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Santa Margarita de Hungría

Santoral

Santa Margarita de Hungría

Por: Pedro Riesco Pontejo, OP | Fuente: Año Cristiano (2002)

Religiosa (+ 1270)

A mediados del siglo XIII los tártaros invadían Europa con incursiones muy frecuentes y devastadoras. Una de ellas tuvo como blanco Hungría el año 1241, a la que atacaron sin piedad, robando, matando y asolando todo lo que encontraban a su paso. El rey de Hungría Bela IV y su esposa María Láscaris, hija del emperador de Constantinopla, se desterraron a Dalmacia huyendo del devastador ataque mongol.

Como personas piadosas recurrieron al Señor, suplicándole humildemente que viniera en su ayuda y los librara de un enemigo tan terrible y poderoso, pues sabían que ninguna fuerza humana era capaz de contenerlo. Por su parte ofrecieron a Dios el hijo que estaban esperando, por la liberación del pueblo húngaro y la paz de su reino, prometiéndole que si era niña la ingresarían en un monasterio al que, además, ayudarían con sus bienes.

No era infrecuente en aquella época mezclar la fe con la necesidad de protección divina para encontrar solución a los problemas de carácter religioso y político. En estos casos los niños eran ofrecidos a Dios como «víctimas» inocentes para alcanzar de Él la misericordia tan necesitada como suplicada. Y en este clima de oración y de esperanza en lo alto, el rey juntó un gran ejército y atacó a su eterno enemigo, muy superior en número, y envalentonado, además, por sus continuas victorias. Dios le ayudó y Bela derrotó a los tártaros, haciendo que volviese así la paz y tranquilidad a sus dominios.

En 1242 les nació una niña a la que pusieron el nombre de Margarita. Proviene de la familia real húngara Arpad, familia que en el mismo siglo XIII dio a la Iglesia otras cuatro mujeres preclaras por su vida santa: Santa Isabel, la Beata Inés de Praga, sobrina suya, y las hijas del rey Bela IV, Cunegunda y Yolanda, cuyo culto ha sido confirmado por la Sede Apostólica.

Los padres de Margarita no olvidaron la promesa que habían hecho a Dios y a Él se la ofrecieron como ángel de paz y de reconciliación, confiándola, a la edad de cuatro años, a las Dominicas del monasterio de Santa Catalina mártir, en Veszprem, para que ya desde su más tierna edad fuese formada en las costumbres regulares y pudiera servir de modo más perfecto al Señor. Las monjas recibieron este «regalo» del cielo como algo esperado y deseado. Y el Señor se volcó de inmediato en aquella niña privilegiada que ya desde el principio mostró una madurez impropia de su edad.

A los siete años logró que le vistieran el santo hábito dominicano, que ella llevaba con respeto y veneración. Guiada por la madre priora y enseñada por la monja a la que aquélla encomendó su custodia, la niña Margarita se iniciaba en la oración y contemplación que habría de ser el manjar mejor gustado durante toda su vida.

Los reyes, sus padres, contentos de ver a su hija tan feliz en el monasterio, edificaron para ella otro convento en una isla formada por el río Danubio, llamada Nyúle, junto a Buda, que después de su muerte pasará a llamarse Isla Margarita. A este monasterio, dedicado a la Virgen María y dotado de una renta suficiente, fue trasladada Margarita a los doce años, junto con otras religiosas, para implantar desde el principio una vida de perfecta observancia religiosa y dominicana.

La joven princesa, como ferviente discípula de la cruz y olvidada completamente de su casa real, de tal manera floreció en docilidad y obediencia, que las monjas la amaron con ternísimo afecto y el perfume de su bondad se extendió por todo el monasterio; mostraba una gran ingenuidad y candor en su comportamiento. Es aquí donde, dos años más tarde, hace su profesión solemne en manos del Venerable Padre Humberto de Romans, Maestro general de la Orden, que volvía del Capítulo general, celebrado en Buda, ciudad principal de aquel reino.

Por costumbre de Corte y por el respeto y amor que su vida inspiraba, fue pretendida como esposa por los hijos herederos de los reyes europeos, como el duque de Polonia, el rey de Sicilia, y de modo especial, según G. Klaniczay, el año 1260 renunció a la propuesta de matrimonio con el rey de Bohemia, Premysl Otakar II. Querían convencerla de tal conveniencia haciéndole ver que sería fácil obtener la dispensa de sus votos religiosos, y que por otra parte su enlace matrimonial con alguno de dichos príncipes sería como un pacto de paz y de alianza entre sus reinos, y que si se negaba, esto traería consigo posibles discordias y guerras.

Su negativa por decisión personal y por consejo de su confesor Fr. Marcelo, Prior Provincial de los dominicos, le acarreó fuertes sinsabores a ella e hizo caer en desgracia a los dominicos por unos años. A pesar de todo, ella no dudó nunca. Ya tenemos a la princesa de Hungría, virgen esposa del Cordero inmaculado para siempre, debido a sus votos religiosos, y sólo buscó ya seguir sus huellas y cumplir su voluntad durante toda la vida.

Toda su vida trató de llevar a cabo el ideal de Santo Domingo al que quiso imitar siempre. Seguir a Cristo llevará consigo, como dominica, realizar el proyecto de su fundador. Toda la esencia de la vida dominicana es «contemplare et contemplata aliis tradere»; es decir, orar y contemplar la verdad revelada y después comunicarla a los demás, pues nadie da lo que no tiene.

Pero si libamos lo esencial de la Palabra de Dios y de las entrañas del Redentor podemos repartirlo a los demás, pues como nos dice San Ambrosio en una de sus cartas:

«Quien recoge el agua de los montes o la saca de los manantiales, puede enviar su rocío como las nubes… Quien mucho lee y entiende se llena, y quien está lleno puede regar a los demás; por eso dice la Escritura: “Si las nubes van llenas, descargan la lluvia sobre el suelo”».

Es lo que hizo Margarita, llenarse de Dios en la oración para poder donarlo después a todos.

Toda la vida de esta virgen dominica fue ser ñel a Dios en el silencio del claustro y en la soledad de su celda. Fue una amante apasionada de la contemplación. De ella sacaba toda la fuerza para denunciar las injusticias, corregir con caridad a los pecadores, por muy eminentes y poderosos que fueran, y sobre todo para servir a las demás y de una manera especial a las más necesitadas y enfermas. Su gran caridad la manifestaba primero con sus hermanas de dentro, las monjas del monasterio. Pero también con los de fuera: oraba y suplicaba a Dios por el mundo entero y especialmente por la paz de Europa.

Desempeñó un importante papel de mediación de paz entre su padre, el rey Bela IV, y el joven rey Esteban V en 1265. De aquí que Margarita se convirtiera en una personalidad influyente, tanto en el ámbito religioso y monacal como en la esfera secular y política, y su monasterio fue considerado como una de las instituciones eclesiásticas más importantes del reino húngaro.

A su padre le rogaba siempre con amor y le aconsejaba con respeto que favoreciese a las iglesias con sus bienes, que en su reino velase con cuidado por las viudas y los huérfanos, que defendiese los derechos de los más necesitados y desvalidos, que hiciese copiosas limosnas a los más pobres. Parece ser que el rey tuvo esto muy en cuenta.

En su vida religiosa tuvo siempre elevados pensamientos, puso muy alto el ideal dominicano y jamás supo contentarse con medianías; aspiró a lo más y a lo mejor: a la santidad. Fue un ejemplo constante para toda la comunidad, manifestó en su vida una templanza y una serenidad increíble, nada alteraba profundamente su espíritu.

Ya desde joven destacó por la virtud de la humildad, de esta virtud hizo acopio desde entonces para toda su vida; se consideraba la última y nada ansiaba tanto como ser despreciada y tenida en poco por las demás; consideraba a todas sus hermanas superiores a sí y mejores que ella, no hubo en el monasterio una monja más humilde y sencilla que Margarita.

Era sobre manera misericordiosa, había aprendido esta virtud de su padre Santo Domingo: se compadecía de todo y de todos, de manera especial de los que sufren en su espíritu y en su cuerpo: de los pecadores y de las enfermas, a las que atendía con gran caridad. Era la enfermera de los criados y sirvientes del monasterio, y su caridad se extendía también a los enfermos pobres de la vecindad para los que aderezaba la comida con sus propias manos. Y era tanto el aseo, limpieza y curiosidad con que lo hacía, que por muchos años quedó por refrán en aquella tierra, cuando alguna cosa no estaba en su punto, decir: «Bien parece que no viene esto aderezado por el libro de Sor Margarita». Recomendaba a las monjas que a falta de medios económicos ayudasen siempre a los pobres con sus oraciones.

Todo su anhelo era cumplir sus votos religiosos con gran exigencia y cuidado. Vivía siempre tan sujeta a la voluntad de sus Prelados que de su propia voluntad no quería saber nada y descansaba totalmente en la voluntad de la priora. Siempre andaba deseando que le mandaran algo contrario a su voluntad, pero nunca se hallaba qué, porque la voluntad ajena era también la suya.

Las religiosas de su convento hallaban gran consuelo en ella y era el paño de lágrimas de todas en sus necesidades. Margarita enviaba fuertes limosnas a los pobres de todo el reino, y también a la gente noble cuando la veía caída y necesitada. En esto consumía los muchos regalos que sus padres y deudos le enviaban, sabedores de su gran caridad, pidiendo, cada vez que lo hacía, permiso a la Superiora.

Sentía en sí misma unos deseos ardientes de ser mártir y de morir por Dios. Parecíale que era caso de menos valer haber muerto Dios por ella y no morir ella por Dios.

Su vida de piedad se centraba en la devoción al Espíritu Santo, a Jesús crucificado, a la Eucaristía y a la Stma. Virgen.

Pensar en la pasión y muerte del Salvador del mundo era un regalo y su pan cotidiano. Esposa crucificada de un Dios muerto en cruz, se transformaba y quedaba estática a los pies del tabernáculo; del Santísimo Sacramento era en extremo devota, por reconocer en él la fuente de todas las gracias. Toda su vida tendía a Dios como a su fin, era atraída hacia Él como por un imán irrenunciable.

Y no pudiendo resistir más su delicado cuerpo los impulsos de aquella alma gigante, rindió su alma al Amado el 18 de enero de 1270, a la edad de 28 años, estando presentes todas las monjas y muchos frailes de la Orden. Recibió con gran fe y unción los sacramentos, y rezando el salmo «In te, Domine, speravi», al llegar al versículo <dn manus tuas, Domine…» su alma voló a Dios, su Padre.

En las actas del proceso en orden a su canonización, destacan sobre todos los 37 testimonios de las monjas de su propio monasterio, que vivieron con ella y vieron cómo progresaba cada día en su camino de amor hacia Dios. Gracias a este testimonio de las que más y mejor la conocían, su culto se inició inmediatamente después de su muerte. Tras las canonizaciones de otras santas princesas de Centroeuropa, fue cursada enseguida la petición en favor del reconocimiento de sus virtudes, petición que fue acogida favorablemente por la Santa Sede.

Margarita fue canonizada por Pío XII el 19 de noviembre de 1943, a instancias del pueblo húngaro, nuevamente amenazado por la dominación nazi y por el ateísmo ruso. El papa dice de ella en la bula de canonización:

«Usaba vestidos pobrísimos […], deseaba los oficios más humildes […], se deleitaba en los servicios más bajos […], dejaba para sí misma el cuidado de las enfermedades más repugnantes […] Meditaba la Pasión y ardía en deseo de martirio […] Vivía en continua presencia de Dios aun en medio de los quehaceres más ordinarios…».

Y el mismo papa la invocaba el día de su canonización como mediadora de «tranquilidad y de paz, fundadas en la justicia y la caridad de Cristo, no sólo para su patria, sino para el mundo entero».

Santa Margarita de Hungría, princesa, virgen y santa dominica, fue para el mundo y para Europa, desde la atalaya de la soledad de su monasterio, un ejemplo de generosidad y hoy es una eficaz intercesora para todos nosotros.

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