¿Por qué en ciertas épocas del año no se canta el Gloria en la Misa?

Una de las sorpresas que experimentan muchos fieles al comenzar el Adviento o la Cuaresma es que, de repente, desaparece una de las oraciones más alegres y solemnes de la Misa:

«Gloria a Dios en el cielo,

y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor…»

Nadie lo anuncia.

Simplemente deja de cantarse.

Y muchos se preguntan:

¿Por qué la Iglesia suprime el Gloria precisamente en tiempos tan importantes?

La respuesta nos introduce en una de las pedagogías espirituales más hermosas de la liturgia.

El Gloria es un canto de fiesta

El Gloria es uno de los himnos más antiguos de la tradición cristiana.

Sus primeras palabras provienen del canto de los ángeles en la noche de Navidad:

«Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres…» (Lc 2,14).

A partir de este anuncio angélico, la Iglesia desarrolló una gran alabanza dirigida a la Santísima Trinidad.

Por eso el Gloria tiene un carácter claramente festivo.

Es un himno de alegría.

De exultación.

De triunfo.

La Iglesia lo reserva para los momentos en los que quiere expresar con especial intensidad el gozo de la salvación.

La liturgia también sabe callar

Vivimos en una cultura donde muchas veces pensamos que más es mejor.

Más cantos.

Más palabras.

Más ruido.

La liturgia, en cambio, posee una sabiduría diferente.

Sabe que algunas cosas sólo pueden apreciarse plenamente cuando se dejan de escuchar durante un tiempo.

Por eso la Iglesia no elimina el Gloria porque sea poco importante.

Precisamente lo omite porque es muy importante.

Quiere que lo echemos de menos.

Quiere que aprendamos a esperarlo.

Quiere que cuando vuelva resuene con una fuerza renovada.

El silencio del Adviento

Durante el Adviento la Iglesia vive en actitud de espera.

No estamos todavía en Navidad.

Estamos aguardando la llegada del Salvador.

La liturgia nos coloca espiritualmente junto a Israel, que esperaba durante siglos la venida del Mesías.

Por eso el Gloria desaparece.

No porque falte la alegría.

El Adviento es un tiempo alegre.

Pero es una alegría contenida.

Una alegría expectante.

Una alegría que mira hacia adelante.

La Iglesia guarda el canto de los ángeles para la noche de Navidad.

Y cuando finalmente llega la Misa de Navidad, el Gloria vuelve a sonar con una fuerza extraordinaria.

Es como si los ángeles regresaran de nuevo a Belén para anunciar:

«Hoy les ha nacido un Salvador.»

El ayuno de la Cuaresma

La razón es diferente durante la Cuaresma.

Aquí no se trata de esperar.

Se trata de prepararse.

La Cuaresma es un tiempo de conversión.

De penitencia.

De combate espiritual.

De volver el corazón hacia Dios.

Por eso la Iglesia practica una especie de ayuno litúrgico.

No sólo desaparece el Gloria.

También desaparece el Aleluya.

La liturgia se vuelve más sobria.

Más austera.

Más silenciosa.

Todo está orientado a prepararnos para la gran explosión de alegría que llegará en la Pascua.

La alegría que vuelve en Pascua

Quien ha vivido bien la Cuaresma entiende perfectamente por qué la Iglesia actúa así.

Durante cuarenta días no se canta el Gloria en los domingos cuaresmales.

Y entonces llega la Vigilia Pascual.

La iglesia está oscura.

Se enciende el Cirio Pascual.

Resuena el Exsultet.

Y después vuelve el Gloria.

Las campanas repican.

Los órganos callados durante semanas vuelven a sonar.

La alegría irrumpe con una fuerza nueva.

¿Por qué emociona tanto ese momento?

Porque hemos esperado.

Porque hemos ayunado.

Porque hemos aprendido nuevamente el valor de aquello que parecía habitual.

Una pedagogía del deseo

San Agustín enseñaba que Dios agranda nuestro corazón mediante la espera.

La liturgia hace exactamente eso.

Nos enseña a desear.

Nos enseña a esperar.

Nos enseña a valorar.

El Gloria desaparece durante un tiempo para que cuando regrese lo escuchemos con oídos nuevos.

Como ocurre con tantas cosas importantes de la vida.

Sólo cuando las perdemos un poco descubrimos cuánto las amamos.

¿Siempre se omite?

No exactamente.

Aunque el Gloria no se canta en los domingos de Adviento ni de Cuaresma, existen algunas excepciones.

Sí se canta en:

  • Solemnidades que caen dentro de estos tiempos.
  • Algunas fiestas importantes del calendario litúrgico.
  • Celebraciones particulares previstas por las normas litúrgicas.

La razón es sencilla: la importancia de esas celebraciones justifica el uso de este gran himno de alabanza.

Una lección para la vida espiritual

La ausencia del Gloria nos enseña algo que va más allá de la liturgia.

Nos recuerda que la vida cristiana tiene ritmos.

Tiempos de fiesta.

Tiempos de espera.

Tiempos de lucha.

Tiempos de celebración.

La Iglesia no vive permanentemente en Navidad ni permanentemente en Viernes Santo.

Camina siguiendo los pasos de Cristo.

Y por eso sabe cuándo cantar con toda la fuerza de los ángeles y cuándo guardar silencio para preparar el corazón.

Quizá por eso el Gloria sigue siendo tan hermoso.

Porque no se canta siempre.

Porque la Iglesia lo guarda como un tesoro.

Y porque cada vez que vuelve a resonar nos recuerda que la alegría cristiana no es superficial.

Es la alegría de quienes han esperado al Señor y finalmente lo han encontrado.

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