Beata Josefa María de Santa Inés

Por: Pedro Langa, OSA | Fuente: Año Cristiano (2002)

Religiosa (+ 1696)

La Beata Josefa María de Santa Inés, en el mundo Josefa María Albiñana Gomar, comúnmente Inés de Benigánim, nació en una modestísima casa de la calle San Miguel, en la valenciana ciudad de Benigánim, el 9 de febrero del año 1625. Luis Albiñana y Vicenta Gomar, sus padres, emparentados con la ilustre saga local de los Tudela, Albiñana y Gomar, aunque de no fáciles recursos económicos, formaban un matrimonio ejemplar por nobleza de espíritu y honradez de vida. Consta en el libro de bautismos de la parroquia, tomo IV, folio 11, número 12, que fue bautizada el mismo día de su nacimiento: «Dit dia nou de febrer de lo any mil sisens vintisinc, yo el licenciado Vicent Mora, Vicari de la parroquial de Benigánim, Bateig segons ritus de la Santa Iglesia Católica Romana a una filia de Lluis Albinyana y de Vicenta Gomar, conigues: Hague nom Juse pa Theresa; foren compares Esteve Pastor y Theodora lúdela, Rector».

Ocho años más tarde, recibe en la misma iglesia parroquial, hoy de la Purísima Sangre de Cristo, el sacramento de la confirmación, según reza el Acta: «A 24 de agosto de 1633, el Reverendísimo Señor don Vicencio Claveria y de Sans, per la gracia de Deu y de la Santa Sede Apostólica, bisbe de Petra y visitador de este Archebisbat de Valencia per lo Illmo. y Rdmo. Sr. D. Fray Isidoro Aliaga, per la mateixa gracia Archebisbe de Valencia del Consell de Sa Magestat, est en la villa de Benigánim confirma a Jusepha, filia de Lloi’s Albiñana y Vicenta Gomar-Comare Juana Ana Delgado».

Y allí mismo, poco más tarde, la primera comunión de manos del cura párroco y luego canónigo de Valencia, doctor don Juan Loris. La pequeña Josefa pudo así comprobar cómo su ardiente caridad, en la que siempre vivía inflamada, experimentaba una ternura íntima, a nada comparable, y de qué modo tan misterioso su corazón poseía a Dios y era por Dios poseído.

Gobernaba entonces la Iglesia el papa Urbano VIII (1623-44). Y los destinos de España, el rey Felipe IV (1605-65). De la primera niñez ha llegado hasta nosotros su natural excelente, su pronto dulce, su candida sencillez que dejaban traslucir no sólo la compostura de su cuerpo, sino sobremanera la modestia singular de su rostro. Al crecer en edad, confirmó con sus buenas costumbres las virtuosas enseñanzas de sus padres.

Procuraba, de hecho, ejercitarse en servir a Dios santamente por las prácticas de piedad y, sobre todo, asistiendo a la misa y sagradas funciones. Solía recrear el ánimo con la contemplación de las cosas del Cielo, escogiendo para ello los más secretos lugares. No parecía sino que Dios hubiese puesto sus delicias sobre aquella joven, su sierva, ya por el candor limpísimo que adornaba su alma, ya por su ingenua sencillez que nimbaba con purísima luz su vida toda. Muy devota de la Virgen Madre de Dios, cuyas preclarísimas virtudes ansiaba a toda costa imitar, más de una vez experimentó la gracia de su maternal sonrisa, particularmente cuando, por la temprana muerte de su padre, hubo de pasar a vivir en otra casa.

En efecto, huérfana de padre desde muy joven, resolvió pronto entregarse de lleno a la pureza entre la servidumbre de su tío don Bartolomé Tudela, en cuya mansión, con el anejo huerto y balsa de regadío y lavadero, empezó a reñir las primeras batallas contra el demonio y a recibir del Señor celestiales consolaciones, prenda de las castas delicias que habían de acariciarla de por vida. Apoyada en la protección de la Madre de Dios, con tal dignidad se condujo que, por la severidad de costumbres y por su delicadísima modestia, impulsaba a guardar la santa castidad a cuantos la observaban. No tardó, sin embargo, en sentir el cerrado acoso de un criado del tío perdidamente enamorado de su belleza, el cual, un buen día, fuera ya de sí, le disparó un trabucazo del que salió milagrosamente ilesa. Las balas dejaron su impacto en las paredes de la escalera por la que Josefa había ganado el piso alto, desde donde pudo ponerse a salvo del furibundo galán. Aquel desagradable incidente terminó de abrirle los ojos para ver el peligro que corría. Resuelta, pues, a consagrarse por entero a Cristo, ideó pronto el santo propósito de ingresar en la clausura de las Agustinas del lugar aprovechándose de la influencia del tío, uno de los cofundadores del monasterio. Con piadosas y humildes súplicas comenzó a implorar del Señor que tuviera a bien llevarla, como a puerto y refugio seguro, a dicho monasterio, para consagrar allí con la profesión de sus votos lo que mucho antes le había generosamente prometido.

Dios acogió propicio sus plegarias, ya que, superados los obstáculos que suelen interponerse en estos casos, concedió en breve tiempo a Josefa lo que pedía. Ingresó como hermana lega en el monasterio de Agustinas de Benigánim el 25 de octubre de 1643. Tenía Josefa entonces, pues, dieciocho años. Pertenecía este convento a la «observancia descalza» fundada el año de 1597 en la diócesis de Valencia, dentro de la Orden de San Agustín, por el arzobispo San Juan de Ribera. Contrariamente a cuanto algunos historiadores y biógrafos dicen, las Agustinas Descalzas fundadas por San Juan de Ribera, nunca han tenido afinidad alguna con el movimiento agustino recoleto descalzo; tampoco tienen absolutamente nada que ver, ni en su origen, ni
en su desarrollo, con la Congregación de los Recoletos Descalzos. Las Agustinas Descalzas de España son, hablando con propiedad, las religiosas pertenecientes a los conventos de la reforma empezada y promovida por el arzobispo de Valencia San Juan de Ribera, el cual no pretendió formar una Orden nueva, sino perfeccionar la de San Agustín, siguiendo, es cierto, la línea de Santa Teresa, aunque introduciendo, eso también, una gran diferencia: la sujeción al Ordinario del lugar. La Beata Inés de Benigánim, en consecuencia, no fue agustina recoleta, como a veces se dice o se escribe. Expresarse así sería incorrecto. Fue, en realidad, agustina descalza de la Federación de Monjas Agustinas Descalzas de San Juan de Ribera.

Ligada por fin a Dios con más estrechos vínculos, comenzó el nuevo género de vida tan resuelta y tal fue su empeño, que, en el mismo noviciado, a pesar de su todavía temprana juventud, marchaba delante de las otras religiosas. Edificaba a todas con su ejemplo, natural consecuencia de aquel sabroso diálogo que a menudo mantenía con el Señor, pues a veces permanecía absorta en adoración del Sacramento hasta altas horas de la noche, pronta muchas de ellas al uso de la disciplina y a la abstinencia de bebida y alimento. Era como la prolongación del íntimo trato que había mantenido de seglar.

Lejos quedaba ya la casita del tío, escenario de pasados prodigios, de sobrenaturales diálogos con el Señor, de apariciones incluso. En la balsa del huerto fue agraciada un día con la presencia súbita del Niño Jesús mientras ella lavaba la ropa. Hábil manejando el jabón y aclarando la ropa, Josefa era, en realidad, tan indocta y sencilla a la vez que rayaba en lo simplicísimo. Y Dios, claro está, que se complace precisamente en los indoctos y sencillos de corazón, no tarda en acudir hasta con el milagro para hacer posible lo que desde la ciencia humana parece imposible. Josefa María fue, justamente, un claro ejemplo de todo esto.

Así como de Santa Rita de Cascia se cuenta que, a fuerza de regar por obediencia el tronco seco de una añosa parra consiguió después de muchas idas y venidas verlo florecer —todavía subsiste en el convento de Cascia—, así algunos biógrafos de Josefa María refieren que, ante tantos hermosos frutales del huerto, ésta decidió plantar un naranjo convencida de verlo crecer como tantos otros de los frondosos bosques valencianos.

Para lo cual, ignorante de la horticultura del Turia, no se le ocurrió mejor idea que plantar la ramita de naranjo en flor por las hojas y no por el tallo. Contra todo pronóstico, también aquí la vida empezó a correr por aquella extraña plantación y el naranjo en ciernes a mostrar su lozanía ante la estupefacción de los entendidos. Se dice que los peregrinos todavía pueden contemplarlo en el huerto de los Tudela.

Fue su vida, se nos dice, un portento de gracia y una gracia de portentos. La frase, tal vez algo retórica, encierra no obstante la síntesis perfecta de aquella consagración religiosa de Josefa María, entretejida toda ella de fuerzas contrapuestas, de tensión dialéctica entre dicha y dolor, bendiciones y tentaciones, regalos y mortificación, sabiduría e ignorancia, y así seguido. Sencilla, humilde, entregada de lleno a la servicialidad comunitaria, era, se puede decir en resumen, un espíritu de sublime armonía entre acción y contemplación. Comprenderemos mejor lo dicho si tenemos en cuenta sus mediocres cualidades intelectuales, más aún, era, diríase, analfabeta. De ahí la sorpresa de todos advirtiendo en ella aquel don de consejo, aquellos conocimientos teológicos fuera de lo común, aquella ciencia no aprendida del alma.

Supo Josefa en el noviciado adquirir, a fuerza de rigurosas penitencias, frecuentes mortificaciones y sostenida plegaria, muchas virtudes. Advirtió pronto que el camino de la Pascua, antes que triunfo y luz y gloria, es cruz y cardos y espinas; antes que resurrección y aleluya y entrada en la gloria, es Getsemaní y es Gólgota y es muerte. La gran lección de Evangelio, pues, aprendida desde temprana edad por Josefa, consiste en imitar a Jesús siguiendo sus mismas huellas, que unas veces son del que sube con la Cruz al Calvario y otras del Peregrino que, haciéndose el encontradizo, sale al camino de los discípulos de Emaús.

Brilló Josefa María por sus virtudes, sí; por su elevada oración, también; incluso por los fenómenos sobrenaturales que a menudo la envolvieron, es verdad. Sus éxtasis impresionaban a todos. De ahí que, a la vista de tales hechos, los superiores eclesiásticos de Valencia decidieran promoverla a la categoría de hermana de coro el 18 de noviembre de 1663. En el libro de actas del archivo conventual, folio 92, número 28, consta su profesión y este detalle posterior:

«A 27 de agosto de 1645 profesó la hermana Josepha de Santa Inés del velo blanco; y el 18 de noviembre de 1663 el Sr. Arzobispo don Martín de Ontiveros la mandó velar de negro para corista y le conmutó la obligación del divino oficio en que asistiese con las demás Religiosas a coro».

Si su nombre de bautismo fue Josefa Teresa, en la Orden adoptó el de Josefa María de Santa Inés. Ordinariamente se la llamaba Madre Inés. Y cariñosamente en el convento, Nina (en valenciano) o Niña (en castellano).

Es muy posible que a la mentalidad actual, hecha de otra pasta que diría Fray Luis, con otros modos de pensar y otra forma de vivir, le choquen algunos detalles de sus visiones y apariciones, aunque también es preciso admitir que en la mayoría late siempre, dentro de la frondosidad folclórico-taumatúrgica, un poso de austeridad, una chispa de Evangelio. Es el caso, sirva de muestra, del día en que, mientras está dando de comer a las gallinas, se le aparece de pronto el Señor. La religiosa no puede reprimir su sorpresa: «¡Señor: que os vais a ensuciar esa ropa tan hermosa por no estar limpio este lugar!». Lo que el Señor responde, sin embargo, es pura teología de la gracia: «¡Calla, Inés, que a mí nada me ensucia!». Ese «nada me ensucia» nos
lleva, a poco que nos esforcemos, a la fiesta del 1 de noviembre, cántico de alabanza a la santidad, según concluye la misa del día proclamando a Dios «el solo Santo entre todos los santos».

Siempre rogaba a Dios ser abrasada con el fuego de su divino amor para conseguir amarle perfectísimamente, y lo cierto es que su amor fue, de verdad, insuperable, o sea, encendido en la más ardiente caridad; inseparable, esto es, sin que, al más puro estilo paulino, nada ni nadie pudiera separarla del amor de
Cristo (cf. Rom 8,35); insociable, es decir, sin que ninguna brizna del amor humano pudiese interferir ni enturbiar su estrecha unión con la voluntad divina; y, en fin, insaciable, dado que estaba convencida de que no habrían bastado los amores todos de la tierra para amar a Dios como se merece. Igual que San Agustín y San Bernardo, estaba convencida de que la mejor medida del amor a Dios es amarle sin medida, y que el alma que acierte en amar a Dios con estos cuatro grados de amor será feliz y dichosa: en ellos tendrá la prueba de que ha llegado a transformarse por afecto y, en cierto modo, a divinizarse.

Quiso el Señor llevarla por las irregulares sendas de la profecía y del éxtasis, de las visiones y de las revelaciones. Eso en la vida espiritual entraña, claro es, múltiples peligros y conlleva lógicamente rígidos controles. No una, sino muchas fueron las personas eclesiásticas de prudencia y talento a las que su espiritualidad hubo de someterse para juzgar de ella y discernir. Todas coincidieron en aprobar la ortodoxia de su espíritu y la solidez de su santidad. Y es que la suya, con independencia de los favores del cielo y de las insólitas visiones y de los frecuentes éxtasis, era una santidad arraigada en la más profunda identificación con Cristo, esa que pasa por participar, mediante pruebas interiores y dolor, en las penas de la Pasión; esa que empuja y hace que el alma ascienda hasta la Cruz; esa, en suma, que solemos conocer con la expresión «vivir el Purgatorio en la tierra». Refieren los biógrafos que su abstinencia fue un continuado ayuno; y su diario alimento, poco más que pan y agua.

Pero si dura fue su penitencia, que ofrecía por la conversión de los pecadores, no menos ardiente fue su caridad con las almas del purgatorio. Las biografías abundan en los carismas y las gracias místicas y el espíritu de oración y contemplación, que la mantenían en constante arrobamiento. Entre los fenómenos místicos destaca el de levitación: su espíritu, dicen los más antiguos biógrafos, la arrebataba de tal suerte que ella se mantenía en el aire, clavados los ojos en el cielo. Toda su vida fue un milagro de lo sobrenatural y una mantenida confidencia con el divino Esposo, que se aparecía con frecuencia y con ella dialogaba familiarmente. Iletrada en teología, fue no obstante consejera espiritual de grandes personajes que la consultaban secretos de vida y asuntos de gobierno. Adornada de virtudes y llena de méritos, en fin, y ya en la recta final de su vida en la tierra, el Señor le hizo la merced de conocer de antemano su próxima partida: los días anteriores a su muerte, el Señor la regaló de señalados favores que las mismas hermanas de la Comunidad pudieron percibir.

Sor Dorotea de la Cruz, priora del Convento de Religiosas Agustinas Descalzas de Benigánim, certifica el 20 de julio de 1881 que en el libro de ingresos, profesiones y defunciones de dicho convento, folio 201, número 34, se halla la siguiente partida de defunción: «A 21 de enero de 1696 murió la Venerable Madre Josepha de Santa Inés, cargada de años y merecimientos, contaba a la sazón 71 años de edad y 52 de religión».

Voló al cielo, pues, largamente experimentada en virtud y bien entrada en senectud, el día mismo de su patrona Santa Inés, virgen y mártir. Su olor de santidad no hizo sino crecer y difundirse a raíz de la muerte, razón por la cual el 18 de febrero de 1729, la Priora y Comunidad de Benigánim nombraron por acta notarial los primeros postuladores encargados de solicitar del señor Arzobispo de Valencia la incoación del proceso.

Fue el papa Gregorio XVI quien, cumplidos los requisitos de entonces, aprobó el decreto de virtudes en 1838. Estancada la Causa casi medio siglo, León XIII promulgó el 9 de marzo de 1886 el decreto sobre la verdad de dos milagros atribuidos a la Sierva de Dios. Oído el dictamen favorable de los cardenales el 8 de junio de 1886, aprobó solemnemente con fecha 11 de diciembre del mismo año el decreto que dejaba libre el camino para la beatificación. La madre Josefa María de Santa Inés de Benigánim fue, al fin, beatificada por León XIII el 21 de febrero de 1888 y su memoria litúrgica recurre en el actual Martirologio romano el 21 de enero.

Algunos libros aseguran que sus restos se conservan en el monasterio de las Agustinas de Benigánim, lo cual fue cierto hasta la Guerra Civil 1936-39. Su tumba entonces, como tantas otras, fue salvajemente profanada y los restos dispersados, y el convento y la iglesia, pasto de las llamas. Según fuentes de su actual Comunidad, el cuerpo desapareció sin que hasta la fecha se haya podido saber dónde fue a parar, ni tan siquiera si existe.
Sólo se conserva una reliquia. Incluso se aseguró en su día que unos desalmados de pueblos comarcanos lo habían escondido en un pajar. Otros, que fue quemado. Corrió la voz también, tiempo atrás, de que en unas obras de la ciudad habían aparecido restos humanos que alguien, llevado del esnobismo, quiso identificar con los de la Beata, pero pronto un cuidadoso examen lo desmintió. El actual convento se ha ido reconstruyendo a fuerza de muchos sacrificios de la Comunidad agustiniana, eso sí, y la memoria de la Beata Inés sigue atrayendo a la iglesia numerosos devotos que acuden a ella en demanda de favores o para rendirle piadosa gratitud. Junto al altar, en medio de los exvotos, una lápida pregona con laconismo tan rocambolesca historia: «1936: Sacrilego incendio de esta iglesia. 1944: Homenaje de devoción y desagravio a la Beata Inés. Restaurado el sepulcro es colocada una imagen yacente con una reliquia de la Beata en sustitución de su glorioso cuerpo desaparecido».

«Lo que más importa —manifestó el 9 de enero de 1956 el entonces arzobispo de Valencia, don Marcelino Olaechea— es su vida, el ejemplo maravilloso que nos dejó con sus virtudes. El que nosotros nos miremos en ella y aprendamos a la luz de ese ejemplo a ser santos con el temple y el vivísimo amor a Dios con que ella lo fue».

Y luego, precisando ya facetas de imitación: «La paciencia de la Beata Inés, su dulzura, su sencillez de corazón, su amor a la cruz de la enfermedad y de las tentaciones horribles que soportó, su desprecio de todo lo que no fuera amar y servir al divino Esposo, su fidelísima observancia religiosa, y aquel espíritu de ángel que siempre aureoló su vida (componen) esa lección actualísima que viene a dar solución a muchos problemas presentes y a llevar de la mano a tantas almas que aspiran, como la Beata a escalar la santidad».

El mejor resumen lo hacía el benemérito prelado con una frase que puede antojarse tópica, pero que encierra toda la fuerza de una cabal definición: «La Beata Inés es un modelo vivo del Santo Evangelio».

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