Cuando pensamos en los discípulos…
Si alguien pregunta quiénes fueron los discípulos de Jesús, la mayoría de las personas responderá inmediatamente: Pedro, Juan, Santiago, Andrés o Tomás.
La respuesta no es incorrecta, pero está incompleta.
Los Evangelios muestran con claridad que Jesús no estuvo rodeado únicamente por hombres. También hubo mujeres que lo siguieron, escucharon sus enseñanzas, colaboraron con su misión y permanecieron fieles cuando muchos otros lo abandonaron.
Sin embargo, durante siglos estas figuras han recibido menos atención que los apóstoles varones. Sus nombres aparecen pocas veces en la predicación habitual y muchos cristianos apenas conocen sus historias.
Y, sin embargo, sin ellas resulta imposible comprender plenamente la vida pública de Jesús y los comienzos de la Iglesia.
Una novedad sorprendente en el mundo antiguo
Para entender la importancia de estas mujeres debemos recordar el contexto histórico.
En el judaísmo del siglo I, las mujeres tenían una dignidad reconocida, pero normalmente no ocupaban espacios públicos de enseñanza ni aparecían como discípulas de un maestro itinerante.
Por eso los Evangelios muestran algo llamativo: Jesús trata a las mujeres con una libertad y una cercanía poco comunes para su época.
Habla con ellas públicamente.
Las escucha.
Las instruye.
Las pone como ejemplo de fe.
Las incorpora a su círculo de seguidores.
No se trata de gestos aislados. Forman parte de la manera habitual en que Jesús se relaciona con las personas.
María Magdalena: la discípula fiel
Entre todas las mujeres del Evangelio destaca especialmente María Magdalena.
Los Evangelios cuentan que Jesús la liberó de una profunda aflicción espiritual y que, desde entonces, ella se convirtió en una de sus seguidoras más fieles.
Acompañó al Señor durante su ministerio.
Permaneció cerca de la cruz cuando muchos discípulos huyeron.
Estuvo presente en el sepulcro.
Y tuvo el privilegio extraordinario de ser una de las primeras personas en encontrarse con Cristo resucitado.
Por esta razón algunos Padres de la Iglesia la llamaron «apóstol de los apóstoles», porque fue enviada a comunicarles la noticia de la Resurrección.
Marta y María de Betania
Otra escena fundamental es la de las hermanas de Betania.
Mientras Marta se ocupa de las tareas domésticas, María permanece sentada a los pies de Jesús escuchando su enseñanza.
A primera vista puede parecer una escena sencilla, pero tiene una enorme importancia.
Sentarse a los pies de un maestro era la postura típica de un discípulo.
Jesús no solo permite que María ocupe ese lugar; además la defiende cuando otros consideran que debería estar haciendo otra cosa.
Con este gesto, reconoce que una mujer también puede ser discípula en sentido pleno.
Juana, Susana y otras mujeres olvidadas
El Evangelio de Lucas menciona expresamente a varias mujeres que acompañaban a Jesús:
- Juana.
- Susana.
- María Magdalena.
- Y «muchas otras».
Estas mujeres no eran simples espectadoras.
Lucas señala que ayudaban a sostener económicamente la misión con sus propios bienes.
Gracias a ellas comprendemos que el ministerio de Jesús fue también una obra comunitaria en la que colaboraron numerosos discípulos y discípulas.
Aunque los Evangelios no conservan muchos detalles sobre sus vidas, su presencia revela una realidad importante: la comunidad que seguía a Jesús era mucho más amplia y diversa de lo que a veces imaginamos.
Las mujeres al pie de la cruz
Uno de los momentos más conmovedores del Evangelio ocurre durante la Pasión.
Cuando Jesús es arrestado, muchos discípulos se dispersan por miedo.
Sin embargo, varias mujeres permanecen cerca de Él hasta el final.
Los Evangelios destacan especialmente la presencia de María Magdalena, María la madre de Santiago y otras discípulas.
Ellas contemplan la crucifixión, observan dónde es sepultado Jesús y se preparan para volver después del sábado.
Su fidelidad contrasta con el temor que domina a muchos otros seguidores.
Las primeras testigos de la Resurrección
Quizá el dato más sorprendente de todos sea este: las primeras testigos de la Resurrección fueron mujeres.
Los cuatro Evangelios coinciden en este punto.
Son ellas quienes encuentran el sepulcro vacío.
Son ellas quienes reciben el anuncio de los ángeles.
Son ellas quienes llevan la noticia a los apóstoles.
Este detalle posee una enorme fuerza histórica.
En una sociedad donde el testimonio femenino tenía menor consideración jurídica que el masculino, resulta improbable que la comunidad cristiana hubiera inventado una historia semejante.
Precisamente por eso muchos estudiosos consideran que este dato refleja un recuerdo histórico muy antiguo.
Dios quiso que las primeras anunciadoras de la Resurrección fueran mujeres.
¿Por qué se habla tan poco de ellas?
En realidad, los Evangelios no las ocultan.
El problema suele estar en nuestra manera de leerlos.
Con frecuencia centramos la atención en los Doce Apóstoles y dejamos en segundo plano a otros discípulos que también desempeñaron un papel importante.
Además, muchas de estas mujeres aparecen brevemente en los relatos, lo que ha contribuido a que sus historias sean menos conocidas.
Sin embargo, cuando se leen atentamente los Evangelios, su presencia resulta constante y significativa.
Lo que aprendemos de ellas
Las mujeres discípulas enseñan que el seguimiento de Cristo no depende del prestigio social, del poder o de la visibilidad.
Muchas de ellas no pronunciaron grandes discursos ni ocuparon puestos de liderazgo reconocidos.
Sin embargo, estuvieron presentes cuando otros se marcharon.
Sirvieron discretamente.
Sostuvieron la misión.
Permanecieron fieles en la prueba.
Y fueron las primeras en recibir algunas de las noticias más importantes de la historia de la salvación.
Más que personajes secundarios
A veces se presenta a estas mujeres como figuras secundarias del Evangelio.
La realidad es muy distinta.
Fueron discípulas auténticas.
Escucharon a Jesús.
Aprendieron de Él.
Lo siguieron por los caminos de Galilea y Judea.
Compartieron su misión.
Permanecieron junto a la cruz.
Y anunciaron la Resurrección.
Sin ellas, el relato evangélico quedaría incompleto.
Las mujeres discípulas no son una nota al margen de la historia de Jesús. Forman parte esencial de ella.
Y su ejemplo sigue recordando a la Iglesia que la fidelidad, el amor y el servicio silencioso suelen ser mucho más importantes que el protagonismo visible.

