Beatos Guillermo Repin y Lorenzo Batard

Por:  Biblioteca de Autores Cristianos  | Fuente: Año Cristiano (2002)

Prebíteros y mártires (+ 1794)

El 19 de febrero de 1984 el Santo Padre Juan Pablo II colocaba en la gloria de los altares a un grupo de noventa y nueve mártires que dieron su vida por la fe en los duros tiempos de la Revolución Francesa. Todos ellos pertenecían a la diócesis de Angers. Encabeza el grupo el sacerdote secular Guillermo Repin que, con otro sacerdote, Lorenzo Bátard, fue guillotinado el 2 de enero 1794. Los otros noventa y siete mártires son: diez sacerdotes seculares, tres religiosas, cuatro varones seglares y el resto mujeres seglares.

Detrás de los nombres de estos mártires que irán saliendo a lo largo de los días en el Martirologio, se esconde una historia de ínclita fidelidad a Dios y a su Iglesia, sostenida con tenacidad en medio de los peligros y zozobras de un período de la historia agitado como pocos y en el que, al lado de las grandes palabras de libertad, igualdad y fraternidad, se practicaba una feroz persecución religiosa, se juzgaba y condenaba sin los mínimos requisitos de imparcialidad y garantías procesales y se condenaba contra toda justicia a hombres y mujeres. La ira de la Revolución no perdonó edades ni situaciones humanas, sino que se llevó por delante con manifiesta crueldad a ciudadanos honrados y ciudadanas pacíficas que no tenían otro delito que el profesar la religión tal como su conciencia se la dictaba sin hacer el mínimo mal a nadie. El Breve de beatificación recuerda a propósito de estos mártires el dicho evangélico de que el Señor manda a sus discípulos como ovejas en medio de lobos, y recuerda que el sitio donde ochenta y cuatro de estos mártires fueron sacrificados fue luego conocido como «el campo de los Mártires».

De forma especial subraya el Breve acerca de las tres religiosas, dos de ellas de la Sociedad de San Vicente de Paúl, y una de ellas Benedictina del Calvario, que de ningún modo y por ningún motivo podía decirse que estuvieran metidas en asuntos políticos pues era clara la muy distinta y, por cierto, muy noble dedicación a que estaban entregadas. Pero tampoco puede decirse de los hombres y mujeres seglares que son objetos de esta beatificación que estuvieran azuzando ninguna contrarrevolución o animando una revuelta armada contra la República. Su disconformidad estaba solamente en que aquel Estado persiguiera la religión de la forma sañuda en que lo hacía, pues consideraban básico el derecho a honrar a Dios dentro de la fe recibida.

Y los sacerdotes, puestos en la alternativa de faltar a sus deberes de sacerdotes, dice el Breve que optaron por obedecer a Dios antes que a los hombres, según enseña la Sagrada Escritura. Ellos se habían negado primero a jurar la constitución civil del clero, contraria a la naturaleza misma de la Iglesia y condenada por el papa Pío VI, y a prestar posteriormente el nuevo juramento de Libertad e Igualdad cuyo sentido revolucionario lo hacía incompatible con la sana conciencia de quien quiere ante todo ser fiel a su religión.

Los martirios tuvieron lugar entre 1793 y 1794 y se realizaron o bien por la guillotina o bien por fusilamiento Guillermo Repin, el sacerdote que encabeza el grupo de mártires, era natural de Thouarcé, donde nació en 1709. Ordenado sacerdote, fue unos años coadjutor y luego durante cuarenta años párroco de San Simpliciano en Martigné-Briand.

Rehusó prestar el juramento constitucional en 1791 y fue desposeído de su parroquia. Marchó a Angers, donde fue detenido y mantenido en prisión. Cuando las tropas vandeanas ocuparon la capital, fue liberado, pero no pudiendo seguir a las mismas fue de nuevo capturado y llevado a Angers, donde fue «juzgado» el 1 de enero de 1794 y al día siguiente guillotinado con el sacerdote Lorenzo Bátard, párroco de Santa María en Chálonssur-Loire.

De todos ellos perseveró la fama de martirio pese a los años, y la comunidad cristiana los tuvo siempre como verdaderos mártires. Ellos no fueron todos los que murieron entonces por la fe, pero sí un grupo cuyo martirio ha quedado histórica y teológicamente bien probado, por lo que el Papa ha estimado que debía inscribir su nombre en el libro de los beatos y permitir que se les dé culto público.

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