Beato Pedro Donders

Por: J. I. González Villanueva, OSB | Fuente: Año Cristiano (2002)

Presbítero (+ 1887)

El «Apóstol de los leprosos» se le denomina no sólo al padre Damián (1840-1889) por sus 16 años de servicio en Molokai, sino también a Pedro Donders por sus 27 en Batavia y quizás a otros muchos desconocidos. Pero en el caso de este holandés de origen se acumulan otros tres títulos igualmente desafiantes: «Apóstol de los esclavos» en el Surinam (Guayana holandesa), «Apóstol de los indios» y «Apóstol de los negros cimarrones». Cualquiera de estos apostolados, sumamente dificultosos por las extremas injusticias sociales en las que tuvo que desarrollarlo, hubiese echado atrás al aventurero más empedernido. Sólo un hombre lleno de Dios pudo internarse en aquellas poblaciones y selvas paradisíacas a la vista, pero insufribles por los accidentes geográficos y el clima y, para colmo, plagadas de injusticias increíbles.

La aventura de Peerke, como le llamaba de niño su familia, empieza con la lucha por la supervivencia en su aldea natal Heikant, cerca de Tilburgo en Holanda. Nace en un hogar muy pobre el 28 de octubre de 1809, en una pobre choza de una sola habitación con piso de tierra. Su padre, Amoldo, se había casado por tercera vez con Petronila van den Brekel, pues sus dos esposas anteriores habían fallecido y también los tres hijos de la segunda. Pedro era el mayor de su tercera esposa. Era muy enfermizo. Su hermano Martín era inválido. Su madre murió cuando Pedro tenía seis años, así que su padre tuvo que casarse por cuarta vez para cuidar mejor a sus hijos.

La ocupación más común en la pequeña aldea de Heikant era la de tejedor, pues un puñado de pobres empresarios proporcionaban trabajo en su casa a los trabajadores que, para ganarse el sustento, tenían que hacer jornadas larguísimas de trabajo en condiciones muy difíciles por el frío, la falta de espacio y de luz en las casas.

La familia del pequeño Pedro era profundamente humana y sinceramente católica. El se divertía como todos, pero sus juegos desde los cinco o seis años tenían que ver con el sacerdocio.

Asistió a la escuela hasta cumplir los doce. Quizás no era de mucho talento. Y a partir de entonces tuvo que trabajar como tejedor doméstico. Pero no se limitó a eso, sino que en todo momento libre organizaba la catequesis, y el párroco le nombró oficialmente catequista. Su vocación al sacerdocio que él sentía con tanta fuerza, estaba llena de inconvenientes para los que le rodeaban. Y no les faltaban razones: de complexión enfermiza, falta de medios económicos y poca capacidad intelectual.

Pedro, a pesar de todas estas dificultades, perseveraba en una oración fuera de lo común. Hasta en el trabajo se veía envuelto en tanta contemplación, que no rendía lo normal. Por fortuna dio con un patrón que lo excusaba, diciendo: «Bendito él, que está siempre dialogando con Dios».

Pedro fue excluido del servicio militar por falta de salud.

Sorprendentemente tampoco esto le hizo desistir ante su párroco, quien acabó por recomendarlo a la Escuela Apostólica en calidad de alumno-empleado. Aunque vio que una cosa era lo acordado, pero que en realidad era sirviente sin más. No sólo reclamó, sino que por su afán en el estudio el director se persuadió de que era mejor emplear a otro sirviente para que Pedro pudiese estudiar.

En el seminario manifestó un interés fuera de lo común por las misiones extranjeras con lecturas y recaudación de fondos para las mismas. El director del seminario le aconsejó hacerse religioso. Obediente a esa indicación, pasó por la dura prueba de ser rechazado por los jesuítas, los redentoristas y los franciscanos. Alegaban la edad avanzada o su escaso talento.

Vuelto al seminario a pie desde Bélgica, se reincorpora para estudiar filosofía. A sus 27 años comienza la teología en Haaren y allí despiertan sus cualidades dando prueba de un talento más que mediano. Estaba empeñado en seguir «el dedo de Dios» y hacerse misionero, pero no veía el modo. Hasta que en 1839 pasó por el seminario Mons. Jacobo Groof, Prefecto Apostólico del Surinam, entonces llamada Guayana holandesa, bajo el régimen colonial. La palabra elocuente y la patética situación expuesta conmovían a cualquiera: únicamente cuatro sacerdotes habían pasado por allí, pero ahora sólo quedaba uno y estaba enfermo. A pesar del vibrante llamamiento sólo se presentó Pedro para una entrevista. Estaba pendiente de acabar la teología y ordenarse, lo que sucedió el 15 de junio de 1841, a sus 32 años. Todavía hubo de esperar un año en el seminario a la espera de que saliera una embarcación con aquel destino. Por fin, en agosto de 1842 partía el barco rumbo a Paramaribo y llegaba el 16 de septiembre. Así se expresaba en una carta: «Finalmente he llegado a mi destino, a donde me llamó el Señor y su diestra me llevó».

Monseñor Groof le señaló el campo de trabajo: una extensión cuatro veces mayor que la de su Holanda natal. El territorio era todo una selva virgen impenetrable si no era por sus ríos, llenos de rápidos muy peligrosos en los que sólo se podía navegar en canoas ligeras, que únicamente sabían manejar indios muy diestros. El clima caluroso y la nube de mosquitos que rodeaban al visitante añadían un ingrediente que hacía por sí mismo insoportable trabajar allí.

Se daban cita muchas razas: los primitivos indígenas que vivían a lo largo de los ríos en el interior de la selva; los negros cimarrones, cuya muralla de protección eran los rápidos, pues eran esclavos estatales huidos de sus crueles amos; otros muchos esclavos particulares pertenecientes a las plantaciones, y, por fin, los blancos europeos provenientes de Holanda, Inglaterra, Francia, Alemania y Portugal. En total unos 60.000 habitantes, de los que un 15 por 100 serían católicos.

Y a este conglomerado de miserias que le tocó hacer frente a Donders se añadió más tarde la leprosería de Batavia, que en su tiempo estaba en pleno funcionamiento con 400 enfermos de ambos sexos desterrados por el gobierno. No es extraño que escribiese a Holanda al poco de llegar: «Todo aquí parece cooperar a la corrupción total. Y no hay nadie que luche contra esta miseria. Enfrentamos aquí un río inmenso de impiedad».

Él ya sabía que por sí mismo nada podía. Sus armas las conocía y no le habían fallado: la oración y la mortificación. Cuando el sacristán abría la iglesia a las cinco de la mañana se lo encontraba rezando. Después de la misa pasaba tres cuartos de hora de acción de gracias. Y entonces empezaba la visita pastoral bajo un sol sofocante o lluvias torrenciales. Si al menos hubiese encontrado una acogida amistosa…, pero lo habitual era toparse con un muro de indiferencia, de disgusto y hasta de odio. Y, por su parte, sin medios para mejorar en algo la suerte miserable de aquellos esclavos, tratados con crueldad inimaginable por los blancos.

No es difícil imaginar el sarcasmo, o la rabia e indignación que podía suscitar en aquel pueblo oprimido el hablarles de un Dios bueno al que deben amar. Los amos podían hacer con sus esclavos lo que les diera la gana, incluida la muerte de ellos o incluso de sus hijos.

Por si fuera poco, enseguida llegaron noticias de que trasladaban a Mons. Groof. Desconsolado estaba, pero antes de partir se declaró una epidemia de disentería y tanto el Vicario Apostólico como el capellán con el que trabajaba enfermaron.

Pedro tuvo que dedicarse a cuidar enfermos día y noche, con el dolor de verlos morir por docenas. Al tercer mes murió el capellán. Y al fin tuvo que partir Mons. Groof, que era quien le había invitado a ir a América y su gran amigo.

Más pruebas para Pedro: sentía como en su propia carne la opresión horrenda de los negros que trabajaban en las haciendas, mucho mayor que la de los negros que trabajaban en la ciudad. Tanto que llegó a escribir:
«Ay, si se cuidara a los esclavos igual que los europeos cuidan a sus animales […] ¡Desgraciados los que amontonan fortuna con el sudor y la sangre de estos infortunados, a los que sólo Dios defiende!».

La mayoría de los propietarios y administradores de las haciendas rechazaban la visita de Pedro Donders, por miedo a que sacase a la luz sus múltiples abusos. No podía sino sacar sus armas. Y a la incomodidad de tenerse que improvisar una choza, espantar las arañas venenosas, los escorpiones y murciélagos y quitar los nidos de avispas, y sin menguar en nada los ayunos que hacía, decidió el dejarse picar de los mosquitos para vencer la obstinación de los amos. Y así, en siete años de poner su confianza en Dios, los directores católicos que le permitieron pasar a sus haciendas pasaron de 2 a 12. Pedro dedicaba entonces muchas horas con los esclavos agotados o golpeados y les instruía en la fe. La maldición de aquellas plantaciones iba desapareciendo poco a poco antes de que llegara la abolición de la esclavitud.

Después de estos primeros 14 años en Paramaribo y las haciendas recibió el nombramiento de pastor de los leprosos de Batavia. El panorama no era menos desolador que lo que había dejado. Un capellán había sido envenenado por un leproso vengativo, y ninguno era bien visto, por lo cual casi ninguno duró más de un año.

El gobierno los apartaba a aquel lugar maldito, pues entonces la lepra era incurable. Pero las condiciones higiénicas eran tan deplorables, que hasta los miembros del comité de Salud Pública tenían que salir de ciertas chozas para vomitar. Y no sólo eso, pues al faltarles algunos miembros no se podían procurar la leña para cocinar o tenían que ir arrastrándose para buscar agua, con lo que morían prematuramente por falta de alimentos y de lo más esencial.

Pedro Donders no se contentaba con asistirles espiritualmente, procurando que nadie muriese sin los sacramentos, e instruirles, sino que les cortaba leña, les llevaba agua, preparaba de comer, lavaba los vendajes  curaba sus heridas, que no eran cualquier cosa. Y a la degradación física seguía la moral, con lo que o recurría a Dios más intensamente, o tenía que tomar el camino que siguieron los anteriores. La esforzada labor pastoral
se notó y así lo certificaron los directores de aquel calamitoso centro haciendo constar que desde la llegada de los misioneros los leprosos no daban ni la cuarta parte de dificultades y parecían otras personas. Lo cual se aplica sobre todo a él que resistió hasta la muerte y rezó tantísimo pidiendo su conversión.

Con motivo de la manumisión de los negros por decreto del rey Guillermo III en 1863, válido para las colonias holandesas, los negros se dispersaron y desde Roma se pensó en confiar la atención pastoral a una congregación.

Los redentoristas fueron los designados para esta labor.

Treinta años habían transcurrido desde su primer intento fallido de ser redentorista. Sus oraciones habían dado fruto. No sólo recibía ayuda de nuevos misioneros, sino que ahora es aceptado como novicio. En cuestiones de votos y de oración ya venía practicándolo heroicamente durante años. Pero debía acomodarse a hacer vida de comunidad y a vivir en obediencia no sólo al Vicario Apostólico, sino a su superior inmediato en otras muchas menudencias, para poder trabajar en equipo e imitar más de cerca a Jesús.

Hizo su noviciado, que por dispensa del General se redujo a ocho meses, y el maestro de novicios encontró una sola pega, sus 57 años. Por lo demás no podía ser más dócil, como un niño, ni más dado a la oración, a la mortificación y a la limosna.

Al llegar a la profesión religiosa, 24 de junio de 1867, no sabía cómo dar gracias a Dios y rogaba a todos pidieran a la Santísima Virgen su perseverancia. En realidad, y a pesar de su fama de santo, la vida religiosa supuso para él una maduración de su vida interior, pues al ponerse bajo la dirección de otros ganó en muchos aspectos que se suelen descuidar, pues uno mismo no se da cuenta.

También a partir de su profesión inicia un nuevo campo apostólico, la evangelización de los aborígenes dispersos: los arawacos, los warros y los caribes. La tarea era inmensa y especialmente dificultosa porque iban de un sitio a otro y no se podía sacar fruto por falta de continuidad. Tenía que irlos a buscar siguiéndoles las huellas, y ¡cuántas veces desaparecían sin dejar rastro! Los curanderos alimentaban el temor supersticioso a los malos espíritus, y eran los que más se oponían al trabajo apostólico de los misioneros.

No escatimaba medio para convertirlos. Tuvo que servirse de intérprete para sus tres lenguas diferentes y sus 60 años no fueron obstáculo para llegar a aprenderlas junto con el acordeón, pues a los indígenas les encantaba la música. En sus 17 años en este nuevo apostolado pudo bautizar a más de 1.000 indios.

Y no es menos sorprendente su propia evolución espiritual, que pasa de ser vehemente contra los pecadores, antes de ser redentorista, a una actitud de abandono en la misericordia del buen Dios y en la abundancia de la redención, y de intercesión por aquellos pobres a los que fue enviado. Podía escribir: «Gracias a Dios que estas visitas a los indígenas son ricas en cruces y en sufrimientos. […] Jesús ha derramado su sangre también por estos indígenas. […] Paciencia y oración deben ser nuestras armas». Y esto lo repetía incesantemente.

Si los caribes eran violentos y le hicieron sufrir tanto al Beato Pedro, aún les ganaban en ferocidad los negros cimarrones traídos de África para ser vendidos como esclavos en Surinam, y más tarde dados a la fuga amparados por la jungla. Tenia 70 años cuando emprendió este apostolado, el más duro de su vida.

Esta nueva empresa apostólica la simultaneaba con el apostolado de los indígenas. Los cimarrones no dejaban de mostrar su odio a los blancos quemándoles las haciendas. Para ellos no había ni ley ni dios. Su misma vida corría grandes riesgos en tales condiciones, pues la primera vez que se opuso enérgicamente a sus supersticiones estuvieron a punto de matarle. Comprendió que había que ganarlos con dulzura. Pero nada le echaba atrás, pues estaba convencido, como escribió poco antes de morir, que «también las adversidades nos vienen de Dios, y sin cruz nada sólido puede edificarse».

Cuando cumplía 74 años en Batavia unos leprosos en representación de otros compañeros se quejaron a Mons. Schaap que fue de visita apostólica. Como el Vicario Apostólico no les entendía hubo que llamar a Donders. «Ellos quieren, tradujo Pedro, otro pastor. Dicen que el actual (Donders) es demasiado viejo, que casi no le entienden lo que dice y que siempre repite las mismas cosas». Ésa fue la despedida que le dieron los leprosos. Lo recibió como la cosa más razonable y ofrecía su secreto sufrimiento por ellos. No había ido a buscar homenajes a su entrega heroica, sino a dar testimonio del Redentor que dio la vida por ellos. No podía rubricar mejor su testimonio que con la paciencia y serenidad con que soportó este mayúsculo desagradecimiento.

Volvió a Paramaribo, haciendo más vida de comunidad.

Pero enseguida emprendió sus salidas apostólicas como si fuese un sacerdote joven.

Le enviaron a Coroní y «desde el día de su llegada se mostró como un hombre de Dios, con un amor ardiente por las almas», según declaró su superior. La salud le falló y tuvo que guardar cama, siendo su mayor mortificación el no poder celebrar la santa misa. Pero mejoró y fue enviado a la leprosería de nuevo.

El capellán de la misma, el padre Bakker, había contraído la lepra. Así que todo el trabajo recayó sobre Donders, de 77 años.

Hizo la última visita a todos los enfermos, confesándoles y llevándoles la comunión. La nefritis que había tenido empeoró, pero no recibió atención médica porque el médico estaba borracho, a pesar de haber luchado 45 años por cuidar los enfermos.

Dos días antes había anunciado al padre Bakker que moriría el viernes, a las tres de la tarde. Como éste le vio a las tres menos cuarto que estaba con pleno conocimiento y que oraba en silencio, salió un momento, y cuando regresó a las tres y media había muerto. Pudo así imitar a Jesucristo en la muerte aquel que había vivido tan identificado con la cruz del Redentor y con sus ansias de derramar su sangre como una bendición sobre todos los hombres.

Los funerales fueron una manifestación emocionante de todos los leprosos, que, aun arrastrándose el que no podía caminar, lo acompañaron hasta donde fue enterrado sin quererse separar del ataúd. Era el 14 de enero de 1887. Catorce años más tarde fue trasladado a la catedral de Paramaribo.

El 23 de mayo de 1982 el papa Juan Pablo II le declaraba Beato junto con otros cuatro (Marie Anna Rivier, Marie-Rose Durocher, María Angela Astorch y André Bessette).

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