelta a casa además mejoró su salud.

La llamada de Dios le vino de una amiga. Ésta regentaba una escuela en el pueblo de Vaudreuil, una escuela parroquial, es decir, que se proponía como ideal la formación no solamente cultural sino también religiosa de las niñas, y estaba en dependencia plena del párroco del lugar. Su amiga le dijo que necesitaba una ayudante y que la consideraba apta a ella —cuatro años antes aún analfabeta— para poder dar clases de cultura elemental a las niñas. María Esther vio claramente en ello la voluntad de Dios y aceptó. Hizo su humilde hatillo, se despidió de su hogar y se marchó a Vaudreuil a realizar la labor de enseñar a los que no saben por amor de Jesucristo. Empezaba aquel año 1833 una etapa de su vida que iba a durar hasta 1848. María Esther mostró la mayor y mejor dedicación a su tarea. Muy temprano acudía a la parroquia a escuchar la santa misa y con frecuencia recibía también los sacramentos de la confesión y la comunión. Vestía, comía, vivía con suma austeridad, y empleaba muchas horas del día en dar las clases de aquella escuela elemental católica, mostrando una gran paciencia y una notable habilidad para enseñar, teniendo comprensión para la torpeza de algunas alumnas y para la problemática social que había detrás de cada niña. La escuela se consolidaba. Ella y su amiga estaban atentas a las orientaciones del párroco, que utilizaba la escuela como gran instrumento de la pastoral parroquial, seguro de que de ella saldrían bien formadas madres cristianas de familia y también vocaciones religiosas. Pasados cinco años, en 1838, la amiga dejó la escuela, y María Esther se encontró con que el párroco la llamaba para darle el cargo de directora de la misma. Había demostrado su aptitud para la enseñanza pero también sus buenas dotes de mando y cómo sabía conducir a las niñas con tanta dulzura como firmeza. María Esther aceptó el encargo y dirigió desde entonces la escuela parroquial de Vaudreuil.

Y comenzó a formularse en su corazón una convicción que pasaría a ser un propósito que ella ofrecía a Dios por si fuera su voluntad realizarlo. Vaudreuil y otros muchos pueblos lo que necesitaban era comunidades de religiosas dedicadas por entero a la enseñanza, no simples maestras seglares. Ella veía la conveniencia de maestras atadas por los votos religiosos y unidas en una congregación que atendiese las escuelas con el personal preciso, formando primero a las religiosas y destinándolas luego a la formación de los niños y las niñas. Ella notaba como que Dios le decía que fundara ella esa congregación. Se veía a sí misma humilde y sin recursos pero comprendía que si era obra de Dios, sería Dios mismo quien proporcionara personas y recursos. Perfilada su convicción y hecho su ofrecimiento a Dios, comenzó a consultar el proyecto con el párroco de Vaudreuil, el abate Paul L. Archambeault. Este celoso sacerdote admiraba las cualidades de María Esther y su gran labor al frente de la escuela parroquial. Comprendió enseguida la utilidad de la nueva comunidad religiosa que ella proponía. Oraron ambos, sacerdote y feligresa, y pidieron a Dios con insistencia la luz del Espíritu Santo.

Lo primero era hallar un grupo de jóvenes que quisieran ofrendar su vida a Dios y servirle en la formación de la juventud. La parroquia tenía muy buenas jóvenes de vida piadosa y buenas inclinaciones que, así como al contraer matrimonio encabezaban nuevos hogares cristianos, podían también algunas de ellas ofrecerse al Señor del todo y vivir la vida religiosa. La labor callada del abate Archambeault y de la propia María Esther dio resultados. En el primer semestre de 1848 había ya un grupo suficiente de jóvenes dispuestas a dar el paso. Era la hora de acudir al obispo de Montreal y someterle el proyecto. Por entonces apacentaba la diócesis mariopolitana un celoso pastor: monseñor Ignace Bourget. Éste recibió al abate Archambeault y a María Esther. Conocía por la visita pastoral la labor de la escuela parroquial y el mucho fruto espiritual que el activo párroco sacaba de ella. Escuchó con atención las razones que ambos le proponían y comprobó que el proyecto tenía fundamento. Había fundamento humano: una mujer con experiencia docente y gran experiencia de Dios por su vida de mucha piedad; había una feligresía que proporcionaría los primeros niños y niñas de la escuela, y había una gran necesidad del pueblo de Dios a la que con la fundación se podía responder. El obispo decidió dar su licencia para que comenzara la vida de comunidad. La ceremonia emotiva de la constitución de aquel nuevo grupo religioso tuvo lugar el 9 de agosto, vigilia de San Lorenzo, en la parroquia de Vaudreuil. María Esther y sus compañeras empezaron a vivir juntas, a llevar una regla de vida aceptada por todas y a desarrollar su trabajo docente. Pasaron nueve meses y tanto al párroco como al obispo el trabajo y la vida del grupo les pareció positivo, y por ello en mayo de 1849 el obispo decidió organizar formalmente la comunidad: se abriría el período de noviciado y durante el mismo María Esther sería la maestra de novicias encargada de formar a las aspirantes a profesar en la nueva congregación, mientras que otra hermana era nombrada superiora de la incipiente comunidad. El Obispo decidió que la congregación se llamaría de las Hijas de Santa Ana —hoy el título es Hermanas de Santa Ana— y que su ocupación básica sería la educación cristiana de niños y niñas, especialmente en las zonas rurales. María Esther, en vista de que la congregación se dedicaba a Santa Ana, cambió su nombre de Esther por el de Ana, y se llamaría en adelante María Ana. Completado el curso de un año para el noviciado, María Ana y sus compañeras fueron admitidas a la profesión de los votos, que emitieron ante el propio Obispo el día 8 de septiembre de 1850, con la expresa intención de que la profesión fuera en una señalada fiesta mariana. Ese día el Obispo nombró a María Ana superiora de la comunidad al mismo tiempo que maestra de novicias.

Hay forzosamente que elogiar la excelente conducta de la M. María Ana al frente de la congregación. Realizó el encargo recibido de la obediencia con diligencia, entrega y prudencia, siendo ella la primera que daba ejemplo en cumplir los estatutos de la congregación, hasta el punto que se la llamó «la regla viviente». Manifestó un contagioso ardor apostólico en la formación de las religiosas y en el acercamiento de los niños a la vida de piedad. Con las hermanas de la comunidad fue una verdadera madre. Siempre amable y disponible, accesible y atenta a todas, su bondad se extremaba cuando alguna hermana caía enferma. Amante de la justicia, era no obstante comprensiva y delicada, y sabía encontrar razones cuando tenía que pedir algún sacrificio o trabajo difícil.

La comunidad empezó a crecer, pese a la pobreza de medios de que disponía. Pero María Ana no buscaba sino poder servir más y mejor, dando la primera ejemplo de pobreza, mortificación y austeridad. Todo hacía suponer que María Ana dirigiría al menos largos años la vida de la naciente congregación. Pero los planes de Dios eran otros, y se llevaron adelante permitiendo el Señor que María Ana fuera objeto de notables injusticias, convertidas para ella en camino de purificación y santificación.

El año 1853 la casa madre de la congregación se trasladó de Vaudreuil a Saint-Jacques de l’Achigan. El Obispo designó como capellán de la casa al joven sacerdote Louis-Adolphe Maréchal. Es el propio decreto declarando las virtudes heroicas de María Ana el que dice que este joven abate se entró con insolencia en la vida interna de la comunidad estableciendo a su arbitrio tanto las cosas espirituales como las exteriores. María Ana, adicta al Obispo por encima de todo, quiso salvaguardar, sin embargo, la independencia de la congregación, y con ello se granjeó la antipatía del capellán, que empezó a hacer una eficaz labor de zapa contra María Ana, presentándola como impropiada para dirigir la comunidad. Logró ganarse la simpatía de algunas religiosas, y avalado por ellas presentó denuncia al Prelado. Hay que decir que el capellán fue escuchado. Su pretensión no se limitaba a que fuera depuesta de su cargo de superiora sino que se extendía a que fuera expulsada de la comunidad. Consiguió lo primero, y el 18 de agosto de 1854 fue destituida de su cargo de superiora pero no expulsada de la comunidad.

María Ana decidió no defenderse de ninguna injusticia sino que ofreció al Señor cuantas humillaciones quisiera mandarle para que sirvieran al bien de la congregación. Comprendió que en adelante no sería su obra directora sino su sacrificio el que fundamentaría el desarrollo y asentamiento de la comunidad y se dispuso a abrazarse absolutamente con la cruz. Tras su destitución fue enviada, todavía como directora, a la pequeña escuela de Sainte-Geneviéve. Ya no era superiora ni estaba en la casa madre pero muchas hermanas, formadas por ella, siguieron relacionándose con ella y esto no podía tolerarlo el capellán, que insistió en que era una inepta y no debía tener cargo alguno directivo en toda la congregación. Entonces fue llamada de nuevo a Saint-Jacques y mantenida en trabajos caseros. En 1864 es destinada a la casa de Lachine donde estaría hasta 1890. Sería sacristana, portera, planchadora y otros oficios similares. Se prohibió que la llamaran madre y se ocultó cuidadosamente que ella fuera la fundadora.

Admirable y heroica fue la conducta de María Ana en tantos años de ocultamiento y marginación. Como pasaba por entonces con Juana Jugan y pasaría también con Rafaela María del Sagrado Corazón, surgieron nuevas generaciones de hermanas que desconocían que la fundadora fuera aquella humilde religiosa confinada en Lachine. El abate Maréchal había conseguido su propósito de anularla humanamente y quitarla de en medio. La paciencia, la humildad, la obediencia, el espíritu de sacrificio, la capacidad de perdonar injurias y malas voluntades, el abrazo firme a la cruz, ésas fueron sus actitudes básicas, al lado de una intensísima vida interior que la acompañaba en todos sus humildes trabajos exteriores. Todo lo miró como venido de la mano de Dios, al que daba gracias por haberla hecho partícipe de la Cruz de manera tan singular.

Regada por la oración y el sacrificio de su fundadora, la congregación crecía y se expandía, añadiendo a la labor docente la de asistencia a los enfermos. En 1884 le vino la aprobación de la Santa Sede, y para el tiempo en que María Ana murió, la congregación tenía ya más de cuatrocientas hermanas y había abierto más de cuarenta casas en Canadá, los Estados Unidos, Alaska y Colombia. Su sacrificio no había sido estéril.

Con ochenta años cumplidos, María Ana contrajo una fuerte bronquitis en el otoño de 1889, causada seguramente de que no se la situó en la enfermería sino en otro sitio de la casa donde no estaba resguardada de las corrientes de aire. No obstante su bronquitis, quiso oír la misa del gallo en la Nochebuena, y su bronquitis se agravó. Confortada con los santos sacramentos murió el 2 de enero de 1890.

Las hermanas formadas por ella no dejaron de decir que María Ana era la verdadera fundadora ni dejaron de edificarse con la conducta heroica observada. Pero las primeras superioras generales de la congregación dejaron su nombre en el olvido, sin tener en cuenta la fama de santidad que seguía orlando su nombre pese a los años que pasaban. Pero una nueva superiora general, la M. María Leopolda Lécuyer, en 1919, decidió se hiciera un serio estudio sobre la fundación de la congregación a base de los documentos auténticos, lo que sacó a la luz el papel desempeñado por María Ana y las circunstancias de su destitución. Comenzó a pensarse en hacerle causa de beatificación. El proceso ordinario informativo se tuvo en la curia episcopal de Montreal los años 1955-1959, introduciéndose la causa en 62 Año cristiano. 2 de enero Roma en 1977. El 14 de mayo de 1991 era declarada Venerable, y aprobado un milagro otorgado por su intercesión, el papa Juan Pablo II procedió a su beatificación el 29 de abril del año 2001. Así ha resplandecido ante toda la Iglesia la virtud de esta flor oculta por la envidia humana pero nunca olvidada por Dios, ante quien floreció en piedad y santidad para bien de toda la Iglesia. Ahora su comunidad la invoca y venera como madre con toda justicia.

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