Santos Timoteo y Tito

Por: Bernardo Velado Graña | Fuente: Año Cristiano (2002)

El nuevo Calendario Romano (21-III-1969) celebra la memoria de san Timoteo y de san Tito, obispos, en el mismo día y unidos en una misma celebración inmediatamente después de la Conversión de san Pablo, pues están unidos en el común denominador de haber sido dos de sus más íntimos amigos y asiduos colaboradores en la evangelización de los gentiles.

El calendario anterior los conmemoraba por separado en fechas distintas: el 14 de enero a San Timoteo y el 6 de febrero a San Tito, desde que el Beato Pío IX trasladó a ese día su fiesta, que antes se celebraba el 4 de enero y coincidía con la octava de los Inocentes, hoy suprimida.

A ellos están dirigidas las Cartas pastorales (así llamadas desde el siglo XVIII) pertenecientes al canon del Nuevo Testamento, dos a Timoteo y una a Tito. Atribuidas por largo tiempo a San Pablo, la crítica actual, casi unánime, niega su autenticidad y las coloca en el apellidado «corpus postpaulino», ya que reflejan situaciones eclesiales posteriores y distintas de las contemporáneas del apóstol, aunque tienen su sello y el estilo característico de sus cartas auténticas.

Las fuentes de noticias ciertas sobre estos dos santos se hallan también en otros escritos del Nuevo Testamento, principalmente en los Hechos de los Apóstoles y en cartas paulinas cuyas referencias se citan a continuación en el momento oportuno. Ellas dan fe más que suficiente de la presencia activa y la relevancia de estos dos grandes santos de la Iglesia apostólica en los primeros lustros de su expansión misionera impulsada decisivamente por los viajes de San Pablo en el mundo grecolatino del Imperio romano.

Timoteo nació en Listra, pueblecito en la provincia de Licaonia del que apenas quedan unas ruinas en la actual Turquía, a unos 40 kilómetros de la ciudad de Iconio, hoy Conia.

Recibió de su madre, Eunice, una esmerada educación en la fe, pues era judía creyente, aunque casada con un griego pagano, según atestigua el libro de los Hechos 16,1 y 3. La segunda de las Cartas pastorales evoca expresamente estos recuerdos: «Con la memoria de tu sincera fe, que fue también la de tu abuela Loide y la de tu madre Eunice y que confío es la tuya» (2 Tim 1,5).

En el hogar de esta familia creyente de tres generaciones encontraron generosa hospitalidad Pablo y Bernabé cuando en su primer viaje apostólico, en la primavera del año 40, tuvieron que huir precipitadamente desde Iconio a causa del tumulto provocado por los judíos ante la predicación evangelizadora (cf. Hch 14,5-6).

En Listra permanecieron durante algún tiempo predicando la Buena Nueva. Allí es donde sucedió el sorprendente y curioso episodio que nos cuenta el libro de los Hechos 14,8ss y que terminó de m o d o dramático e inesperado por la cizaña de los recalcitrantes judíos de Antioquía e Iconio.

«Había en Listra un hombre cojo desde el seno de su madre y que nunca había podido andar. Escuchaba éste a Pablo, que fijando en él los ojos y viendo que tenía fe para ser salvo, le dijo en voz alta: Levántate, ponte en pie. Él, dando un salto, echó a andar. La muchedumbre, al ver lo que había hecho Pablo levantó la voz diciendo en licaonio: «Dioses en forma humana han descendido a nosotros, y llamaban a Bernabé Zeus, y a Pablo Hermes, porque éste es el que llevaba la palabra».

»El sacerdote del templo de Zeus, que estaba ante la puerta de la ciudad, trajo toros enguirnaldados y, acompañado de la muchedumbre, quería ofrecerles un sacrificio.

«Cuando esto oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus vestiduras, y arrojándose entre la muchedumbre, gritaban diciendo: «Hombres, ¿qué es lo que hacéis? Nosotros somos hombres iguales a vosotros y os predicamos para convertiros de estas vanidades al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto hay en ellos; que en las pasadas generaciones permitió que todas las naciones siguieran su camino, aunque no las dejó sin testimonio de sí, haciendo el bien y dispensando desde el cielo las lluvias y las estaciones fructíferas, llenando de alimentos y de alegría vuestros corazones».

»Con todo esto, a duras penas dejó la muchedumbre de sacrificarles. Pero judíos venidos de Antioquía e Iconio sedujeron a las turbas, que apedrearon a Pablo y le arrastraron fuera de la ciudad, dejándole por muerto. Rodeado de los discípulos se levantó y entró en la ciudad. Y al día siguiente salió con Bernabé camino de Derbe».

Fue en ese tiempo en que Pablo y Bernabé predicaron en Listra, cuando esta buena familia que les recibió en su casa se convirtió a la fe cristiana, pues en el segundo viaje (años 47-51), cuando Pablo y Bernabé volvieron a visitar a los hermanos por todas las ciudades evangelizadas, se nos narra:

«Llegaron a Derbe y a Listra. Había allí un discípulo llamado Timoteo, hijo de mujer judía creyente y de padre pagano muy recomendado por los hermanos de Listra e Iconio. Quiso Pablo que se fuese con él y tomándole le circuncidó a causa de los judíos que había en aquellos lugares, pues todos sabían que su padre era griego».

Hch 16,1-3.

La semilla del evangelio sembrada en el primer viaje misional había dado su fruto en la tierra buena fértil del joven Timoteo ya maduro en la fe y estimado en las comunidades cristianas. El hecho de circuncidar al que Pablo ya había bautizado obedece a una conciencia inculturalizadora para facilitarle el ministerio de la predicación que el apóstol iniciaba siempre en las sinagogas judías.

Timoteo acompaña a Pablo desde ese segundo viaje (Hch 16,1-3) y aparece también cuando llevan a Jerusalén la colecta de las Iglesias hermanas (cf. Hch 20,4; 1 Cor 16,1; Hch 24,17) como signo de comunión entre las Iglesias fundadas por Pablo y los fieles cristianos de Jerusalén.

Aunque ya no se le vuelva a mencionar en el libro de los Hechos, lo encontramos repetidas veces en los preescriptos o encabezamientos de las cartas: 1 Tes y 2 Cor, Flp y Flm, e incluso en los escritos deuteropaulinos como 2 Tes y Col. E n la carta a los Romanos 16,21, aparece enviando saludos.

Consta que en múltiples ocasiones Pablo le confió tareas delicadas que hubo de llevar a cabo por sí solo: Lo envió de Atenas a Macedonia (1 Tes 3,2ss): «Enviamos a Timoteo, nuestro hermano y ministro de Dios en el evangelio de Cristo, para confirmaros y exhortaros en vuestra fe».

De Éfeso lo envió a Corinto para que apoyara con su presencia su primera carta:

«Llegaron a Derbe y a Listra. Había allí un discípulo llamado Timoteo, hijo de mujer judía creyente y de padre pagano muy recomendado por los hermanos de Listra e Iconio. Quiso Pablo que se fuese con él y tomándole le circuncidó a causa de los judíos que había en aquellos lugares, pues todos sabían que su padre era griego».

Hch 16,1-3

La semilla del evangelio sembrada en el primer viaje misional había dado su fruto en la tierra buena fértil del joven Timoteo ya maduro en la fe y estimado en las comunidades cristianas. El hecho de circuncidar al que Pablo ya había bautizado obedece a una conciencia inculturalizadora para facilitarle el ministerio de la predicación que el apóstol iniciaba siempre en las sinagogas judías.

Timoteo acompaña a Pablo desde ese segundo viaje (Hch 16,1-3) y aparece también cuando llevan a Jerusalén la colecta de las Iglesias hermanas (cf. Hch 20,4; 1 Cor 16,1; Hch 24,17) como signo de comunión entre las Iglesias fundadas por Pablo y los fieles cristianos de Jerusalén.

Aunque ya no se le vuelva a mencionar en el libro de los Hechos, lo encontramos repetidas veces en los preescriptos o encabezamientos de las cartas: 1 Tes y 2 Cor, Flp y Flm, e incluso en los escritos deuteropaulinos como 2 Tes y Col. En la carta a los Romanos 16,21, aparece enviando saludos.

Consta que en múltiples ocasiones Pablo le confió tareas delicadas que hubo de llevar a cabo por sí solo: Lo envió de Atenas a Macedonia (1 Tes 3,2ss): «Enviamos a Timoteo, nuestro hermano y ministro de Dios en el evangelio de Cristo, para confirmaros y exhortaros en vuestra fe».

De Éfeso lo envió a Corinto para que apoyara con su presencia su primera carta:

«Por eso os envié a Timoteo, que es mi hijo muy amado y fiel en el Señor, que os traerá a la memoria mis caminos en Cristo Jesús y cuál es mi enseñanza por doquier en todas las Iglesias» (1 Cor 4,17). «Si llega Timoteo ahí, mirad que no se sienta acobardado entre vosotros, porque trabaja en la obra del Señor igual que yo» (1 Cor 16,10).

Desde el lugar de su cautiverio escribe Pablo a sus predilectos filipenses:

«Espero en el Señor Jesús poder enviaros pronto a Timoteo a fin de que yo también cobre ánimo conociendo vuestra situación. Porque a ninguno otro tengo de iguales sentimientos que sinceramente se preocupe de vuestras cosas, pues todos buscan sus intereses, no los de Jesucristo. Vosotros conocéis su probada fidelidad y que, como un hijo a su padre, me sirvió en el evangelio» (Flp 2,19-23). «Sabed que ha sido puesto en libertad nuestro hermano Timoteo, en cuya compañía si viniere pronto, os he de ver».

Heb 13,23

Cuando Pablo recobró la libertad, absuelto por el tribunal del César, volvió a sus correrías apostólicas llevando consigo a Timoteo. Vuelto a Éfeso, deja allí a Timoteo con amplios poderes de inspección sobre las comunidades cristianas fundadas por él. Allí permaneció como «epíscopo» hasta la segunda prisión romana de San Pablo.

Según el historiador Eusebio de Cesárea (Historia eclesiástica, 3,4) continuó en la ciudad como responsable de Asia cristiana.

Aunque Focio pudo leer actas de su martirio en tiempos de Domiciano, por el intento de apartar al pueblo de una fiesta pagana, esas actas, firmadas por un tal Polícrates, son ficticias. De hecho, el Calendario Romano actual no le tiene por mártir sino sólo por obispo.

Su mensaje actual salta a la vista.

En el mundo greco-romano, pluralista como el nuestro, su fidelidad y su entrega generosa a la tarea de la evangelización, hoy tan urgentes, son un espejo donde mirarnos. Realizó plenamente los deseos de Pablo: «Que nadie tenga en poco tu juventud, antes sirvas de ejemplo a los fieles en la palabra, en la conversación, en la caridad, en la fe, en la castidad» (1 Tim 4,12).

Tito aparece por primera vez, según la carta a los Gálatas 2,4, acompañando a Pablo y Bernabé cuando van desde Antioquía a Jerusalén para consultar a Pedro, Santiago y Juan, considerados como las «columnas» de la Iglesia, los problemas nuevos que habían suscitado en la comunidad cristiana antioquena los judaizantes que pretendían imponer como obligación la circuncisión y las prácticas de la ley mosaica a los convertidos del paganismo.

La compañía de Tito, de origen no judío y convertido de la gentilidad por Pablo, tal vez en la misma ciudad de Antioquía, que pudo ser su patria, resulta muy significativa. Representaba una verdadera provocación llevar consigo una persona sin duda ya notable en la comunidad antioquena sin estar circuncidado.

Los apóstoles, en el así llamado «Concilio de Jerusalén» (año 52), deliberaron ampliamente y decidieron a favor de la libertad cristiana:

«Ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros, no imponeros ninguna otra carga más que éstas necesarias: que os abstengáis de las carnes inmoladas a los ídolos, de sangre y de lo ahogado y de la fornicación, de lo cual hacéis bien en guardaros».

Hch 15,28-29

Pablo, triunfador en toda la línea, se refiere con énfasis expresamente a su compañero cuando escribe:

«Ni Tito, que iba conmigo, con ser gentil, fue obligado a circuncidarse, a pesar de los falsos hermanos intrusos, los cuales se entrometen para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, queriendo reducirnos a esclavitud».

Gal 2,3-4

Resulta curioso y un poco extraño que el libro de los Hechos no mencione expresamente la presencia de Tito en esta y otras notables ocasiones, pues sin duda fue destacada figura entre los cristianos procedentes del paganismo. Pablo le llevó al Concilio apostólico y a la comunidad judeocristiana de Jerusalén como un precedente o un caso modélico que avalaba su gallarda defensa de la libertad cristiana.

De la madurez, celo apostólico, fino tacto y prudencia de Tito, son pruebas palmarias las delicadas y difíciles encomiendas que le confía el apóstol.

A Corinto le envía en dos ocasiones, primero desde Éfeso y después desde Macedonia. Algunas de las tareas encomendadas fueron la colecta y la pacificación, mejor dicho, sumisión de la comunidad rebelde, ambas funciones cumplidas con éxito y a satisfacción de Pablo.

La primera vez fue a causa de la colecta ya iniciada y que Tito ha de concluir (cf. 2 Cor 8,6):

«Así que encargué a Tito que, según había comenzado así llevase a cabo entre vosotros esa obra de beneficencia…». «Y gracias sean dadas a Dios que puso en el corazón de Tito esta solicitud por vosotros, pues no sólo acogió nuestro ruego, sino que solícito, por propia iniciativa partió a vosotros. Y con él enviamos a otro hermano, cuyo elogio en la predicación del evangelio está difundido por todas las iglesias» (2 Cor 8,6.16-19). «Yo animé a Tito a ir y envié con él al hermano; ¿acaso Tito os explotó? ¿No procedimos ambos según el mismo espíritu? ¿No seguimos los mismos pasos?» (2 Cor 12,18).

Las relaciones de Pablo con la comunidad de Corinto pasaron por diversas etapas. En uno de los momentos más críticos, cuando se había llegado ya a los agravios y casi a la ruptura, fue cuando Tito, enviado por Pablo, logró la pacificación y la obediencia de la comunidad.

Entre las dos cartas de Pablo a los Corintios, se habla de otra intermedia, llamada «de las lágrimas», escrita en Éfeso, que refleja la dramática situación, pues se había levantado fuerte agitación contra él.

A esta carta se refiere 2 Cor 2,3-9; 7,8-12, escrita en medio de una gran tribulación y ansiedad con muchas lágrimas. La carta contenía duras y certeras reflexiones del apóstol. La embajada de Tito era verdaderamente difícil y Pablo estaba muy preocupado por su suerte. Las dificultades eran cada vez más grandes según las noticias que recibía Pablo (cf. 2 Cor 11,12-13; 7,5), que esperaba con angustia la vuelta de Tito a quien llama «mi hermano» (2 Cor 2,13) y en quien había depositado su confianza plena para que restableciese la concordia en Corinto y sirviera de mediador e intérprete de su mensaje epistolar.

Fue grande su consuelo y su alegría por las buenas noticias que trajo a su regreso:

«Y a este consuelo nuestro vino a unirse el extremado gozo de lo de Tito cuyo espíritu habéis todos confortado. Que, si en algo me glorié con él de vosotros, no he quedado confundido, sino que, así como en todo habíamos hablado verdad, así era también verdadero nuestro gloriarnos con Tito. Y su cariño por vosotros se ha acrecentado viendo vuestra obediencia y el temor y temblor con que lo recibisteis».

2 Cor 7,13-16

El prestigio de Tito, paralelo al de Timoteo, explica su elección como destinatarios de las Cartas pastorales seudopaulinas para justificar la continuidad del influjo de San Pablo.

E n la que tiene a Tito por destinatario se nos dice que Pablo dejó a Tito en Creta para que «pusiera en orden lo que aún no estaba concluido» (Tit 1,5), esto es, la incipiente organización de las comunidades cristianas para que continuara la lucha contra los herejes.

Pero quiere traerle pronto a Nicópolis en el Epiro, donde pasar el invierno con él a quien llama «mi verdadero hijo en la fe común» (Tit 1,4), dejando en Creta de sucesor a Artemas o a Tíquico (cf. Tit 3,12).

Probablemente le envió también a Dalmacia, donde Tito es venerado de forma particular.

La vinculación de Tito a la Iglesia de Creta está avalada por la tradición que afirma su avanzada edad y el culto de sus reliquias, pero la misión apostólica de Pablo en ese lugar no encaja en el marco de su biografía. Sólo tocó brevemente la isla como prisionero (cf. Hch 27,7ss).

Ignoramos el día de la muerte de estos dos grandes discípulos de San Pablo. Su culto en la liturgia romana se introdujo en fechas muy tardías.

En los formularios litúrgicos de la celebración abundan las alusiones más o menos explícitas a textos de las Cartas pastorales: en las lecturas, en las antífonas y en la colecta. Nos recuerdan las virtudes apostólicas tan necesarias en nuestro tiempo para la nueva evangelización, de la que ellos son espléndidos modelos.

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