San Roberto de Molesmes, san Alberico de Citeaux y san Esteban Harding

Por: Luis M. Pérez Suárez, OSB | Fuente: Año Cristiano (2002)

Tres santos abades que dieron origen al Císter. San Roberto de Molesmes (+ 1110), san Alberico de Citeaux (+ 1109) y san Esteban Harding (+ 1134).

El martirologio romano señala día y memoria propia para cada uno de ellos (San Roberto el 29 de abril; San Esteban el 28 de marzo; San Alberico el 26 de enero); sin embargo, desde la reforma del calendario litúrgico, después del Vaticano II, tanto los cistercienses como los benedictinos celebran conjuntamente, el 26 de enero, a los tres santos abades que dieron origen al Císter. Amparándonos en dicha celebración, aprobada por Roma, nos ha parecido conveniente —para que resalte más particularmente el origen providencial del Císter y para estímulo y enderezamiento de la vida monástica— hacer un recorrido cronológicamente seguido de la biografía de los tres santos abades que dieron origen al ordo monástico-benedictino del Císter.

El primero de ellos fue Roberto; originario de una de las mejores familias de la Champagne francesa, nació hacia 1024. A los quince años, renunció al mundo y entró a formar parte de los benedictinos de Moutier-la-Celle, cerca de Troyes. Alma cándida y afectuosa, de una admirable docilidad a las inspiraciones de la gracia, se sentía más inclinado a las dulzuras de la contemplación que a las cosas exteriores. Poco tiempo después de profesar fue nombrado prior de la casa y al cabo de algunos años, los monjes de San Miguel de Tonnerre (entonces diócesis de Langres) le eligieron como su abad. No tardó en darse cuenta de las dificultades que conlleva restaurar y corregir los abusos y la decadencia disciplinar de la época. Su delicadeza de conciencia y las dificultades que trae el gobierno de los hombres le hizo desistir de su empresa y quiso abandonar el cargo abacial.

No lejos de Tonnerre, en un bosque del desierto de Collón vivían siete ermitaños, entregados piadosamente a la oración en una vida austera y penitente. Sintiéndose faltos de una prudente y alentadora dirección, al oír hablar de la situación de Roberto, que dejaba el cargo abacial, corrieron a suplicarle que fuese en su ayuda. Admirado de sus ruegos y viendo en ellos mejores disposiciones para seguir los consejos evangélicos, Roberto aceptó. Pero el prior de San Miguel se opuso; considerando esta preferencia como un desaire a la comunidad, incitó a la comunidad a suplicar a Roberto que se quedase con ellos prometiéndole más docilidad y obediencia. Sin embargo, no se corrigieron y Roberto acabó por abandonarlos para volver a su primer monasterio de Moutier-la-Celle. Allí, en la calma de la soledad y del silencio, saboreó las delicias de la contemplación divina y recibió gracias especiales para la ejecución de los planes de Dios.

Muy pronto la obediencia le obligó a tomar el camino del priorato de San Ayoul, una dependencia de Moutier-la-Celle. A su vez los ermitaños de Collan, a pesar de su primer fracaso intentaron de nuevo que Roberto aceptara ser su padre espiritual. Para dar más fuerza a su empeño se dirigieron al papa Alejandro II, para que aprobara su sociedad, y así obtener un breve que ordenase al abad de Moutier-la-Celle que les enviara a Roberto como prior de San Ayoul. Roberto se alegró mucho y aceptó el encargo que le permitiría disfrutar junto a ellos tanto de la vida solitaria como de la vida en común. Con el tiempo se dio cuenta de la insalubridad del lugar escogido por aquellos antiguos solitarios y trasladó la comunidad al bosque de Molesmes, cerca del riachuelo de Laignes. Allí construyeron pequeñas celdas con ramas de árbol y levantaron, hacia 1075, un pequeño oratorio en honor de la Santísima Trinidad. Eran unos trece los que allí empezaron a servir a Dios plenos de emulación y un entusiasmo increíble, en el hambre y en la sed, en los rigores del calor y del frío, en la desnudez y en la carestía, esperando confiadamente que un día recogerían abundantemente lo que entonces sembraban entre lágrimas.

Su género de vida austera causó admiración entre los pueblos vecinos; entonces, el obispo de Troyes les hizo una visita y se quedó sorprendido y edificado de su espíritu de abnegación y de pobreza; encontró, no obstante, algunas carencias inhumanas y mandó que se les dieran algunos objetos indispensables. Varios señores vecinos de Molesmes imitaron este ejemplo; pero esta caridad que servía de mérito a sus autores comenzó a ser perniciosa para los monjes. El paso de la escasez a la abundancia no supo ser bien asumido y poco a poco fue diluyendo el antiguo fervor. El gran número de los que se presentaban para servir a Dios allí sirvió de pretexto para ampliar los edificios, y empezar a levantar un gran monasterio. La relajación siguió a estas nuevas circunstancias y los monjes empezaron a abandonar el trabajo manual. Roberto trató de reconducir aquel declive, pero sus oraciones y advertencias fueron inútiles y les abandonó para volverse a su soledad.

A través de varios signos sensibles, Dios hizo conocer a Roberto que no debía desanimarse y que su santificación tenía que fructificar en el dolor y el trabajo que le causaba la salvación de los otros. Los monjes de Molesmes, entristecidos por su ausencia, fueron a rogarle que volviera: le expresaron un sincero arrepentimiento y le prometieron una sumisión perfecta a sus órdenes. Además, para lograr su vuelta pidieron al papa, por mediación del obispo de Langres, que mandara a Roberto volver a Molesmes. Al retornar al monasterio llamó de nuevo a otros buenos monjes que también se habían exiliado tras su salida, especialmente Alberico, que había sido su prior, y Esteban Harding. Durante el primer año que siguió a su regreso los monjes de Molesmes soportaron sumisamente los remedios que el santo abad aplicó a sus males, pero esta disposición no duró mucho. Una vez más Roberto vio la lamentable debilidad de aquellos monjes que volvían a las andadas y optó por retirarse nuevamente. Esta vez Roberto se retiró acompañado de Alberico, de Esteban y de otros dos, y se fueron al desierto de Vinic. Pero ahora fue el obispo de Langres el que intervino amenazando con la excomunión a los monjes fugitivos.

Unos biógrafos cuentan que, presionados por tales intenciones, los monjes volvieron a Molesmes, pero otros aseguran que, siguiendo el consejo de Esteban, salieron de la diócesis de Langres.

Así pues, como todos los intentos de Roberto para reformar Molesmes resultaban infructuosos, se concertó con Alberico y Esteban para estructurar una nueva comunidad en que la Regla benedictina se observase con toda fidelidad. Después de haber orado mucho, quisieron, esta vez, evitar todas las dificultades asegurándose la autorización de la Santa Sede. A comienzo de 1098, Roberto, con seis de sus monjes, fue a encontrarse con Hugo, obispo de Lyón y legado del Papa en Francia, y éste les dio una carta con las siguientes líneas generales:

«En vuestras circunstancias creo que lo mejor es que os retiréis al lugar que la divina Providencia os depare y así podáis servir al Señor en el fervor y la paz. A todos vosotros, pues, que os habéis presentado ante mí: el abad Roberto, y los hermanos Alberico, Odón, Juan, Esteban, Letalde y Pedro, así como a todos los que se hayan decidido a seguiros, os permito seguir en este buen propósito, y os exhorto a perseverar. Y por las presentes letras confirmo a perpetuidad esta decisión en virtud de la autoridad apostólica y por la colocación de nuestro sello».

Exordium magnum cisterciense, dist.1, c.XII

El lugar escogido por el grupo fue Citeaux (Císter), un bosque entonces impenetrable y apartado, en la diócesis de Chalon-sur-Saóne; el terreno pertenecía a Renaud, vizconde de Beaune, que concedió generosamente el espacio requerido para edificar un monasterio. Roberto, elegido abad por el sufragio unánime de sus hermanos, recibió el báculo pastoral de manos de Gaultier, obispo de Chalón; todos, mediante una renovación de su profesión solemne, se obligaron a permanecer en aquel lugar elegido y observar la regla de San Benito, con toda fidelidad y sin tratar de buscar los alivios y dispensas tan comunes en la época. La ceremonia tuvo lugar el 21 de marzo, fiesta de San Benito, pero que aquel año coincidía con el domingo de Ramos.

Pero los monjes de Molesmes presentaron un recurso a Roma para obligar a Roberto a volver con ellos (1099). Urbano II remitió el arreglo de este asunto a su legado. Éste, juzgando que la nueva comunidad de Citeaux estaba bien asegurada, ordenó el regreso de Roberto a Molesmes. Obligado por la obediencia, Roberto se inclinó sacrificadamente ante las órdenes del pontífice. Puso en su lugar como abad a Alberico, y a Esteban como prior y volvió a Molesmes, no habiendo permanecido en Cíteaux más que trece o catorce meses. Dios bendijo su obediencia y se produjo una sana revolución en los espíritus de los monjes relajados por la que el monasterio de Molesmes no estuvo menos reformado que el de Cíteaux. Roberto gobernó Molesmes durante nueve años, muriendo el 21 de marzo de 1110.

Su cuerpo fue enterrado en medio de la nave de la iglesia abacial. Dos milagros acaecidos junto a su tumba fueron suficiente para que el papa Honorio III lo canonizara en 1222.

Hemos visto cómo Alberico fue nombrado segundo abad de Cíteaux. Nada se sabe de su vida antes de unirse al grupo de solitarios de Collón, pero todos están de acuerdo en presentarlo como un hombre de una piedad y de una ciencia poco corriente tanto en letras divinas como en las humanas; y que, de joven, renunció a las esperanzas que el mundo le ofrecía para ponerse bajo la dirección de Roberto.

Con la comunidad de Collón, Alberico se retiró a Molesmes en 1075 donde recibió el cargo de prior de esta colonia, viviendo muy pobremente, pero con un fervor que era la edificación de todos. Ya sabemos cómo, tras la pobreza, la afluencia de donaciones relajó el primitivo fervor. Roberto con la ayuda de su prior intentó detenerla. El abad se retiró y poco más tarde el propio prior fue tachado de intransigente y duro, con lo que no tuvo más remedio que exiliarse de su propio monasterio acompañado, entre otros, por Esteban.

Los monjes de Molesmes, entrando en sí, pidieron perdón y volvieron a llamar a sus antiguos superiores pudiéndose restablecer la antigua disciplina. No duró mucho aquel arranque de fervor y de nuevo entrevieron que en aquella comunidad no lograrían el deseado cumplimiento de la regla. Alberico con su abad y otros compañeros fervorosos, en 1098, se retiraron a Citeaux donde pudieron hallar el camino de perfección deseado. Y cuando al poco de transcurrir un año, Roberto fue obligado por la Santa Sede a volver a un Molesmes verdaderamente reconvertido, Alberico fue reconocido como su sucesor en Cíteaux.

La nueva comunidad no estaba lejos de parecerse a los monjes de la antigua Tebaida. Se levantaban a media noche para cantar los salmos, se aplicaban al trabajo para labrar aquellas incultas tierras, leían piadosamente a los padres antiguos y, además del oficio divino, se entregaban a una vida de intensa oración, no dándose descanso ni de día ni de noche; tal era el programa de sus ocupaciones diarias. La innovación más evidente fue la adopción de un hábito gris que posteriormente daría paso a la túnica blanca y al escapulario negro. Y lo que más admiró a todos fue el trabajo de organización y el ejemplo admirable dado por el propio abad a todos sus monjes yendo por delante en una admirable vida de entrega, oración, mortificación y trabajo.

En una de sus visitas a Cíteaux, el legado del Papa animó a Alberico a pedir a la Santa Sede la confirmación de su nueva organización comunitaria y gracias al empeño del arzobispo de Lyón, Cíteaux fue puesto bajo la protección del Papa, con lo que Alberico experimentó una gran paz. Redactó varios estatutos y normas para facilitar una mejor observancia de la Regla de San Benito. Durante varios años, se le vio con un celo siempre nuevo componer, perfeccionar y aplicar lo que se llama las «Instituciones» de los monjes de Cíteaux salidos de Molesmes. Para el cuidado de las fincas y el cultivo de las tierras lejanas al propio monasterio, Alberico resolvió contratar a obreros laicos, lo que permitía a los religiosos permanecer en su clausura. Estos empleados eran generalmente hombres sencillos y piadosos, que, aunque no sabían ni leer, ni escribir, ni cantar, no eran menos dignos de vivir religiosamente, por lo que poco a poco empezaron a gozar de la hermandad y las gracias de los mismos monjes; se entregaban a la comunidad mediante votos simples que no les obligaba al coro y les permitía, viviendo casi en un monasterio paralelo, entregarse a un intenso trabajo y a una virtud y vida íntima con Dios no menos acendrada.

Alberico, entrado en años y agotado por sus grandes trabajos y sus continuas penitencias, suspiraba por el descanso del cielo. Una fiebre violenta le advirtió que su última hora estaba cerca; hizo venir a sus hermanos para animarlos y dirigirles las últimas recomendaciones. Después recitó con voz clara el símbolo de los apóstoles y diversas oraciones a la Santísima Virgen, y cuando pronunció la invocación: «Santa María, ruega por nosotros…», su venerable figura se transfiguró, y entregó dulcemente su alma a Dios el 26 de enero de 1109.

Se representa a Alberico recibiendo de manos de la Santísima Virgen la cogulla blanca, característica de los religiosos benedictinos de la reforma de Cíteaux por lo que empezaron a ser llamados «monjes blancos» por contraposición a los otros monjes que fueron llamados «monjes negros». Las gracias obtenidas por intercesión de San Alberico fueron muchas y aunque nunca fue formalmente canonizado, fue inscrito en el martirologio romano en el siglo XVI.

A Alberico le sucedió en Citeaux Esteban Harding. Nacido en Inglaterra, probablemente antes de la conquista normanda, ingresó de niño en la escuela monástica de la abadía benedictina de Sherbone, en Dorset. Fue a continuación a estudiar a Escocia y a París, donde llevó una vida normal de estudiante; pero con la ayuda de la gracia, que le dio una energía infatigable, empezó a buscar el camino al que Dios le llamaba. Con un eclesiástico al que estaba unido por amistad, hizo un viaje a Roma, guardando un riguroso silencio, sólo interrumpido por la salmodia.

A la vuelta, Esteban pensaba ingresar en Sherbone; pero Dios, que dirigía los pasos de los dos viajeros a través de Francia, una tarde, atravesando el bosque de Langres, hizo que llamaran a la puerta de un pobre monasterio, Molesmes, inaugurado hacía poco tiempo. Esteban, viendo a aquellos pobres y fervorosos monjes, sintió que aquél era el lugar donde podría dar paso a sus deseos de practicar íntegramente la regla benedictina. Dejó que se fuera su acompañante al que inútilmente solicitó que imitara su ejemplo, y pidió su admisión en la comunidad; así, por un amigo que perdía, iba a encontrar dos en la persona del abad Roberto y de su prior Alberico.

Bajo la guía de estos dos hábiles maestros, hizo rápidos progresos en la virtud. Y cuando Roberto, como ya se ha contado, dejó Molesmes, Alberico no dudó en compartir con Esteban el peso de la comunidad. Sus esfuerzos no obtuvieron resultados y ambos tomaron la decisión de abandonarla. Finalmente, cuando guiados por Roberto se inauguró Citeaux, Esteban siguió a sus amigos y hermanos.

A la muerte de Alberico, Esteban, tras las exequias, se dirigió a los monjes diciéndoles:

«Vosotros habéis perdido un padre venerable y el guía de vuestras almas; en cuanto a mí, lloro no solamente un padre, sino un amigo, un compañero de armas, mi general en los combates del Señor, a aquel que el venerable P. Roberto condujo desde los comienzos mismos de nuestra fundación a una ciencia espiritual y una piedad admirables. Pero no lloremos más sobre el valeroso soldado que reposa ya en la paz; lloremos por nosotros mismos colocados ahora al frente de batalla; convirtamos en oraciones nuestros tristes lamentos y roguemos a nuestro Padre, que ha llegado a la gloria del triunfo, que no tolere que el león rugiente triunfe jamás sobre nosotros».

Dicho esto, Esteban, dejó momentáneamente Citeaux esperando que, estando ausente, se pensaría menos en él, y que elegirían otra persona por abad. Pero fue en vano pues todos los monjes, unánimemente, lo eligieron por su abad.

Su primer cuidado en el ejercicio de su cargo fue instaurar significativamente una más estricta pobreza. Esta vez tocó el turno a los mismos objetos del culto divino y mandó desprenderse de todo objeto de oro, plata y seda, para sustituirlos por otros de estaño y hierro; sólo los cálices fueron exceptuados de esta regla, y admitió que pudieran ser de plata e incluso sobredorados, lo mismo que la cánula metálica con que los monjes, todavía en aquella época, comulgaban del cáliz.

El nuevo abad quiso también asegurar a los monjes el recogimiento y suplicó al duque de Borgoña que no viniera con su corte a celebrar las grandes fiestas litúrgicas en Citeaux. Hugo, el nuevo duque que había sucedido a Eudes, muerto en las cruzadas, y que había heredado de su padre el amor a la comunidad naciente de Citeaux, se sintió ofendido y retiró a los monjes su generosidad, abandonándoles a su suerte, que no fue sino la de la extrema pobreza.

Esteban no se asustó: en las pruebas, su fe y confianza en Dios n o hacían sino aumentar. En esto, un día, el monasterio se encontró sin pan. Esteban se hizo mendigo y recorrió las aldeas vecinas acompañado de un hermano. A la vuelta vio que lo recogido por otro grupo de hermanos había sido más abundante que lo suyo: «¿Dónde habéis hecho la colecta? —les preguntó Esteban con una sonrisa—, pues veo que habéis espigado en un campo más rico que el mío». Los monjes contestaron que un sacerdote conocido había sido el que había llenado sus alforjas. Y como resultaba que aquel eclesiástico era un simoníaco notorio el abad les dijo: «A Dios no le gusta que comamos del pecado». Y llamando a unos pastores que acampaban en las cercanías les entregó el pan de tan dudosa procedencia.

Entonces, cuando la carestía fue total, la fe de Esteban se creció y mandó llamar al ecónomo del monasterio al que dirigió estas palabras:

«Ya estás viendo cómo la vida de nuestros hermanos está en peligro, pues padecen hambre, frío, y toda clase de necesidad. Vete pues al mercado de Vézelay que va a abrirse y compra tres carros, y para cada uno de ellos un tiro de tres caballos fuertes y robustos, porque han de transportar grandes fardos; entonces carga los carros de vestidos, comestibles y de todo lo demás que sabes necesitamos; y vuelve pronto pues te esperamos llenos de esperanza».

El monje le dijo que estaba dispuesto a partir al punto pero que esperaba que el abad le diera dinero para tales compras pues él no tenía una sola moneda.

«Hijo mío —respondió Esteban—, para todo lo que te mando traer sólo tengo tres pequeñas monedas. Tómalas, si quieres; en cuanto al resto, la bondad de nuestro Señor Jesucristo proveerá a todo lo demás. Vete sin temor, porque el Señor enviará a su ángel ante ti y todo se desarrollará felizmente».

El monje salió para Vézelay. Llegado a la ciudad, fue a contar sus cuitas a uno de sus amigos. Y resultó que en aquellos momentos un vecino de aquel amigo, estando en su lecho de muerte, estaba distribuyendo sus bienes entre los pobres. El buen amigo fue a contarle las penalidades de los monjes y el enfermo hizo llamar al hermano y le dio todo el dinero necesario para sus compras. Muy contento de haber podido cumplir su encargo, el hermano volvió a Citeaux, mientras, por adelantado, hacía llegar a su abad las buenas noticias; éste convocó a la comunidad, y, con el báculo en la mano, salió en procesión a recibir a la puerta del monasterio los dones que el Señor les enviaba.

Pero también el fervor, la regularidad y las austeridades de Cíteaux promovieron murmuraciones en los monasterios más cercanos. Aquellos monjes únicamente veían en esta conducta una condena a su vida holgada y poco austera. Acusaron a Esteban de ser un innovador peligroso, y poco faltó para que no se le tratara de cismático. Además, durante los años 1111 y 1112, la muerte hizo estragos entre sus monjes y nadie se presentaba para llenar los puestos vacíos. Esteban comenzó a dudar del porvenir de su obra y resolvió consultar al Señor por uno de esos medios que sólo un santo puede permitirse. Un día, reunió a los hermanos alrededor del lecho de un monje moribundo y después de haber recitado las oraciones prescritas en aquellas circunstancias, dijo al moribundo: «Bien sabes, querido hermano, en qué angustia estamos todos y cómo se debilitan nuestras esperanzas. Hemos hecho lo que hemos podido para seguir el camino recto, y hacer lo que nuestro bienaventurado Padre San Benito nos ha marcado. Los monjes de otros lugares nos miran como a innovadores; pero más grande es nuestra desesperanza cuando vemos el pequeño número de miembros de nuestra comunidad. La muerte nos los arrebata uno tras otro; temo que esta institución perezca. Por esto, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, por cuyo amor hemos abrazado esta vida, te pido que después de muerto retornes a nosotros, en el tiempo y lugar que al Señor le plazca, y nos des certeza, si te lo permite la divina misericordia, sobre si hemos acertado en nuestra elección». El hermano moribundo le respondió: «Con el auxilio de tus oraciones, Padre y Señor mío, obedeceré tus órdenes». Y murió.

Algunos días después, Esteban trabajaba en los campos con los monjes; dio la señal de descanso, se alejó un poco, y calándose la capucha hasta cubrir sus ojos se puso a orar. Al momento se le apareció radiante de gloria el monje difunto que, tras asegurarle que estaba en la gloria, le dijo:

«El Señor me manda para tranquilizarte sobre vuestro género de vida: ten por seguro que esto es verdad; desecha toda duda, vuestra vida es santa y agradable a Dios. El dolor que os causa la falta de vocaciones se transformará en gozo y en alegría. Tus hijos gritarán y cantarán: «Tu casa es demasiado pequeña; haznos otra para que quepamos». El Señor hará grandes cosas con vosotros. Os enviará un gentío de vocaciones, entre los cuales habrá un gran número de sabios y nobles. Semejantes a las abejas que forman sus enjambres rápidamente, volando de colmena a colmena, saldrán volando de aquí y se extenderán por toda la tierra; ésta es la buena semilla del Señor que, por su gracia, ha sido sembrada en tu campo; de ella se formará un número infinito de gavillas de almas santas».

Esteban se quedó mudo de alegría y de reconocimiento escuchando estas palabras. Entonces se dio cuenta de que el celeste mensajero le miraba en silencio, esperando, y le dijo: «¿Qué me quieres?». A lo que el antiguo monje respondió: «Antes de marchar te pido la bendición como siempre he hecho». Esteban, atónito, exclamó: «Hermano, tú ya has pasado de la corrupción a la incorruptibilidad, de la vanidad a la realidad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, ¿cómo vas a recibir la bendición del que todavía gime bajo el peso de todas estas miserias? Más bien eres tú el que me debes bendecir». «No —respondió el hermano—, el Señor te ha dado el poder de bendecir; te ha constituido en dignidad y yo no soy más que un discípulo; por tus cuidados yo escapé del pecado del mundo; dame tu bendición, pues no me iré si no me la concedes». Esteban, confuso, tuvo que bendecir a su glorioso hijo, tras lo cual la visión desapareció.

Basta recordar la vida de San Bernardo (ver el 20 de agosto) para ver cómo se cumplió colmadamente la predicción en 1112. A partir de aquel momento, el número de monjes se multiplicó y Esteban tuvo que fundar nuevos monasterios. Un año después de la llegada de Bernardo, se fundó la abadía de Pontigny cerca de Auxerre, precedida un poco antes por La Ferté en la diócesis de Chalón. Vinieron enseguida Claraval y Morimont en 1115. Y estas cuatro primeras hijas de Citeaux se convirtieron a su vez en madres de un gran número de monasterios.

Esteban en 1116 quiso volver a ver a sus hijos, y saber cómo les iba en sus casas y los reunió en un Capítulo, el día de la Exaltación de la Santa Cruz. Fue la primera reunión que se tuvo para hacerse un mutuo examen acerca del mantenimiento de la disciplina regular; la feliz innovación fue pronto adoptada por las otras órdenes religiosas.

Esteban estableció lazos jerárquicos entre las casas. El abad de la casa madre debía visitar sus monasterios filiales y las cuatro hijas de Cíteaux debían vigilar a su vez la disciplina de Cíteaux. Así pudo mantenerse por mucho tiempo la regularidad y el fervor primitivo. En 1119, el Capítulo general redactó unas Constituciones que el papa Calixto II, que era amigo y admirador de Esteban, aprobó. E n 1118, se fundaron otros cuatro monasterios: Prully, La Cour-Dieu, Troisfontaines y Bonnevaux. Y en 1119, Bouras, Fontenay, Cadouin y Mazan. Los últimos años de Esteban estuvieron dedicados al desarrollo de su Orden. E n 1125, visitó el monasterio de Saint-Vaast en Arras y en 1128 asistió con San Bernardo al Concilio de Troyes. Salió todavía de su retiro en 1132 para solicitar algunas gracias al papa Inocencio II que visitaba Francia y consintió en prestar todos los servicios que de él y sus hijos dependían, como entregarle a Esteban, para que fuera obispo de París, o a Enrique, como arzobispo de Sens. Finalmente, al sentirse agotado por la edad y habiendo perdido la vista, dimitió del cargo abacial en el Capítulo general tenido en 1133. N o tenía más que un solo deseo: ocuparse en paz de Dios y de sí mismo en la dulce soledad de la contemplación.

El libro de los Comienzos de Cíteaux cuenta así los últimos momentos de Esteban Harding:

«Cuando llegó el momento en que el anciano padre, extendido sobre su lecho de muerte, después de haber terminado sus trabajos, iba a entrar en el gozo de su Maestro, y que desde la extrema pobreza escogida en este mundo, siguiendo el consejo del Salvador, estaba a punto de entrar en el rico banquete de su Señor en los cielos, todos sus hijos y unos veinte abades se reunieron alrededor de su lecho para dar muestras de filial obediencia y para acompañar con sus oraciones al amigo fiel y al Padre solícito en su camino hacia la patria. Cuando estaba en su agonía y próximo ya a morir, los hermanos comenzaron a despedirse mientras le llamaban bienaventurado, hombre admirable, ya que había producido tantos frutos en la Iglesia de Dios, diciéndole que podía, con toda seguridad, comparecer ante el Señor. Esteban al escuchar tales halagos, juntando todas sus fuerzas les dijo en tono de reproche: «Hermanos míos, ¿qué es lo que estáis diciendo? En verdad os digo, que voy hacia Dios con temor y temblor, como si no hubiera hecho nunca ningún bien. Porque si ha habido en mí alguna virtud, y si algún bien se produjo en mi debilidad, fue por el socorro de la gracia de Dios, y tengo miedo de solo pensar que quizás he recibido esta gracia indignamente y sin hacer el buen uso requerido». Y así con este acto de humildad, despojándose del hombre viejo, y recusando con todas sus fuerzas los dardos envenenados del enemigo, traspasó dulcemente las puertas del cielo para ser coronado en son de un triunfo merecido. La muerte de Esteban acaeció el 28 de marzo de 1134».

Entre las obras de Esteban Harding, o que se le atribuye, está la Carta de caridad. Es un escrito digno de su piedad e inteligencia organizativa y en total consonancia con los otros dos primeros abades de Cíteaux. Prescribe medios para conservar la caridad, la unión entre monasterios para formar un solo cuerpo. La Carta comprende dos partes, la primera, interpreta la regla, y la segunda señala los lazos jurídicos que unen las casas entre sí. Los hermanos deberán observar en todos sus puntos la regla de San Benito de la misma manera que es observada en Cíteaux, sin cambiar su sentido con nuevas interpretaciones, de modo que la entiendan y practiquen «como los santos Padres nuestros predecesores y los monjes de Cíteaux la han entendido y practicado hasta el presente». Tal es el principio fundamental y la razón de ser de Cíteaux.

La segunda parte trata del gobierno: cada abadía conserva su autonomía y su independencia temporal; tiene su propio abad, que es el verdadero jefe de la comunidad tanto en lo espiritual como en lo temporal, y los miembros de la comunidad están sujetos por la estabilidad al lugar donde habitan. Para asegurar en todas partes la regularidad y la uniformidad, se establecen dos organismos: Primero: Todas las casas recibirán cada año la «visita regular» del «Padre inmediato» o abad del monasterio fundador. Segundo: para la orden entera habrá también, todos los años, un «Capítulo general» con asistencia de todos los abades. Se tratará en ellos de todo lo relacionado con la salvación de las almas, la observancia de la Regla y los estatutos de la orden. En ellos se establecerá todo lo que haya de corregirse y se prescribirá lo que haya que hacerse en cualquiera materia, sea espiritual, disciplinar o temporal.

La Carta de caridad es verdaderamente la «regla de oro» de la Orden de Cíteaux: Cuanto más escrupulosamente se la observa, más prospera la Orden, y cuanto más se la olvida, más tendrá la Orden necesidad de reforma. Después de Calixto II que confirmó esta célebre Carta en 1119, conviene notar que obtuvo el consentimiento, tras voto deliberativo, de todos los abades y demás hermanos de cada uno de los monasterios entonces existentes. Establecida sobre esta carta, la Orden de Citeaux conoció durante un siglo una expansión prodigiosa.

El cuerpo de Esteban fue colocado junto a la tumba de Alberico su predecesor, y que estaba todavía en el claustro, cerca de la iglesia, antes de la Revolución de 1789. Varios milagros dejaron ver la gloria que gozaba en el cielo. Es tradición que, como Alberico, fue favorecido con varias apariciones de la Santísima Virgen, por la que sentía una tierna devoción que supo transmitir a toda la Orden. El martirologio romano cita a San Esteban el 17 de abril, que se supone fue el día de su canonización.

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