Beato José Nascimbeni

Por: Luis M. Pérez Suárez, OSB | Fuente: Año Cristiano (2002)

Presbítero (+ 1922)

Como se recuerda en el documento conciliar sobre la vida de los presbíteros,

«Por el sacramento del orden, los presbíteros se constituyen en vivos instrumentos de Cristo y del orden episcopal y al mismo tiempo que representa, a su modo, a la persona de Cristo tiene la gracia singular de servir al pueblo encomendado y conseguir más aptamente la perfección de Aquel a quien representan […] Así pues, ejerciendo el ministerio del Espíritu y de la justicia, se fortalecen en la vida del Espíritu, con tal que sean dóciles al Espíritu de Cristo, que los vivifica y conduce, pues ellos se ordenan a la perfección de la vida por las mismas acciones sagradas que realizan cada día, como por todo su ministerio, que desarrollan en unión con el obispo y los presbíteros; pues la santidad de los presbíteros contribuye poderosamente al cumplimiento fructuoso del propio ministerio» (PO 12).

Estos principios de la tradición de la Iglesia, confirmados por el Concilio Ecuménico Vaticano II, fueron siempre los que alimentaron la fe, la vida y las obras apostólicas del presbítero José Nascimbeni, que con razón pertenece al número de aquellos excelentes sacerdotes que, animados por la voz interior, aceptaron dejarse guiar por aquella dulce y misteriosa voz que un día les dijo: Sigúeme (Mt 9,9), y dejando todas las cosas, se hacen semejantes a Jesucristo en el sacerdocio ministerial, y con fortaleza y fidelidad testifican la muerte y resurrección y el amor misericordioso del Señor, entregándose generosamente con alegría a la salvación de los más necesitados para seguir construyendo el edificio de la Iglesia y así conducir a los hombres a aquella morada celestial, cuya claridad es semejante a las piedras preciosas (cf. Ap 21,11).

José nació en Torre del Benaco en la costa oriental del lago Benaco en una hermosa aldea de la diócesis de Verona, el día 22 de marzo de 1851, hijo de Antonio Nascimbeni y Amadea Sartori, matrimonio humilde y trabajador —él era carpintero— que supieron formar una auténtica familia cristiana. De carácter espontáneo, gran simpatía y dotado de gran inteligencia y excelente memoria, desde niño se mostró muy piadoso e inclinado a las cosas de la Iglesia. Realizó sus estudios primarios en su pueblo natal y, a partir de 1862, los continuó en Verona. Primero fue educado por los jesuítas en el Real Instituto y completó sus estudios de bachiller, filosofía y teología en el seminario episcopal de la ciudad.

Durante sus estudios en el Instituto de los jesuítas empezó a considerar muy atentamente en presencia de Dios la vocación sacerdotal y después de muchos días y horas de oración sintió con toda claridad que la voz del Señor le llamaba a tan alto ministerio; y así a los 18 años de edad, en 1869, vistió la sotana clerical. En el seminario diocesano recibió diligente y cuidadosamente una sólida educación humana, intelectual y espiritual como preparación al deseado sacerdocio. Y el 19 de marzo de 1874, de manos del obispo Luis de Canossa, recibió la ordenación plenamente entregado a la divina voluntad y con ánimo firme y decidido.

Estuvo tres años enseñando en la escuela primaria de San Pedro de Lavagono (Verona), años plenos de trabajo y múltipies actividades, en los que con ardor y mucha diligencia se dedicó a educar a los niños y aumentar su formación; estuvo muy atento con los jóvenes del Oratorio, cuidándolos, incluso en caso de enfermedad. Además predicaba a todos la palabra de Dios, y administraba con solicitud los sacramentos; en una palabra, Don José hacía eco, para el futuro, de las palabras del Vaticano II: «Entre todos los medios de educación, el de mayor importancia es la escuela» (Declaración sobre la educación cristiana, GE n.5). A todos estos trabajos en el campo de la educación de los niños y jóvenes, añadió la fundación de un instituto particular para atender de modo especial a aquellos alumnos que mostrasen indicios de vocación sacerdotal. Pero en 1877 fue trasladado a Castelletto de Brenzone, en el Lago de Garda, como vicario del anciano párroco, Donato Brighenti, con el que colaboró cordial y generosamente en todas las actividades parroquiales.

Muerto el párroco, Don José, que ya había empezado a ser querido por todos durante aquellos siete años como vicario, fue nombrado el 6 de octubre de 1884 párroco de la iglesia de San Carlos, en cuyo oficio permaneció infatigable y de modo admirable hasta el día en que pasó de esta vida a la comunidad del cielo.

Durante sus cuarenta y cinco años en Castelletto, pueblo de casi mil habitantes, predicó con ardor y sin desmayo las enseñanzas evangélicas obteniendo ciertamente no pocos frutos de salvación. Y lo mismo se puede decir de todas sus obras apostólicas con las que se ingenió para dilatar y extender el Reino de Dios entre todos sus feligreses.

Conociendo que uno de los mejores modos de educar en la fe consiste en la catequesis del pueblo cristiano, Don José se dedicó con renovadas fuerzas a la educación y formación de los niños y adolescentes y, cómo no, también de los adultos, para que su fe en Jesucristo, Salvador de los hombres, quedara consolidada para toda su vida. A esta catequesis dedicó no pocas horas a lo largo de su vida, de forma regular, insistente, y estableciendo los medios pedagógicos más oportunos para hacerla llegar con facilidad a todos sus parroquianos, incluso a los más sencillos.

A semejanza del divino Maestro (cf. Le 18,16), tuvo especial interés y se aplicó, con más dedicación y esfuerzo, a los niños y a los jóvenes, a los que profesaba un paternal cariño y a los que se entregó mediante el trabajo de asegurarles una madurez espiritual y humana dentro de la Iglesia, sin dejar de preocuparse seriamente acerca de su porvenir, ya que ellos son el futuro de la Iglesia y de la sociedad. Solía repetir: «Hasta mi último aliento no dejaré de entregarme a la formación de los jóvenes, porque sé que de ellos hay que esperar todo lo mejor para la religión, la familia y la patria». No descuidó a las chicas, y al igual que había hecho con la fundación de una residencia para los chicos, también lo hÍzo para que las jóvenes cristianas adquiriesen una digna formación en todos los campos.

Cuidó asimismo de la vida familiar, que es la primera y principal célula vital en la sociedad de los hombres, para que fuese verdaderamente «una Iglesia doméstica», de tal modo que en sus relaciones interpersonales pudiera llegar a manifestarse en ella la triple función profética, sacerdotal y real, y que fuera testimonio de la Iglesia de Cristo. Nada omitió para ayudar a la formación y ser útil a las nuevas familias tanto en lo espiritual como en lo material; y luchó contra todos aquellos aspectos contrarios que descalifican y destruyen el amor conyugal y la santidad del matrimonio. Para conseguir estos propósitos, estableció la «Pía Confraternidad de Madres Cristianas», y multiplicó las reuniones y las enseñanzas, para que los padres aprendieran y estuvieran lo mejor preparados para la tarea de educar cristiana y humanamente a sus hijos, tarea en la que no puede ser realmente sustituida la familia.

Fue un pionero en hacer participar a los laicos en todos los asuntos parroquiales, haciéndoles ver que debían ser corresponsales en todos los asuntos de la parroquia, y renovó e instituyó cofradías y asociaciones que mejor garantizaran el buen funcionamiento del culto y las obras de caridad.

Con toda su energía y fuerza trabajó para que en su comunidad se viviera una auténtica piedad y vida litúrgica que es la fuente y la cima de todo quehacer cristiano, y sin descanso desarrolló la labor de que, con sus fieles parroquianos, se edificara una verdadera iglesia y un templo santo para el Señor en la que pudiera habitar el Espíritu, hasta llegar a la medida de nuestra plenitud en Cristo.

Para él siempre fue una fuente constante de preocupación atender con esmero a los pobres, los ancianos, los enfermos, los moribundos, los emigrantes, los faltos de trabajo y los huérfanos; a los que de muchos modos y a lo largo de muchos años supo con gran bondad y liberalidad dar y especialmente entregarse a sí mismo.

Los que se entregan a estimular la santidad de su pueblo, como Don José, son los que le sirven del mejor modo posible, no sólo en el campo de lo espiritual, sino en todos los aspectos que conforman la sociedad humana. De ahí que la aldea de Castelletto, en comparación con todas las demás de su región, comenzó a sobresalir como ejemplo de progreso humano y social.

Se restauraron los edificios de la antigua iglesia parroquial; favoreció e incrementó la escuela primaria y fundó un Instituto privado de enseñanza para futuros sacerdotes y para jóvenes que se quisieran preparar para futuros estudios universitarios; edificó una residencia para los ancianos, talleres de confección para muchachas; instaló una imprenta, colaboró para que en el pueblo se abriera una oficina postal y de telégrafo, instituyó una Caja de ahorros agrícola. Trajo al pueblo el agua corriente de las casas y la electricidad, fundó una almazara y una cooperativa aceitera, y lo entregó todo a la dirección local de Castelletto para que lo administrara debidamente.

Don José, como se ve, con la ayuda de Dios, estuvo unido a su pueblo en las alegrías y las esperanzas, en el luto y la angustia de los hombres, especialmente en la de los pobres y de cualquiera que estuviera afligido; como discípulo de Cristo, nada que fuera verdaderamente humano, le fue ajeno.

Se percató casi enseguida de que no sólo su parroquia, sino otras muchas comunidades parroquiales de la vecindad necesitaban ayuda pastoral urgente, a fin de atender a la educación humana y espiritual de sus gentes. A lo largo de varios años trató de pedir ayuda a diversas congregaciones religiosas femeninas para socorrer tantas necesidades, especialmente en la atención a niñas, ancianos y enfermos; pero al ver la inutilidad de sus esfuerzos, en un primer intento, en 1888, con la ayuda de Antonia Gaioni constituyó en la parroquia un grupo de seis mujeres unido a las ursulinas de Brescia. Pero habiendo muerto Antonia prematuramente se deshizo el intento. Así pues, después de haber orado y consultado con el obispo coadjutor de Verona Mons. Bartolomé de Bacüieri, el año 1892 fundó la Congregación de las Hermanitas de la Sagrada Familia conjuntamente con una humilde y sencilla mujer cooperadora, Madre María (Doménica) Mantovani, que fue la primera Superiora General hasta su muerte ocurrida en 1934.

La nueva familia religiosa optó por adherirse al espíritu de la Tercera Orden de San Francisco, y Don José con mano segura y paterna, rigió el Instituto hasta el final de su vida. La Institución creció rápida y felizmente, de manera que el año 1922 las hermanas eran 1.200, repartidas en distintas diócesis de Italia. La formación que Don José dio a sus religiosas estuvo repleta de atenciones y sumo cuidado, especialmente en lo espiritual a fin de que las hermanas alcanzasen con destreza y prontitud las mejores virtudes cristianas para entregarse, llenas de caridad y humildad, al servicio de las parroquias, es decir de sus fieles más necesitados, alegres de poder ver en sus hermanos la presencia real y misteriosa del mismo Jesucristo.

La Congregación obtuvo la aprobación diocesana en 1903 y la pontificia en 1910, año en que ya contaba con 320 religiosas en 64 parroquias. Actualmente la Congregación está extendida en Italia, Suiza, Argentina, Paraguay, Uruguay, Brasil y Angola.

Tantas obras y actividad, aunque hechas sin publicidad y sin ruido, no pudieron menos de ser conocidas y observadas por muchos con admiración, especialmente una obra creada en favor de los soldados heridos y mutilados a causa de la gran guerra de 1914-1918, por la que Don José fue honrado con grandes cruces y honores cívicos, a los que no tardó en sumarse la elevación a la dignidad eclesiástica de Protonotario eclesiástico, por parte del mismo San Pío X.

La sola exposición de sus preocupaciones y trabajos pastorales en favor de su pueblo da testimonio de su vida. Don José fue el sacerdote buen pastor que conocía a sus ovejas y ellas a él y a las que dedicó toda su vida. La comunidad parroquial supo ver en su fe firme y en su vida ejemplar, serena y totalmente entregada, un testigo fiel de Jesucristo, un guía seguro en los tiempos difíciles en los que le tocó vivir y trabajar.

Esta dedicación estaba fundada en una personal y continua unión con Dios, generada en la oración constante y diaria, en una gran confianza en la divina Providencia, en una fervorosa celebración de la misa y en la recepción del sacramento de la reconciliación, así como en sus grandes devociones: la Eucaristía, la Sagrada Familia y un culto acendrado a la Virgen María, a la que siempre encomendó todas sus obras y de la que esperaba todo remedio espiritual y temporal.

Nada tenía en cuenta, ni su bienestar, ni su cansancio, ni las cosas materiales de las que se sentía completamente desprendido con tal de lograr que sus fieles encontrasen el verdadero camino. Su confianza en Dios fue siempre grande y animosa y las contrariedades no hacían sino estimular su ingenio y su caridad.
Compasivo con todos los que pasaban alguna necesidad, los encomendaba al Señor y continuamente los estimulaba a la conversión del corazón; lo mismo hacía consigo mismo en el dominio de las cosas exteriores; de segura prudencia, inigualable humildad, sinceridad y sencillez, desbordaba simpatía y respeto a los demás. Fue siempre constante en la fortaleza de ánimo, especialmente en las dificultades y ante las ambiguas opiniones religiosas de algunos, sobresaliendo en justicia, austera temperancia e igualdad de ánimo —aunque fuese de un carácter vivo y alegre—. Brilló por su inocente castidad, una obediencia siempre disponible hacia sus superiores y a la Iglesia, a la que amaba de todo corazón y a la que trató de servir como a una buena madre, y de cuyo magisterio y normas pastorales fue siempre fidelísimo discípulo.

El día 31 de diciembre de 1916, Don José, que hasta entonces había gozado de una salud sana y robusta, sufrió una hemiplejía en el lado izquierdo, que le ató durante muchos años a una silla de ruedas; tan larga invalidez la llevó con gran paciencia y aceptación de la divina voluntad, sin descuidar empero la atención a su parroquia y a todas las obras por él emprendidas.

Deseoso de la vida eterna, murió en la aldea Castelletto, el día 21 del mes de enero del año 1922, no sin antes haber gritado con alegría: «¡Viva la muerte!, porque es el principio de la vida». El clero, las Hermanas Siervas de la Sagrada Familia, y todo el pueblo, que ya en vida le tenían por santo, le tributaron una grandiosa celebración y fue sepultado en olor de multitudes, reconociendo todos en él un verdadero hombre de Dios.

Su cuerpo, que descansó un año en el cementerio del pueblo, fue trasladado posteriormente a la Casa madre de las Hermanitas de la Sagrada Familia de Castelletto, donde ahora reposa.

Pasado el tiempo, la fama de santidad no sólo continuó, sino que aumentó por numerosas regiones de Italia, por lo que el obispo de Verona inició en 1952 el proceso de beatificación y canonización, hasta que por fin, el 17 de febrero de 1984, en Roma, se emitió el decreto sobre la heroicidad de sus virtudes.

El 8 de mayo de 1987 se aprobó el milagro atribuido a la intercesión de José Nascimbeni y obrado, en 1967, en una niña de tres años a la que prodigiosamente sanó de una peritonitis aguda de la que los médicos habían declarado que era mortal.

Cumplidos, pues, todos los requisitos, el papa Juan Pablo II lo beatificó en la misma ciudad de Verona el 17 de abril de 1988. El papa en la homilía de su beatificación resumía así, para sus compaisanos, la vida de Don José:

«José Nascimbeni fue un sacerdote de vuestra diócesis, un párroco de vuestra tierra, un Pastor de almas vinculado a los problemas pastorales y a las instancias sociales de una población tan cercana en costumbres y tradiciones a la gente veronesa de hoy».

Y al mismo tiempo fue un testigo singular de Cristo por medio de la solicitud amorosa, inteligente y activa para con las necesidades de su pueblo; un pionero en la promoción de obras y servicios sociales, y en abrirse de modo cristiano a las exigencias cada vez más urgentes de su tiempo.

La fuente de su celo por las almas era la Eucaristía, de la que estaba enamorado hasta el punto de no decidir nunca una cuestión importante sin haber rezado primero por mucho tiempo ante el Santísimo Sacramento.

Vivió su misión de párroco con espíritu misionero, abierto a las necesidades de la Iglesia, dedicado a construir o a reconstruir la fe y la experiencia de Cristo en el alma de sus fieles. Por eso instruía a los niños y a los adultos con predicaciones constantes, tenía especial interés en la enseñanza de la catequesis, era diligente en ofrecer a los adultos ocasiones de reflexión sobre la doctrina y sobre la moral cristiana, generoso en promover la formación de los jóvenes a través de los oratorios masculino y femenino. Estos instrumentos de apostolado, que figuran en la tradición de esta Iglesia en Verona, fueron el campo de su santificación como Pastor de almas.

Con estos medios consiguió insertarse plenamente en la vida de su pueblo, al que amaba y quería llevar a Dios. Procuraba arreglar disensos, proveer a las necesidades de los más pobres, atraer a los alejados, a quienes buscaba con celo, atender a los enfermos, a los soldados, a los emigrantes, a los pobres a los que consideraba sus señores, porque le robaban el corazón.

Con este espíritu apostólico instituyó la congregación de las Hermanitas de la Sagrada Familia, para extender aún más, por medio de su obra, su ministerio de párroco. Quiso vincular la congregación al trabajo pastoral de las parroquias con la intención de que propagase la devoción a la Familia de Nazaret modelo de vida y de santidad para todas las familias cristianas.

Nuestro Beato confirma la verdad de la frase de la primera carta del apóstol San Juan: «Quien guarda su palabra, ciertamente en él, el amor de Dios ha llegado a su plenitud». Así, pues, todos nosotros damos gracias al Resucitado por el testimonio del amor perfecto a Dios y al prójimo, que se manifestó en la vida del nuevo Beato José.

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