San Melquíades

Por: Melquíades Andrés Martín | Fuente: Año Cristiano (2002)

Papa (+ 314)

El pontificado de San Melquíades dura tres o cuatro años de extraordinaria intensidad. Marca el fin de la era de las persecuciones y el comienzo de la era de la paz. Vivió nuestro Santo la tragedia de la persecución de Diocleciano con su cortejo de católicos decididos, de miedosos e indecisos, con sus numerosísimos mártires y los no infrecuentes apóstatas. Subió al Pontificado al quebrar en Occidente los albores de la deseada paz religiosa. Vivió la alegría de los edictos de tolerancia y de paridad de la Iglesia con el conjunto de las religiones paganas. Vio triunfar en 311 el lábaro de Constantino. A él le tocó tener los primeros contactos al aire libre con la casa imperial. Durante su pontificado el Estado comenzó a construir a sus expensas y dio los primeros inmuebles a la Iglesia. El palacio de Letrán, bien personal de la emperatriz Fausta, fue entregado al Pontífice como residencia papal. Allí comenzó a construirse en sus mismos días la primera iglesia de Letrán, reproducción en su arquitectura de las basílicas profanas.

Durante su gobierno fueron llamados a Roma desde Córdoba y Nicomedia el español Osio y el africano Lactancio. Lactancio acababa de publicar su famoso libro De la muerte de los perseguidores. En él la filosofía se hace historia, y ésta teología, y se afirma de manera rotunda la intención de Dios en el devenir de la historia. Su cometido en Roma era de enorme trascendencia: la formación cristiana del hijo mayor del emperador. Osio de Córdoba, con las huellas del martirio grabadas en su carne, llegó a la corte como consultor de Constantino. Pronto aparecieron las primeras leyes concebidas en cristiano.

Así al papa San Melquíades o Milcíades le tocó pasar de Pontífice de la persecución a la protección legal, de la enemiga política hacia la Iglesia a la amistad imperial. Le religión cristiana pasó a ser una de las religiones reconocidas y protegidas por el Estado romano. El papa Melquíades tiene que cambiar el frente de sus preocupaciones y trabajos: de una actuación fundamentalmente pastoral, que miraba principalmente a los mártires, a los libeláticos y traditores de los libros sagrados, pasa a desarrollar una actividad más amplia y no menos fecunda. A veces tiene que afirmar su autoridad e independencia frente a la política imperial.

San Melquíades lleva en su cuerpo las huellas profundas y dolientes de la persecución. Como su contemporáneo Osio, no murió en el martirio, pero la Iglesia le honra como mártir. En las catacumbas de San Calixto hay una cripta doble, no lejos de la capilla de los Papas, en la que se cree que estuvo su tumba. El nombre de nuestro Papa figura entre los papas mártires y confesores colocados en el cementerio de Calixto en espera del sol de la resurrección.

Desde esta lejanía de dieciséis siglos nos es grato, como hombres y como cristianos, recorrer los pasos que llevaron a la Iglesia al triunfo y a la paz. No pasó la Iglesia católica de repente de la situación de perseguida a la de reconocida y protegida por la ley, ni a la de favorecida abiertamente de los últimos días de Constantino. Era imposible un cambio repentino tan radical, teniendo en cuenta las estructuras paganas de la cultura, de la política y de la economía.

El primer paso fue el famoso edicto de tolerancia, que hoy llamaríamos de libertad de conciencia y de cultos, publicado en abril de 311 por Galerio Constantino y Licinio. Es un decreto extraño a nuestros ojos. Su introducción podía ser perfectamente la de una ley persecutoria. En su parte dispositiva, de corte totalmente moderno, concede a los cristianos libertad de culto, con tal de que no trastornen el orden público. La motivación merecería ser considerada por muchos estadistas europeos actuales.

«Entre las medidas que tomamos para el bien y utilidad del Estado, habíamos querido ya hace tiempo corregir todas las cosas según las leyes antiguas y la disciplina tradicional de los romanos, y proveer en particular que los cristianos que habían abandonado la religión de sus padres volviesen al buen consejo. Pero fue tan mala la voluntad y tal la locura que prendió en ellos que no seguían las antiguas instituciones que sus padres habían fundado […] Y como la mayor parte de los cristianos perseverase en su obstinación y viésemos nosotros que ellos no daban a los dioses el culto debido, ni, por otra parte, podrían adorar debidamente al Dios de los cristianos, atendiendo a nuestra extrema clemencia y a la costumbre que tenemos permanente de otorgar perdón a todos los hombres, nos hemos creído en el deber de extender a ellos nuestra generosa indulgencia y conceder que existan cristianos y restablezcan sus reuniones con tal de que no hagan nada contra el orden. En otra carta significamos a los magistrados la conducta que deben seguir. A tono con nuestra indulgencia, ellos deberán orar a su Dios por nuestra salud, por la del Estado y por la suya para que en todas partes la República goce de prosperidad y ellos puedan vivir con seguridad en sus hogares».

Tal es el texto del decreto de tolerancia según referencia de Lactancia Es el reconocimiento de los cristianos a existir y a practicar libremente su culto, el reconocimiento de la libertad de conciencia y de culto, la capitulación definitiva del paganismo.

Desde entonces, y sobre todo desde la derrota de Majencio en 312, Constantino comenzó una nueva política religiosa. Aquel mismo año ordenó a Maximino Gaya que cesase la persecución en el Oriente, y a los gobernadores dependientes de su poder mandó instrucciones formales para restituir a las iglesias los bienes que les habían sido confiscados. Concede en 313 al clero católico la exención de los muñera civilia (leyes de 21-31 de octubre) y se muestra espléndido con la Iglesia en restituirla los bienes robados y en ayudarla. De la persecución o de la indiferencia tolerada pasó la Iglesia a gozar primero del favor de la ley y después de la generosidad excepcional del emperador. En 313 se reúne Licinio con Constantino en Milán. De allí salió el famoso decreto de Licinio, dando a la Iglesia paz en el Oriente, y el todavía más conocido y discutido decreto de Milán. Eran las consecuencias de la batalla del puente Milvio y de los anagramas grabados aquel día en los escudos de los soldados del ejército de Constantino. Después vinieron las construcciones de las grandes basílicas: San Pedro, San Lorenzo Extramuros, San Salvador de Letrán, San Pablo. El último paso fue el comienzo de la legislación en cristiano y la batalla dada al paganismo en tiempos del papa Silvestre I. La emoción de la lucha Constantino-Majencio y de estos primeros pasos de la Iglesia al aire libre fue del papa Melquíades.

¿Que parte tomó el Santo en este cambio? Nada podemos sacar claro de la Historia de Eusebio ni de las obras de Lactancio. Batiffol, siguiendo a Caspar, señala la extraña desproporción en Constantino entre su magnificencia con la Iglesia y la escasa importancia que concede al Papa en su política eclesiástica. Pero él, como obispo de Roma, fue protagonista oculto y feliz de aquellos días de gloria. La actitud de Constantino era explicable. Pensaba aún con categorías paganas. Y en la Roma pagana el emperador era a la vez la suprema autoridad religiosa, el pontífice máximo.

A San Melquíades le tocó dar los primeros pasos contra el donatismo. El donatismo canalizó el sentido rigorista que latía en muchos cristianos. Quedaban numerosas y profundas llagas de la última persecución y los «puritanos» abundaban. El donatismo, como modo de vivir un cristianismo riguroso y sin misericordia, era grave problema de la cristiandad. Donato, apasionado y agitador de masas, lo aprovechó con fina sagacidad, levantó tempestades de agitación religiosa en el norte de África y acudió al emperador. San Melquíades convocó un sínodo en el palacio de Letrán de tres días de duración, en el que fueron condenados los donatistas, si bien la paz no se produjo hasta casi dos siglos más tarde.

Tal es en síntesis la actuación de gobierno de San Melquíades, papa, africano de nacimiento, según el Líber pontificalis. Fue papa de persecución y de triunfo, de dolor y de alegría, de catacumba y de palacio de Letrán, de cripta y de comienzo de construcción de las grandes basílicas romanas. Y todo en el breve espacio de tres o cuatro años. Durante su pontificado venció Constantino a Majencio, salió el edicto de tolerancia antes transcrito y después el de Milán. En la lucha contra el donatismo convocó y presidió el sínodo romano de 313, que condenó a Donato y declaró libre a Ceciliano. Recibió en donación el palacio de Letrán y probablemente asistió a poner la primera piedra de la catedral de la cristiandad. El Líber pontificalis le atribuye un decreto sobre el ayuno. El Pseudo-Isidoro coloca dos falsas decretales bajo su nombre. Fue enterrado en las catacumbas de San Calixto.

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