El amor herido: la espiritualidad de las beguinas

Existe una pregunta que atraviesa toda la historia de la espiritualidad cristiana.

¿Cómo ama el ser humano a Dios?

Muchos santos han intentado responderla. Algunos lo hicieron mediante tratados teológicos. Otros mediante sermones, cartas o comentarios bíblicos.

Las beguinas respondieron de una manera diferente.

Hablaron del amor.

Pero no de un amor cómodo.

No de un amor sentimental.

No de una emoción pasajera.

Hablaron de un amor tan profundo que transforma toda la existencia.

Un amor que llena de alegría y al mismo tiempo hiere.

Un amor que consuela y exige.

Un amor que acerca a Dios y, paradójicamente, hace experimentar más intensamente su aparente ausencia.

Por eso, para comprender verdaderamente a las beguinas, es necesario comprender una expresión que aparece una y otra vez en sus escritos: el amor herido.

Mujeres enamoradas de Dios

Cuando se leen por primera vez los textos de Hadewijch de Amberes, Matilde de Magdeburgo o Margarita Porete, uno puede sentirse sorprendido.

Su lenguaje parece el de los grandes poemas amorosos medievales.

Hablan del Amado.

Del deseo.

De la búsqueda.

Del encuentro.

De la ausencia.

De la alegría de la unión.

Y del sufrimiento de la separación.

Todo ello expresado con una intensidad poco habitual.

Sin embargo, no están describiendo una historia romántica.

Están intentando expresar la relación entre el alma y Dios.

Porque para ellas la experiencia espiritual no era principalmente una cuestión intelectual.

Era una historia de amor.

El Dios que despierta el deseo

Las beguinas parten de una intuición profundamente bíblica.

El corazón humano ha sido creado para Dios.

Existe en nosotros una sed que ninguna realidad creada puede satisfacer plenamente.

Los éxitos pasan.

Las riquezas se desgastan.

Los reconocimientos desaparecen.

Incluso los afectos humanos más hermosos poseen límites.

Por eso siempre queda una especie de nostalgia.

Un deseo que apunta más allá de todo lo visible.

Las beguinas identificaron ese deseo con la llamada de Dios.

No veían el anhelo espiritual como una debilidad.

Lo consideraban una gracia.

Una señal de que el alma había comenzado a despertar.

El Cantar de los Cantares como mapa espiritual

Ningún libro de la Biblia influyó tanto en ellas como el Cantar de los Cantares.

A primera vista parece un poema de amor entre dos enamorados.

Sin embargo, durante siglos los cristianos lo interpretaron también como una imagen del amor entre Dios y el alma.

Las beguinas encontraron allí el lenguaje que necesitaban.

La esposa que busca al amado.

La noche de la ausencia.

La alegría del encuentro.

La intensidad del deseo.

Todo ello reflejaba experiencias espirituales que ellas mismas conocían.

Por eso sus escritos están impregnados de imágenes tomadas de este libro.

La herida del amor

Aquí aparece uno de los temas más originales de su espiritualidad.

El amor auténtico hiere.

No porque destruya.

No porque dañe.

Sino porque transforma.

Quien ama de verdad deja de vivir encerrado en sí mismo.

Se vuelve vulnerable.

Aprende a salir de su propio egoísmo.

Acepta que otro ocupe el centro.

Las beguinas comprendieron que algo semejante ocurre en la relación con Dios.

Cuando el amor divino toca el corazón, produce una especie de herida espiritual.

Ya no es posible conformarse con una vida superficial.

Ya no basta una religión rutinaria.

El alma comienza a desear algo más.

Y ese deseo se convierte al mismo tiempo en alegría y sufrimiento.

Alegría porque ha descubierto el tesoro.

Sufrimiento porque todavía no lo posee plenamente.

La ausencia de Dios

Uno de los aspectos más sorprendentes de los escritos beguinales es la frecuencia con la que hablan de la ausencia de Dios.

A veces pareciera que cuanto más ama una persona al Señor, más intensamente experimenta su distancia.

Esto puede resultar desconcertante.

Sin embargo, las beguinas entendían que el amor madura precisamente en esta tensión.

Dios se deja encontrar.

Pero nunca puede ser reducido a nuestras expectativas.

Se acerca.

Y al mismo tiempo permanece infinitamente más grande que nosotros.

Por eso la vida espiritual incluye momentos de oscuridad.

No porque Dios haya abandonado al alma.

Sino porque la está conduciendo hacia una relación más profunda.

El amor que purifica

Las grandes místicas beguinas insisten en que el amor de Dios no solamente consuela.

También purifica.

Ilumina las zonas oscuras del corazón.

Pone al descubierto nuestros egoísmos.

Desenmascara nuestras falsas seguridades.

Nos obliga a preguntarnos qué buscamos realmente.

Este proceso puede resultar doloroso.

Pero es precisamente lo que permite crecer.

El amor divino no nos deja como nos encuentra.

Nos transforma.

Amar sin poseer

Quizá una de las enseñanzas más profundas de las beguinas sea esta.

El amor más puro no busca poseer.

Busca entregarse.

En nuestra cultura solemos asociar el amor con la apropiación.

Queremos retener.

Controlar.

Asegurar.

Las beguinas aprendieron otra lógica.

La lógica del Evangelio.

La lógica del don.

Amar a Dios significa dejarlo ser Dios.

Aceptar que no podemos controlarlo.

Confiar incluso cuando no comprendemos.

Permanecer fieles incluso cuando no sentimos consuelos.

La alegría escondida

A pesar de toda esta insistencia en la búsqueda y el deseo, las beguinas no eran mujeres tristes.

Sus escritos están llenos de alegría.

No una alegría superficial.

No una felicidad ingenua.

Sino una alegría profunda.

La alegría de quien ha descubierto algo que vale más que cualquier riqueza.

La alegría de saberse amado por Dios.

La alegría de caminar hacia una plenitud que ya ha comenzado.

Una lección para nuestro tiempo

Vivimos en una cultura que busca eliminar cualquier forma de sufrimiento.

Queremos gratificación inmediata.

Experiencias rápidas.

Resultados visibles.

Las beguinas nos recuerdan algo que hemos olvidado.

Todo amor auténtico implica paciencia.

Implica espera.

Implica crecimiento.

Ninguna relación profunda madura de un día para otro.

Tampoco la relación con Dios.

La vida espiritual es un camino.

Y ese camino incluye momentos de entusiasmo y momentos de oscuridad.

Momentos de certeza y momentos de búsqueda.

La nostalgia de Dios

Quizá la palabra que mejor resume la espiritualidad de las beguinas sea nostalgia.

No una nostalgia del pasado.

Sino una nostalgia del cielo.

Un deseo profundo de Dios.

Una certeza de que hemos sido creados para algo más grande que nosotros mismos.

Hadewijch, Matilde y Margarita conocieron esa nostalgia.

La convirtieron en poesía.

La transformaron en oración.

La plasmaron en algunos de los textos más bellos de toda la Edad Media cristiana.

Y gracias a ellas seguimos recordando una verdad fundamental.

El corazón humano nunca deja de buscar.

Porque fue creado para un Amor infinito.

Y mientras no encuentre plenamente a ese Amor, continuará sintiendo una herida secreta.

Una herida que no es signo de enfermedad.

Es la huella de Dios.

Es el lugar donde comienza la verdadera vida espiritual.

Es el amor herido que impulsó a las beguinas a buscar al Señor con todo su corazón.

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