Homilía Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista Precursor

Por: P. Diego Alberto Uribe Castrillón

 

Iluminar, Profetizar, Bendecir.

Amadísimos hermanos en la fe:

No es frecuente que en los domingos se de una interrupción del ciclo de lecturas que cada año nos propone la Iglesia. Este domingo, nos aguarda la Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista Precursor.

Iluminar:

El profeta Isaías tuvo la dicha de verlo todo con unos ojos llenos de luz. Del mismo modo que profetizó con misterioso detalle la vida del Salvador, sintió que el Espíritu Santo, el que habló por los profetas, precisamente, le indicaba que algunos anuncios suyos podrían referirse no solo al esperado Señor de la gloria, sino también a quienes le acompañan, preceden, anuncian y rodean.

Es por eso que la primera lectura de hoy nos da tantas señales para que reconozcamos la misión de San Juan Bautista. “Llamado desde el vientre” (cfr. Isaías 49, 1) escuchó un día, seis meses después de su gestación, cuando los que van a nacer son capaces de percibir y distinguir sonidos, que llegaba al portal de la casa de sus padres Zacarías e Isabel la gloriosa figura de María. Dice San Lucas que la “criatura saltó de gozo” en el vientre de la anciana, afirmando la alegría de la llegada de la salvación tan esperada.

Hoy queremos que “el profeta del Altísimo”[1] siga anunciándonos la  visita del “sol que nace de lo alto”[2], ese sol de la vida y la alegría que, como el sol radiante de los días de verano, va descubriendo el esplendor de los paisajes, y también nos siga trayendo luz justamente ahora cuando muchas sombras nos impiden contemplar la alegría de la verdad, la virtud de la justicia, la serena esperanza que produce la proclamación de nuevos horizontes en los que brille Jesús.

Profetizar.

San Juan Bautista es, siendo exactos, el último de los profetas, el que iluminado por el Espíritu Santo “que hablo por los profetas”[3], trae “en su aljaba”[4], las flechas bruñidas de una palabra ardiente y directa, segura y punzante, que produjo en la tierra de Jesús y en el tiempo precedente a su nacimiento, una conmoción en la que se alternan la expectativa por lo que va a pasar y la reacción de penitentes y arrepentidos que bajan hasta el Jordán para dejar en las aguas la sombra de sus delitos y recibir del Bautista la certeza del amor de Dios que perdona con amor.

Muchas veces entendemos que la misión de los profetas es incomoda. Poseen por vocación una luz del Espíritu que les permite discernir los signos de los tiempos, pero también saben que en su corazón hay encendida una llama que arde y que reclama espacios para proclamar las llamadas de Dios. Lo más grande de ser profeta es que esta gracia le es propia a todo cristiano. Ya el profeta Joel[5] lo había anunciado: “en aquel día derramaré mi Espíritu sobre toda carne, sus hijos y sus hijas  profetizarán,  tendrán sueños los ancianos  y visiones los jóvenes”, indicándonos que no hay excusa para convertirnos en portadores de esperanza, de verdad, de vida.

Ser profetas con el ardor de San Juan Bautista implica el riesgo de la vida. Él mismo la arriesgo totalmente y terminó su camino en el torbellino de una fiesta en la que su cabeza fue llevada como trofeo de la venganza de la que Herodes había hecho su mujer[6]. Por eso es tan diciente la letra de una canción que dice: “Sigue cantando, profeta, cantos de vida o de muerte, sigue anunciando a los hombres que el Reino de Dios se viene. No callarán esa voz y a nadie puedes temerle, que tu voz viene de Dios y la voz de Dios no muere”[7]

Los profetas siguen vivos hoy, siguen inquietando e incomodando, siguen caminando sobre las arenas de este mundo con el paso firme del que sabe que va con él la verdad, la vida, la alegría de Dios.

 

Bendecir.

El evangelio de hoy nos lleva a la casa de Juan Bautista, en la que se ha agolpado la gente para ver la maravilla de una anciana fecunda. Zacarías, enmudecido, pidió una tablita para anotar el nombre que se debía dar a su pequeño, al hijo de la ancianidad tan esperado, “ a ti, niño… llamado profeta del Altísimo”[8].

Esta fiesta de San Juan es jubilosa. Las culturas la asocian con gozosas expresiones en las que se agolpan tradiciones llenas de luz y de alegría, como una que le pide al mismo Bautista “que limpie de toda mancha de nuestros labios, del corazón  de sus servidores (famuli tuorum), para que  puedan libremente resonar las fibras del alma contando las maravillas” del Santo Profeta y Precursor”[9] Hoy hay que ofrecer la alegría de esta fiesta al mundo tan oscurecido por la desesperanza y la dolorosa incidencia del pecado.

San Juan Bautista, te pedimos que nos lleves a las montañas de Judea para cantar con el anciano Zacarías tu nacimiento, saca agua del Jordán para que limpies nuestros labios tan propensos a lo vacío de modo que puedan proclamar la gozosa vigencia de la esperanza, de la justicia, de la verdad. San Juan Bautista, déjanos volver a verte vestido de piel de camello[10], con tu banderita cruzada por la roja cruz del Salvador, la que pintaste con tu sangre inocente y valerosa derramada en la cárcel de Herodes[11].

San Juan Bautista, enséñanos a saltar de gozo[12] ante la presencia de María, el Sagrario del Espíritu Santo, para que repasando en el corazón las notas del Benedictus de Zacarías y del Magníficat de la Virgen Peregrina, seamos capaces de mostrarle al mundo, como lo hiciste tú la llegada del Cordero que quita el pecado del mundo[13].  Que tantos pueblos que tienen al Bautista por titular o patrono sientan hoy la frescura del agua viva que nos lava y nos purifica de todo mal. Amén.

[1] Cfr. Lucas 1, 77

[2] Cfr. Lucas 1, 78

[3] Misal Romano, Credo Niceno-constantinopolitano

[4] Cfr. Isaías 49,2

[5] Joel 3, 1.

[6] Cfr. Marcos 6, 14-29.

[7]  Grita Profeta de Emilio Vicente Mateu.

[8] Cfr. Lucas 1, 76.

[9]  Versión nuestra del Himno de Pablo Diácono para la fiesta de San Juan Bautista:  Ut queant laxis resonare fibris, mira gestorum, famuli tuorum, solve polluti  labii reatum, Sancte Ioannes.

[10] Cfr. Marcos 1, 6.

[11] Cfr. Mateo 14, 10

[12] Cfr. Lucas 1, 41.

[13] Cfr. Juan 1, 29.

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