La Oración de los fieles, edición española

La Oración de los fieles, edición española

Por: José María Iraburu | Fuente: Reforma o apostasía.

La Oración de los fieles en la Santa Misa es una gran Oración que el Concilio Vaticano II restableció «de acuerdo con la primitiva norma de los Santos Padres» (Sacrosanctum Concilium 53). Tiene su origen en los Apóstoles, como se ve en algunas exhortaciones de San Pablo: «ruego, pues, lo primero de todo, que se hagan oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto» (1Tim 2,1-2).

En esta gran Oración universal litúrgica «el pueblo, ejercitando su oficio sacerdotal, ruega por todos los hombres» (Ordenación Gral. del Misal Romano 45), y «es muy útil para manifestar y favorecer la activa participación» de los fieles (ib.16). La Iglesia, en efecto, se manifiesta en esa magna Oratio como «sacramento universal de salvación» (LG 48; AG 1). La Esposa de Cristo, ya en documentos muy antiguos, tiene por la fe una conciencia cierta de que ella está causando continuamente con el Salvador el bien espiritual del mundo entero: «para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo» (Carta a Digneto VI,1; después del 150). En la solemne liturgia del Viernes Santo se mantuvieron siempre una serie de oraciones por las grandes intenciones de la Iglesia.

–Las principales normas litúrgicas para la Oración de los fieles las hallamos en el –Concilio Vaticano II (1963, SC 50), en las instrucciones dadas en un fascículo por el –Consilium postconciliar para la renovación de la liturgia (17-IV-1966, resumidas en la edición española de la «Oración de los fieles», 1968, 1ª ed.), en la –Ordenación General del Misal Romano (1970, nº 16, 45-47) y en las –Orientaciones Pastorales que la Comisión Episcopal de Liturgia y su Secretariado establecieron como introducción a la obra.

Dispone el Concilio que la Oración común o universal de los fieles se haga «después del Evangelio y de la homilía» (SC 53). «Toca al sacerdote celebrante dirigir estas súplicas, invitar a los fieles a la oración con una breve monición y concluir las preces. Conviene que sea un diácono o un cantor el que lea las intenciones. La asamblea entera expresa sus súplicas o con una invocación común, que se pronuncia después de cada intención, o con la oración en silencio» (OGMR 47).

«De suyo ha de ser un solo ministro el que proponga las intenciones, salvo que sea conveniente usar más de una lengua en las peticiones. La formulación de las intenciones por varias personas que van turnándose, exagera el carácter funcional de esta parte de la Oración de los fieles y resta importancia a la súplica de la asamblea» (Orientaciones 9). Esta norma se infringe con frecuencia, también en las celebraciones más solemnes de la Misa: Congresos Eucarísticos, etc.

«La serie de intenciones, normalmente, serán las siguientes: 1- Por las necesidades de la Iglesia. 2- Por los que gobiernan el Estado y por la salvación del mundo. 3- Por los que sufren cualquier dificultad. 4- Por la comunidad local» (OGMR 46; cf. Orientaciones, 10).

–El libro de la Oración de los fieles es un subsidio litúrgico de la máxima importancia, pues en sus oraciones deben reafirmase en forma orante las principales verdades de la fe (lex orandi lex credendi), ha de mostrarse a los fieles la situación real de la Iglesia y del mundo, y de modo consecuente se deben suscitar las peticiones que han de ser elevadas a Dios con mayor insistencia y urgencia. Importa, pues, muchísimo la calidad doctrinal y orante de este libro, que da forma concreta en la Eucaristía a la voz suplicante de la Esposa de Cristo. La oración de la Iglesia es la fuerza más influyente en la historia del mundo.

Aquí trataré de la Oración de los fieles editada por el Secretariado litúrgico de la Conferencia Episcopal Española. Convendría, quizá, que la nueva Comisión Episcopal de Liturgia (2014-2017), elaborase un nuevo subsidio litúrgico para la Oración de los fieles, pues aunque el actual reúne un gran número de oraciones muy dignas y hermosas (519 formularios), incluye también algunas bastante deficientes, y sobre todo omite o no integra suficientemente algunas graves peticiones extremadamente urgentes que hoy la Iglesia debería elevar al Señor.

Las observaciones que siguen son meras apreciaciones mías; pero creo que están fundadas en la verdad y que son compartidas por muchos sacerdotes y fieles laicos. Para el presente estudio tengo a mano la Oración de los fieles de 1968 (339 pgs.), y las ediciones de 1992, 2005 y 2012 (595 pgs.). Las tres son idénticas, son meras reimpresiones, con el mismo número de páginas. Eso indica que la obra, al menos desde hace ya veinte años, y quizá más, permanece invariable, y que no se estima, al parecer, que sea necesaria o posible su reelaboración.

La actual Oración de los fieles española se expresa hoy en las peticiones con un lenguaje suave, eufemístico, desdramatizado, políticamente correcto, no alarmante, que resulta desproporcionado a la gravedad de los males que sufre la Iglesia y el mundo, y que no expresa el ardor suplicante de la tradición bíblica y litúrgica de la Iglesia. En mi obra Oraciones de la Iglesia en la aflicción (Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2001) recordaba yo el maravilloso genio suplicante de las oraciones de Israel y de la Iglesia católica.

Israel. «Dios mío, los gentiles han entrado en tu heredad, han profanado tu santo templo, y tu viña ha sido devastada, pisoteada por los animales. Estamos aplastados bajo el peso de nuestras culpas. No tenemos sacerdotes, ni profetas, ni altar, y sufrimos dispersos, oprimidos, esclavizados. Pero con toda justicia, Señor, han sobrevenido sobre nosotros estas penas, porque en todo hemos pecado, apartándonos de tus preceptos. Y reconocemos que no nos tratas como merecen nuestros pecados, ni nos pagas según nuestras culpas… No nos abandones, Señor, apresúrate a socorrernos, por tu bondad, por tu misericordia, no tardes, extiende tu brazo poderoso, ten piedad de nosotros, acuérdate de las promesas que hiciste a nuestros padres, ven a salvarnos, pues sólo en Ti ponemos nuestra esperanza». La luz de las oraciones bíblicas es como un fuego luminoso, quemante y ardiente.

Iglesia. En la antigüedad y en la edad media prosigue ese clamor suplicante con una intensidad igual o acrecentada. En ella encontramos en la liturgia ordinaria oraciones impresionantes, y aún más en las rogativas hechas en tiempos de aflicción. Están siempre formuladas «in spiritu humilitis», «de profundis», y nacen a veces cuando el pueblo cristiano se ve en extrema aflicción por herejías y cismas, por hambres, pestes y guerras… «Señor Jesús, Redentor del mundo, nos acercamos a tu altar, y postrados en tu presencia confesamos nuestros culpas, por las cuales somos justamente oprimidos. Tu Iglesia, Señor, tu Esposa, que en los tiempos pasados fundaste y ensalzaste, decae en el error, el pecado y la tristeza. Y no hay quien la consuele y la levante, si no eres tú, oh Salvador nuestro. Tú conoces bien a los que nos persiguen, vence a quienes nos combaten, humilla la soberbia de los que blasfeman de Ti, cambia su mente y su corazón. Y restáuranos, Señor, por la gloria de tu nombre, por la intercesión de tu santa Madre. No desprecies nuestras súplicas cuando clamamos en la aflicción. Ven a visitarnos en la paz y sácanos de la angustia presente. Amén». Ese de profundishumilde y contrito, como el del publicano de la parábola, ese ardor audaz y esperanzado de la súplica, vibran poco en la edición española de la Oración de los fieles.

–Males muy graves que sufre hoy la Iglesia y el mundo están escasamente aludidos en las preces de la Oración de los fieles, y como ya he dicho, se suelen expresar en un lenguaje suave, light, buenista, moderado, eclesiásticamente correcto. No se ruega al Salvador, con la potencia suplicante característica de la oración bíblica y de la tradición litúrgica de la Iglesia, que se apresure a vencer los errores y los males que las mismas preces claramente deberían indicar. Pongo algunos ejemplos.

El ateismo, en formas culturales muy diversas, crece más y más en el mundo, prescindiendo de Dios, como de una hipótesis innecesaria y falsa. Nunca en la historia de los pueblos la irreligiosidad había tenido una extensión tan grande. «Es este ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo» (Vat. II, GS 19). Pero en la Oración de los fieles se alude a este mal en formas leves y parcas.

La apostasía de las naciones de  antigua filiación cristiana no se declara tampoco en forma abierta en la Oración como un hecho terrible, ni se suscitan súplicas frecuentes, apremiantes y desgarradoras, pidiendo al Señor que con la fuerza inmensa de su gracia conceda regresar a la fe y a la vida de la Iglesia a todos los hijos pródigos que están dispersos, cuidando cerdos y pasando hambre.

La gran disminución de las Misiones en la Iglesia actual fue ya señalada por Juan Pablo II: «la misión específica ad gentes parece que se va parando» (Redemptoris missio 2), sustituida por el diálogo interreligioso y el asistencialismo benéfico. No son raros los casos de misioneros que declaran con satisfacción que ellos no predican el Evangelio a los paganos, pues han superado la antigua teología de la misión.

Y a esa actitud frecuente en la Iglesia hoy se añade que en medio mundo es imposiblepredicar el Evangelio, bajo pena de expulsión, cárcel o muerte: en los pueblos islámicos, en China, en no pocas de las naciones hinduístas, en Israel. Sin embargo, esta realidad dramática apenas se declara, aunque sea en forma implícita, en la Oración de los fieles. Pocas veces se pide con apremio, como San Pablo: «insistid en la oración, orando también por nosotros [los apóstoles], para que Dios nos abra puerta para la Palabra, y podamos anunciar el misterio de Cristo. Pedid que lo exponga como es debido» (Col 4,3-4).

La anticoncepción sistemática en la mayoría de los matrimonios cristianos es en la Iglesia actual uno de los más graves males, que profana habitualmente la santidad de la unión conyugal, que degrada la vida familiar, que amenaza gravemente a las naciones con un verdadero suicidio demográfico. Pero estos terribles males apenas se mencionan en las Oraciones cuando se alude a la familia. Por ellos tendría la Iglesia que suplicar al Señor con gran frecuencia e insistencia: Señor, asiste a los esposos para que no perviertan su matrimonio por medio de los anticonceptivos, separando el amor conyugal y la apertura a la vida, de tal modo que colaboren fiel e incondicionalmente con Dios Creador… Oraciones claras, conmovedoras, urgentes, que al mismo tiempo 1) reiteren la doctrina católica de la moral conyugal, 2) denuncien una situación generalizada de pecado, y 3) pidan a Dios con esperanza su gracia salvadora.

El divorcio, lo mismo. Hoy se multiplican más y más los divorcios, cada vez más facilitados por leyes criminales, y con frecuencia seguidos de segundas nupcias, es decir, de adulterios. Tampoco la Iglesia eleva un clamor suplicante intenso y mantenido, para que Dios se apiade de su pueblo, y le libre de esta plaga que destruye matrimonios y familias. En general, las series de oraciones por los matrimonios (425-429 et passim) reúnen súplicas muy verdaderas y correctas, pero que silencian casi siempre los principales males que han de ser superados: la anticoncepción, el divorcio, el adulterio.

El aborto, la matanza de los inocentes, que continuamente crece en el mundo, siendo el mayor horror y la vergüenza de nuestro tiempo, no suscita en la Oración una súplica frecuente, dolorida, angustiada, esperanzada, invocando la salvación que sólo puede darnos el Omnipotente misericordioso. De modo semejante a la anticoncepción, apenas el aborto es aludido con todas sus letras como una peste gravísima que ha de ser vencida fundamentalmente por la oración, y precisamente por la Oración de los fieles en la Eucaristía.

Casi al final de la Oración de los fieles (456-486) se incluyen 18 series de intenciones «por diversas necesidades o circunstancias»: paz, enfermos, Seminario, Hispanoamérica, vocaciones, Pro Orantibus, Domund, Clero indígena, Infancia misionera, comunicaciones sociales, Migraciones, inauguracion de curso (I-II), vacaciones, elecciones, buen tiempo, «en defensa de la vida humana», Tráfico. Entre las siete intenciones «en defensa de la vida humana», no se menciona, por supuesto, la anticoncepción; y en cuanto al aborto, la única que se acerca un poco al tema dice: «Por la Iglesia, voz de los que no tienen voz: para que, fiel a su misión de iluminar las conciencias de los creyentes y de los hombres de buena voluntad, recuerde constantemente a todos que la vida humana es un don precioso de Dios. Roguemos al Señor»… En eso se queda. No, no basta. El combate orante de la Oración contra «el crimen abominable» del aborto (GS 51), hecho legal y financiado en la mayoría de las naciones de Occidente, exige que las armas de la oración estén mucho más afiladas y se ejerciten con una fuerza contundente mucho más grande y frecuente.

Los alejados, el número abrumador de bautizados no-practicantes, desvinculados durante decenios de la Eucaristía –a veces el 80% o más en muchas Iglesias locales, algo nunca conocido en la historia de la Iglesia–, no suscita el horror debido en las Oraciones, ni motiva unas súplicas suficientemente insistentes y fervientes: No permitas, Señor, que tus hijos bautizados, habitualmente alejados de la Eucaristía, malvivan, se queden muertos, al no recibir a Cristo, pan de vida: «si no coméis mi carne… no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53). Ésa es una súplica que, en variedad de fórmulas, habría de estar casi siempre presente en las Misas, especialmente en las Eucaristías dominicales. Pero, que yo recuerde, apenas se ora por esta intención en la Oración de los fieles de la Misa IV de Pastores, y en forma indirecta: «Por la multitud incontable de los bautizados que viven al margen de la Iglesia. Roguemos al Señor» (398). Poco es eso. Muy poco.

El impudor, el desprecio de la castidad, la pornografía, aunque en el mundo y en el mismo pueblo cristiano produzca estragos hoy en proporciones quizá nunca conocidas, no da lugar a las oraciones que habrían de elevarse a Dios para librarnos de esas enormes epidemias mundiales, promovidas por el diablo a través de potentísimos medios de comunicación, organismos estatales y fundaciones de inmensa riqueza.

El Purgatorio, posibilidad probable en la mayoría de los cristianos difuntos, pues la mayoría mueren «imperfectamente purificados» (Catecismo 1030), apenas es aludido en los muy numerosos formularios de preces para las Misas de difuntos (491-519). Por esta omisión, en la práctica, se colabora a que en la conciencia del pueblo católico desaparezca la fe en el Purgatorio, negado por los protestantes. Y el problema se agrava cuando no pocos sacerdotes en la homilía declaran que «nuestro hermano goza ya de Dios en el cielo», o con mayor optimismo aún: «ya ha resucitado»… En la Oración de los fieles, en la gran mayoría de las preces, se pide a Dios lo que de Él se espera (lex orandi, lex credendi): «que descansen de sus fatigas y tengan parte en la resurrección gloriosa» (493), «que sea introducido en el reino de la luz y de la vida» (495): así, sin más, sin aludir casi nunca a esa «purificación final» que enseña la fe católica (Catecismo (1031).

Este cuadro erróneo se completa si el sacerdote elige en el Misal Romano el formulario Por un difunto (6,B), que en la postcomunión pide a Dios «que nuestro hermano viva ya la alegría de participar en la resurrección de Cristo»… Ya. Por lo visto, sin que nos hayamos enterado, se ha cumplido ya la Parusía del Señor, pues justamente cuando ella suceda, «en el último día», entonces será la resurrección de los muertos (Catecismo 989; cf. Jn 6,39-40; Flp 3,20-21)… Es verdad que alguna vez la Oraciónalude al Purgatorio sin nombrarlo: «Para que los fieles difuntos, purificados de sus culpas, alcancen la eterna bienaventuranza» (492; cf. 505, 516); pero lo hace muy pocas veces y con escasa claridad. No basta con eso, ni remotamente, para confesar y confirmar la fe de la Iglesia.

El diablo, que con la carne y el mundo es el más poderoso enemigo del Reino de Dios en los hombres (Mt 13,1-23; Ef 2,1-3; 6,12 et passim), apenas es mencionado en la Oración de los fieles. Podría prolongarse ampliamente la lista de las grandes omisiones. Por ejemplo, si en las 18 series de preces especiales (456-486), a las que he aludido, se incluye un formulario para orar por «la responsabilidad en el tráfico», ¿no habría más razón y mucha más urgencia para orar por los Centros católicos de enseñanza –universidades, escuelas y colegios–, pidiendo al Señor ¡que den educación y doctrina católica a sus estudiantes¡? Et sic de cæteris.

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Se evita generalmente en las preces litúrgicas aludir de modo explícito a la confrontación del Reino y del mundo, tan extremadamente fuerte en el tiempo actual. Los poderes del mundo se alzan hoy contra Dios y contra su Mesías, rechazan a Cristo, el Salvador único del mundo, apartan positivamente de las sociedades su yugo suave, estimándolo aplastante. Los gobernantes de las naciones, obligados a veces por los grandes Organismos Internacionales, producen leyes abiertamente criminales, contrarias tanto al orden natural del Creador como a los mandatos de Cristo Rey: leyes que fomentan los pecados, inculcándolos en leyes, planes educativos y medios de comunicación, e incluso a veces los financian: anticoncepción y aborto, divorcio, ideología del género y homosexualidad, destrucción del matrimonio y de la familia, eutanasia, ruptura sistemática con toda la tradición nacional cristiana, falsificación de la historia, adiestramiento de niños y adolescentes en las formas diversas de la fornicación, presentándolas todas como igualmente «naturales», normales y sanas, etc.

La Oración de los fieles parece ignorar esta realidad enorme del tiempo presente. El grupo de las preces,  que según está mandado, se eleban a Dios «por los que gobiernan el Estado», son beatíficas, serenas, neutrales, moderadas, correctas. En modo alguno expresan esa «dura batalla» (GS 37) que atraviesa toda la historia humana «entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas» (ib. 13), es decir, entre Cristo y Satanás, entre aquellos que son ovejas y los que son lobos. Son paupérrimas, pero políticamente impecables:

«Para que los dirigentes políticos de nuestro país y de todos los países del mundo cumplan sus palabras y promesas (sic!), en orden al bien común de los ciudadanos», como si fuera deseable siempre que sus intenciones y palabras se cumplieran… «Por los gobernantes de las naciones, para que respeten los derechos de los ciudadanos y trabajen por lo que conduce a la dignidad de la persona»… «Para que fomenten siempre la paz y el desarrollo, y respeten la justicia y la libertad. Roguemos al Señor»… Son súplicas diplomáticas, inatacables, sea cual fuere el régimen político imperante. Pólvora mojada. No molestan a nadie. Ni denuncian con vigor lo gravísimos males que tantos poderes políticos, aplicando una ingeniería social diabólica, causan en los pueblos, conduciéndolos por caminos de perdición. No pide la Iglesia al Señor con audacia esperanzada, combativa, suplicante, que sujete con su brazo poderoso a los gobernantes malignos, que les dé un corazón nuevo, que confunda sus intentos y detenga sus acciones criminales. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

–La persecución de los cristianos en el mundo, terrible hoy en bastantes naciones –marginación, expolios, exilios, incendio de iglesias, violaciones, cárcel, muerte– tendría que suscitar en la Iglesia una oración sumamente frecuente y apremiante, como la de los primeros cristianos cuando fue Pedro encarcelado: «la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12,5). Pero ese magnus clamor, que no se produjo en el siglo XX, cuando el Imperio Comunista aplastaba a los cristianos en tantas naciones, tampoco se alza en el XXI, cuando el cristianismo es entre todas las religiones del mundo la más perseguida, con gran diferencia…

Se diría que no nos duelen los azotes terribles que sufren nuestros hermanos. Pareciera que no somos miembros de un mismo Cuerpo, y que los golpes que unos reciben no duelen igualmente a los otros. La Oración de los fieles debería suscitar ese dolor y la súplica consecuente al Señor; pero apenas cuando se celebra Misa de mártires se alude discretamente a esos sufrimientos: «Por los cristianos que sufren persecución o discriminación social por su fidelidad al Evangelio: para que salgan fortalecidos de la prueba» (404). Y con eso sólo, orado de vez en cuando, con eso nos quedamos. No está bien. Está mal.

La insuficiencia soteriológica de la Oración de los fieles y la tendencia horizontalista es también bastante acusada en la Oración de los fieles. El Misal Romano, como ya indiqué, señala cuatro intenciones que no deben faltar en la Oración de los fieles, y la segunda es «por los que gobiernan el Estado y por la salvación del mundo» (OGMR 46). Las Orientaciones de la edición española enumeran también esos cuatro grupos de intenciones, pero no mencionan «la salvación del mundo», no se sabe –sí se sabe– con qué razón: hablan simplemente de «las naciones y los asuntos públicos». Y de hecho, raras veces la Oración pide «por la conversión de los pecadores», aunque emplee a veces, sobre todo en los formularios de Cuaresma, expresiones suaves equivalentes. En todo caso, se evita casi siempre aludir al peligro de la condenación eterna. Una frase como «líbranos de la condenación eterna», la del Canon Romano de la Misa, apenas resulta imaginable en la Oración de los fieles. Sería como un rayo que estalla de pronto en una noche serena. La salvación o condenación de los hombres, constantemente aludidas en el Evangelio predicado por Cristo, es un tema que prácticamente queda fuera de la Oración de los fieles.

Esta cuestión es tan grave que requiere una consideración un poco más amplia. La fe distingue en el mundo de los males tres momentos: 1º– el pecado (el acto culpable, rechazar la voluntad de Dios, resistir la moción de su gracia, mentir, ofender al prójimo, robar, matar, etc.); 2º– las consecuencias temporales del pecado (injusticia, hambre, soledad, violencia, angustia, guerra, pobreza, etc.), y 3º– la consecuencia eterna del pecado, la condenación, el infierno. Pues bien, en la Oración de los fieles, la inmensa mayoría de las intenciones olvidan pedir la liberación 1º del pecado y 3º de la condenación eterna., y casi todas van referidas a la liberación 2º de las consecuencias actuales del pecado. Horizontalismo no-soteriológico.

Un ejemplo lamentable de lo que señalo podemos verlo en las intenciones para la Misa del día en la Natividad del Señor. En ese formulario de preces se pide por la difusión de la Buena Nueva de la salvación, por todos los pueblos, por todos los que sufren, por los difuntos, por nuestra ciudad. Pero apenas pide al Salvador que salve del pecado a los hombres. Los Evangelios, por el contrario, celebran al narrar el Nacimiento de Jesús que «nos ha nacido un Salvador», que «quita el pecado del mundo» (Lc 2,11; Jn 1,29), y que lleva «por nombre Jesús, porque él salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Y eso es lo que La Liturgia católica ha de celebrar ante todo en la Natividad de Jesús, orientando sus peticiones en esa dirección. Bendito sea Dios, que por nuestro Señor Jesús nos salva 1º del pecado, 3º de la condenación eterna, y también en buena parte 2º de las consecuencia del pecado en este mundo. Pero no. La Oración de los fieles invoca a Jesús casi exclusivamente como al Salvador de las consecuencias temporales del pecado:

«Por todos los pueblos, razas y naciones: para que encuentren la paz, don de Dios y fruto del amor y la justicia, y cesen las guerras, la segregación racial y toda clase de opresión y de violencia». «Por todos aquellos que llevan en su carne la señal de Cristo pobre y paciente: los enfermos, los que pasan hambre, los emigrantes, los presos, los exiliados, los refugiados, los marginados sociales, los mal vistos, los que sufren los horrores de la guerra, lo que lloran la pérdida de sus seres queridos, los que no tienen trabajo, lo que viven sin hogar, los ancianos que viven solos, los niños huérfanos: para que puedan sentirse amados de Dios y sus corazones se llenen de gozo. Roguemos al Señor». De los pecadores, nada. Y las otras preces insisten en lo mismo: «hambre, enfermedad, soledad, prisioneros, refugiados, desterrados, emigrantes»… Bien está suplicar al Señor que, por el nacimiento humano de su Hijo eterno, alivie al mundo de las consecuencias del pecado (2º); pero mal está que no se pida para los hombres la salvación del pecado (1º) y de la condenación eterna (2º). ¡Pues esto es lo principal que nos concede la gloriosa Natividad de Jesús!

Esta tendencia horizontalista se manifiesta con gran frecuencia en la Oración de los fieles, y es una de sus deficiencias más graves y frecuentes. Se verá, por ejemplo, defraudado aquel que, celebrando la gloriosa Asunción del Señor a los cielos, espere encontrar en la Oración de los fieles súplicas ascensionales: «levantemos el corazón. Lo tenemos levantado hacia el Señor», o exhortaciones orantes como la de San Pablo: «si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col 3,1-2). Apenas hallará apuntado ese espíritu (163, 1ª petición) en el conjunto de los cinco formularios que se ofrecen (163-167).

* * *

Las deficiencias y omisiones que observamos en la Oración de los fielesafectan a muchos puntos de la doctrina y espiritualidad de la Iglesia, que no es posible enumerar completamente. –Los Pastores (395-398) guían, cuidan, enseñan, denuncian… pero no se menciona que celebren la Eucaristía, el Sacrificio de la Nueva Alianza, y los sacramentos. –Las Virgenes (405-406): se pide por ellas y por muchos otros, cumpliendo con todos… pero no se alude a la vinculación especial de las vírgenes consagradas con Cristo Esposo. –Por la unidad de los cristianos (443-450) ofrece más de una vez súplicas «por todas las Iglesias», como si hubiera más de una, la Católica. Y el mismo error aparece en otras ocasiones: «Para que la gracia de Dios brille sobre las Iglesias desunidas» (90)… No se está refiriendo la oración a la unión de «las Iglesias» locales católicas, expresión plural que sería tradicional y verdadera, sino a las diversas confesiones y comunidades cristianas: a un montón de «Iglesias»… En fin, se da en la Oración de los fieles un conjunto de deficiencias y omisiones que, siendo diversas, manifiestan siempre un mismo espíritu, el de los años 70, que aún persiste atenuado: van todas en la misma  dirección.

La Oración de los fieles es muy escasa en expresiones bíblicas. Contrasta mucho en esto con las Preces de Laudes y Vísperas, elaboradas en la nueva Liturgia de las Horas, pues en éstas son frecuentes las peticiones que parafrasean textos bíblicos. Trenzan así en las oraciones litúrgicas Palabras divinas y palabras humanas. Y ello tiene mayor importancia de lo que pueda parecer a primera vista. Miro, por ejemplo, la I Semana del Tiempo Ordinario:

«Padre todopoderoso, haz que florezca en la tierra la justicia y que tu pueblo se alegre en la paz» (Dom., Iª vísp.), «Glorifiquemos al Señor Jesús, luz que alumbra a todo hombre y Sol de justicia que no conoce el ocaso, y digámosle: ¡Oh Señor, vida y salvación nuestra!» (ib. laudes). «Que baje hoy a nosotros tu bondad y haga prósperas las obras de nuestras manos» (lunes, laudes), «Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad» (ib. vísp.), «Congrega en la unidad a todos los cristianos, para que el mundo crea en Cristo, tu enviado» (ib.)… Son oraciones profundamente inspiradas en  la Biblia, en la Liturgia cristiana, en la tradición de los Padres y grandes Maestros espirituales, que nos mantienen dentro del mundo armonioso de la fe católica.

Neologismos expresivos. La Oración de los fieles, escasa de inspiración y de terminología bíblica, aunque guarda en sus preces habitualmente un nivel digno y ortodoxo, emplea a veces palabras extrañas a la tradición litúrgica y al pensamiento cristiano. La introducción ocasional de estas expresiones modernas no produce en ella ningún efecto positivo.

–«Para que los jóvenes y los adolescentes de hoy se sientan interrogados por el sacerdocio y lo acojan como proyecto para su vida» (460): interrogados… acoger como proyecto. Más bien: para que los jóvenes y adolescentes que sean llamados por Dios al sacerdocio acojan fielmente ese ministerio apostólico sacramental, hoy muy escaso en tantos lugares de la Iglesia. O algo así. –Otro ejemplo: …«que nuestros pastores vivan ilusionadamente su entrega y servicio a los hombres» (461). Ilusión, ilusionadamente, son palabras prácticamente ajenas al lenguaje cristiano y litúrgico, y tampoco suponen una adición positiva. Los cristianos vivimos de la fe (Rm 1,17), no de ilusiones; vivimos de la fe operante por la caridad (Gal 5,6). Las ilusiones no tienen verdadera realidad. Es cierto que el lenguaje moderno ha dado al término ilusión una posible acepción de esperanza, pero ha sido un desarrollo semántico precario, sin un fundamento en la realidad, porque inevitablemente se mantendrá siempre como acepción primera de ilusión la que indica el DRAE: «concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos». No camina por ahí el pensamiento y la vida de los cristianos. Por eso la liturgia católica siempre emplea términos realistas, acepciones propias, objetivas, creando un lenguaje sagrado que excluye deliberadamente las expresiones imprecisas del lenguaje popular y vulgar, aunque empleadas éstas en su sitio sean perfectamente legítimas.

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