Beata María Marcelina Darowska

Por: Andrés de Sales Ferri Chulio | Fuente: Año Cristiano (2002)

Viuda (+ 1911)

Marcelina Kotowicz nació el 28 de enero de 1827 en Szulaki (Ucrania), fruto del matrimonio formado por Maksymilia y Jan Kotowicz, que tenían a su cargo un pingüe patrimonio agrícola. A los 12 años de edad pasó a estudiar a Odessa, donde permaneció tres años, regresando de nuevo al hogar familiar para ayudar en la administración de la granja. Cediendo a la voluntad de su padre, que se encontraba gravemente enfermo, contrajo matrimonio con Karol Darowski en 1849 y se establecieron en Zerdz (Polonia), siendo padres de dos hijos, Jósef y Karolina.

La felicidad de los nuevos esposos se vio sorprendida con la imprevista muerte, tres años más tarde, de Karol Darowski, que falleció de tifus en 1852. A la muerte de su marido siguió, un año después, la de su primogénito Jósef, y en estas dramáticas circunstancias Marcelina decide consagrarse totalmente a Dios, pues aunque había matrimoniado, «mi verdadera vocación ha sido siempre la vida religiosa consagrada».

El año 1854 marchó a Roma, con un clima más benigno, para recuperarse de su maltrecha salud, entablando relación con el padre Hieronim Kajsiewicz de la Congregación de la Resurrección, el cual la presentó a Józefa Karska, que tenía el proyecto de fundar una comunidad religiosa dedicada a la formación cristiana de las niñas, con quien familiarizó de inmediato, sobre todo, al tener presente la situación histórica del territorio polaco, dividido entre Rusia, Austria y Prusia.

En Roma, Marcelina pronunció los votos de castidad y obediencia ante el padre Kajsiewicz, que fue su director espiritual hasta su fallecimiento, y en 1857 tuvo lugar la fundación de la Congregación de la Inmaculada Concepción (Inmaculatinas), teniendo como fundadoras a M. Józefa Karska y M. Marcelina Darowska, con el principal objetivo de trabajar por la renovación espiritual de las jóvenes enseñándoles los deberes cristianos para con la Iglesia, la sociedad y la familia, y, además, procurar la regeneración moral de la nación polaca, promoviendo, naturalmente, el culto a la Virgen Inmaculada. Madre Józefa murió de tisis en 1860, convirtiéndose M. Marcelina en superiora de la nueva familia religiosa, que estaba formada por cuatro hermanas.

Cuestiones familiares y la débil salud de su hija la hicieron regresar varias veces a su patria, aunque a partir del 3 de enero de 1861 en que pronunció los votos solemnes, su mayor desvelo estuvo en trasladar las primeras Inmaculatinas a Polonia. Eligió la ciudad de Leopoli (Austria) para establecerse, instalándose en 1863 en el palacio de los Poniatowski, considerado como el lugar de nacimiento de la Congregación. El precario estado en que se encontraba dicho edificio la obligó a afrontar numerosas dificultades, que, finalmente, logró resolver. Desde este momento la nueva Congregación comenzó a crecer rápidamente. En 1872 M. Marcelina concluyó la redacción de la Regia, que dos años más tarde fue aprobada por el Beato Pío IX. Se abrieron dos nuevos colegios y conventos en Jaroslaw y Nowy Sácz. En Nizniów, sobre el Dniéster, se organizó una escuela gratuita «para niñas de familias empobrecidas por causa de las desgracias del país» como consecuencia de la sangrienta insurrección de enero de 1863, durante la cual se produjeron numerosas víctimas.

También se establecieron escuelas clandestinas en el territorio polaco dominado por Rusia, para promover la educación de las niñas. En cada casa existía una escuela media con un colegio para niñas y una escuela popular para niños de la zona, pues M. Marcelina quería dar a cada una de sus alumnas la posibilidad de ganarse la vida por sí mismas, según los principios que ella misma había recibido. Y aquí encontramos el carisma propio de Marcelina Darowska: a través de la educación de la mujer de manera vasta y adecuada, preparar la voluntad para hacer presente en el mundo la voluntad de Dios. Para M. Marcelina el punto central de esa formación se encuentra en la profunda relación que existe entre el Creador y la criatura, que debe responder al proyecto de Dios aceptando su voluntad, «porque cada persona está hecha de Dios, según una cierta medida».

M. Marcelina era consciente y estaba convencida de la importancia de la formación familiar: «Los principios inculcados con la mano de la madre, no se pierden, como si fueran inmortales. Se puede vacilar, pero no se olvidan nunca». La educación de la mujer, destacando la verdad religiosa como lo más importante, resultó una innovación en su tiempo que ella misma hizo presente al considerar cada persona como voluntad creadora de Dios, que la ha llamado a la vida, y a quien se debe dedicar en cuerpo y alma.

En 1904, al cumplirse los cincuenta años de su consagración a la vida religiosa, el premio Nobel de Literatura polaco Henryk Sienkiewicz le dedicó esta hermosa alabanza: Gloria a tu sabio trabajo y honor al mérito y a la bondad.

En octubre de 1909 se produjo un robo sacrílego en el Santuario de la Virgen de Jasna Gora (Cestochowa), Patrona de Polonia, apoderándose los ladrones de diversas ofrendas, entre ellas, las coronas de la Virgen y el Niño. Este suceso conmovió profundamente el ánimo de M. Marcelina, quien por el resto de sus días se ofreció en sacrificio de reparación y expiación por aquel infame delito. A principios de noviembre comenzó su doloroso calvario, con fiebres que la obligaron a guardar reposo. Los síntomas de parálisis fueron más claros a partir del 15 de noviembre, recibiendo la Unción de los enfermos con gran alegría. Dos días más tarde sufrió la parálisis del lado izquierdo, en silencio y oración confiada. En la madrugada del 5 de enero de 1911 expiró, cumplida de gracia y santidad. A su fallecimiento, en las escuelas fundadas por ella acudían la tercera generación de jóvenes, que debían ser «mujeres, madres y ciudadanas del país».

Entre las gracias singulares que los devotos han obtenido por intercesión de M. Marcelina destaca el notable número de familias que se han visto incrementadas con el nacimiento de un hijo, y las numerosas curaciones de niños pequeños. El milagro reconocido para la beatificación ocurrió a Bernard Jirnov (10 de junio de 1985), quien, debido a un error de atención en el parto, nació con una parálisis neonatal del cerebro, una malaria incurable, sin posibilidad de mejoría. En abril del año siguiente (1986) comenzó la familia una devota novena a la Sierva de Dios M. Marcelina Darowska, al término de la cual el niño recuperó milagrosamente la articulación de movimientos, comenzó a hablar y a caminar correctamente.

El proceso ordinario de beatificación se abrió en la archidiócesis de Varsovia en 1958. El 15 de diciembre de 1994 Juan Pablo II promulgó el decreto sobre las virtudes heroicas de la Sierva de Dios, y en 1996, el decreto sobre la curación milagrosa de Bernard Jirnov. Fue beatificada por el papa Juan Pablo II el 6 de octubre de 1996.

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