Santa Inés

Por: María de la Eucaristía, R. de J-M | Fuente: Año Cristiano (2002)

Virgen y mártir (+ ca.304)

Un halo de leyenda, tejida poco después de su muerte y aumentada en los siglos medievales, envuelve la encantadora imagen de esta doncella mártir. Es el arquetipo y símbolo de la virginidad hasta la inmolación. Los antiguos Padres de la Iglesia loan, conmovidos, la extraordinaria entereza de esta niña frágil y delicada que, «a los trece años de edad —canta el oficio en su día— perdió la muerte y halló la vida, porque solamente amó al autor de la vida».

San Ambrosio, en su libro De virginibus que es un conjunto de homilías, habla largamente de Inés; pero habla como quien sabe que su auditorio conoce ya los hechos que va ensalzando:

«¿Qué podemos decir nosotros que sea digno de aquella cuyo nombre mismo entraña un elogio?». Alude a la etimología de la palabra Inés, en latín Agnes, que, si se deriva de esta lengua, significa agnus, cordero; y si proviene del griego agrios, pura. «Esta mártir tiene tantos heraldos que la alaban, como personas pronuncian su nombre».

El sabio obispo de Milán pasa después a comentar la narración del martirio, sin duda apoyándose en las Actas que ya por entonces se conocían, y tal vez un tanto alteradas. Y dice: «Refiérese que tenía trece años cuando padeció. La crueldad del tirano fue tanto más detestable cuanto no perdonó una edad tan tierna. Pero, notemos ante todas las cosas el poder de la fe, que halla testigos de tal edad. ¿Había acaso sitio en tan pequeño cuerpo para tantas heridas? Mas, donde no había sitio para recibir el hierro, lo habla para vencer al hierro. Muéstrase intrépida en las ensangrentadas manos de los verdugos; no se conmueve cuando oye arrastrar con estrépito pesadas cadenas; ofrece todo su cuerpo a la espada del soldado furioso; ignora todavía lo que es la muerte, pero está dispuesta, si es llevada contra su voluntad a los altares de los ídolos, a tender las manos hacia Jesucristo desde el fondo de la hoguera y a formar, aun sobre el brasero sacrilego, ese signo que es el triunfo del Señor victorioso. Introduce el cuello y las manos en las argollas de hierro que le presentan, pero ninguna puede ceñir miembros tan pequeños…».

«No iría el esposo a las bodas con tanto apresuramiento como ponía esta santa virgen en dirigirse con paso ligero al lugar del suplicio, gozosa de su proximidad. Todos lloraban, todos menos ella.

La mayor parte admiraban la gran facilidad con que, pródiga de una vida que aún no había gozado, la daba como si la hubiese ya agotado. Estaban todos llenos de asombro de que se mostrase testigo de la Divinidad en una edad en que no podía aún disponer de sí misma. ¡Cuántas amenazas emplea el tirano para intimidarla! ¡Cuántos halagos para persuadirla! ¡Cuántos hombres la deseaban por esposa!».

Mas ella contestaba: «La esposa injuria al esposo si desea agradar a otros. Únicamente me poseerá el que primero me eligió. ¿Por qué tardas tanto, verdugo? Perezca este cuerpo que pueden amar ojos a los cuales no quiero complacer».

«Llega, ora, inclina la cabeza. Hubierais visto temblar al verdugo, lleno de miedo, como si él fuese el condenado a muerte. Su mano tiembla, palidece por el peligro ajeno, en tanto que la jovencita mira sin temor su propio peligro. He aquí, pues, en una sola víctima, dos martirios: el de la pureza y el de la religión. Inés permanece virgen y obtiene el martirio».

Monseñor Federico Fofi, canónigo regular y lateranense y, durante muchos años, cura párroco de la basílica de Santa Inés, ha escrito un curioso libro sobre la vida y culto de la ilustre mártir. Y, luego de glosar los textos de San Ambrosio, de San Dámaso y de Aurelio Prudencio, y de hacer una erudita crítica sobre los escritos del cardenal Bartoüni, de Mario Armellini, de Ludovico Emerenciano Le Bourgeois, de Pío Franchi dei Cavalien, del padre Florián Jubaru, SI, y de otros autores, y de enriquecer su obra con las Actas martiriales, reconstruye, según ellas y los comentarios del santo obispo de Milán, la vida de Santa Inés, con afectuosa devoción, aunque sin fiarse plenamente de los documentos citados.

Según Fofi, la Santa pertenecía a una noble familia romana, tal vez la Clodia. Vino al mundo hacia el año 290 de la era cristiana, recibió, después del bautismo, una educación sólidamente piadosa y se consagró a Jesucristo con voto de virginidad.

Volviendo una vez la niña de la escuela, el hijo del prefecto de Roma la vio y se enamoró de ella, ofreciéndole a cambio de su promesa matrimonial, magníficos regalos. Inés los despreció, con las palabras que pone en su boca el Oficio divino: «Apártate de mí, pábulo de corrupción, porque he sido ya solicitada por otro Amante. Él ha adornado mi diestra y mi cuello con piedras preciosas, ha puesto en mis orejas perlas de inapreciable valor. Ha puesto una señal sobre mi rostro para que no admita fuera de El otro amante. Yo amo a Cristo. Seré la esposa de Aquel cuya Madre es virgen, cuyo Padre lo ha engendrado sin concurso de mujer, y que ha hecho resonar en mis oídos acordes armoniosos. Cuando le amare, seré casta; cuando le tocare, seré pura; cuando le recibiere, seré virgen».

El joven, desesperado, recurrió a su padre, el prefecto de Roma, el cual, averiguando que Inés era cristiana, mandó a sus esbirros que, a viva fuerza, la llevaran ante el tribunal. Amenazas, tormentos… Conducida a un lupanar y expuesta a los insultos de la plebe, el cuerpo de la virgen se cubre milagrosamente con su cabellera. Cae muerto a sus pies el hijo del prefecto, único que se había atrevido a acercarse a ella, e Inés, para demostrar la virtud divina de Jesús, obtiene con sus oraciones la resurrección del joven. Se retira el prefecto, dejando en el tribunal a su ayudante, Aspasio, el cual, atribuyendo los milagros de Inés a la magia, condena a la niña a ser quemada viva. Nuevo prodigio: Inés permanece intacta en medio del fuego. Es condenada, por fin, a morir al filo de la cuchilla. La descripción de esta última escena es una de las más bellas páginas de Fabiola, la leyenda escrita por el cardenal Wiseman.

Los padres de Inés depositaron el cuerpo de la niña mártir en el sepulcro de su casa de campo, situada en la Via Nomentana. Pocos días después, otra flor de pureza caía deshojada sobre él. Emerenciana, la hermana de leche de Santa Inés, a quien los paganos apedrearon cuando se hallaba orando ante la tumba.

En ese lugar se erigió la basílica, durante el reinado de Constantino, y fue restaurada luego por el papa Honorio I. Nuestro poeta Aurelio Prudencio (318-413) compuso también un hermoso himno en honor de Santa Inés. Forma parte de los catorce poemas del Peristephanon y se basa en las Actas, ya por entonces algo mixtificadas. Preciso es el breve relato y plegaria que compuso el papa San Dámaso, en dieciséis versos.

Integro se conserva, grabado en mármol, en su basílica de la Via Nomentana, y puede traducirse así: «La fama repite lo que ha poco declararon los santos progenitores de Inés: que muy niña todavía, cuando oyó los lúgubres sones de la trompeta, dejó el regazo de su nodriza —puede entenderse que se separó de su institutriz o de la doncella encargada de su cuidado— desafiando espontáneamente las amenazas y la furia del tirano cruel, cuando éste quiso que las llamas devorasen su noble cuerpo. Con fuerzas mínimas superó un gran temor, y envolvió su desnudez en su cabellera suelta, de modo que ningún mortal pudiera profanar el templo del Señor. ¡Oh digno objeto de mi veneración, santa gloria de la pureza, ínclita mártir, muéstrate benigna a las súplicas de Dámaso!».

Es de notar que este ilustre Papa, poeta, en sus epitafios y loas se proponía dar siempre la verdad histórica, y algunas veces buscó a los mismos verdugos para saber, por boca de los mismos, la exactitud de los hechos. Algo difieren las Actas martiriales de los panegíricos, himnos y narraciones que se han escrito sobre la vida y martirio de Santa Inés. Pero todos los autores coinciden en proclamarla mártir de la virginidad. Es patrona protectora de las jóvenes doncellas y de los jardineros. Se dice que su casa solariega, en Roma, estaba emplazada en el solar que hoy ocupa el colegio Capranica, donde acabó su carrera sacerdotal el papa Pío XII. Y
en la célebre basílica de Via Nomentana es donde cada año, el día 21 de enero, se bendicen los dos corderillos con cuya lana se teje el «pallium» del Santo Padre.

En nuestros tiempos de materialismo, cuando el concepto de la castidad va decayendo visiblemente, la dulce imagen de Santa Inés resalta con fulgores maravillosos. Que ella muestre a la juventud el verdadero sentido de la vida, que es amor, pureza, plenitud de Dios.

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