Europa antes de Cluny: cuando la Iglesia parecía perder el rumbo

I. La noche antes del amanecer

La historia de la Iglesia tiene algo en común con la historia de la salvación narrada en la Biblia: las grandes intervenciones de Dios suelen comenzar cuando todo parece perdido.

Antes del éxodo hubo esclavitud.

Antes del regreso del exilio hubo destrucción.

Antes de la Resurrección hubo una cruz.

También antes de Cluny hubo una larga noche.

Cuando contemplamos las magníficas catedrales medievales, los monasterios que aún hoy se alzan sobre montañas y valles, la música gregoriana que sigue elevando el alma y la extraordinaria riqueza espiritual que floreció entre los siglos XI y XIII, corremos el riesgo de olvidar que todo aquello nació en medio de una profunda crisis.

No fue una época de tranquilidad.

Fue una época de incertidumbre.

Europa parecía un continente roto.

La violencia se había convertido en una realidad cotidiana. Las fronteras cambiaban constantemente. Los reinos nacían y desaparecían. Los caminos eran inseguros. Los campesinos vivían bajo el temor permanente de nuevas invasiones y muchas comunidades cristianas apenas conseguían sobrevivir.

Incluso quienes amaban sinceramente a la Iglesia podían preguntarse:

¿Hacia dónde vamos?

Es una pregunta que cada generación termina formulándose de una u otra manera.

Y quizá esa sea la primera lección que nos ofrece Cluny.

Las crisis nunca sorprenden a Dios.


II. Cuando el sueño de Carlomagno comenzó a desmoronarse

Durante un breve momento de la historia, pareció posible reconstruir la unidad de Europa.

Ese sueño tuvo un nombre: Carlomagno.

Coronado emperador en Roma la Navidad del año 800, quiso restaurar una cristiandad donde la fe, la cultura y el orden político caminaran juntos. Bajo su gobierno florecieron escuelas, se copiaron manuscritos, se promovió la formación del clero y se impulsó una notable renovación religiosa y cultural.

No era un paraíso.

Pero sí un tiempo de esperanza.

Sin embargo, las grandes obras humanas suelen depender demasiado de quienes las sostienen.

Tras la muerte de Carlomagno en el año 814, comenzaron las divisiones entre sus herederos. Lo que había sido un solo imperio terminó fragmentándose en diversos reinos rivales.

El Tratado de Verdún (843) dividió el Imperio Carolingio entre sus nietos. Aquella decisión, pensada para evitar conflictos, abrió la puerta a décadas de luchas internas.

La autoridad imperial se debilitó.

Los señores locales comenzaron a acumular poder.

Las alianzas cambiaban constantemente.

Europa perdió buena parte de la estabilidad que había conocido.

No fue únicamente una crisis política.

Fue una crisis de confianza.

Cuando desaparece una autoridad capaz de garantizar el bien común, cada región comienza a preocuparse únicamente por su propia supervivencia.

Y el miedo modifica profundamente la manera de vivir.


III. Un continente cercado por el miedo

Como si las divisiones internas no fueran suficientes, nuevas amenazas comenzaron a llegar desde todos los puntos del horizonte.

Por el norte aparecieron los normandos, conocidos popularmente como vikingos.

No eran únicamente exploradores.

Sus rápidas embarcaciones les permitían remontar los ríos europeos y atacar ciudades, monasterios y aldeas que apenas tenían tiempo para organizar una defensa.

Los monasterios fueron objetivos especialmente vulnerables.

No porque fueran fortalezas militares.

Precisamente por lo contrario.

En ellos se conservaban vasos sagrados, objetos de valor, alimentos, animales y manuscritos cuidadosamente elaborados durante generaciones.

Los monjes rara vez ofrecían resistencia armada.

Su vocación era otra.

Muchos murieron abrazados al altar o intentando proteger los libros que copiaban pacientemente desde hacía años.

Mientras tanto, por el este avanzaban los magiares, extraordinarios jinetes cuyas incursiones sembraban el terror en vastas regiones del continente.

Desde el sur llegaban ataques de grupos musulmanes establecidos en diversos enclaves del Mediterráneo, que realizaban incursiones sobre poblaciones costeras e incluso penetraban hacia el interior.

Europa parecía rodeada.

No existía un lugar completamente seguro.

Cada campana que sonaba podía anunciar la oración…

o una invasión.


IV. Los monasterios bajo ataque

Cuando pensamos en un monasterio medieval solemos imaginar un lugar silencioso, estable y apartado del mundo.

En el siglo X la realidad era muy distinta.

Muchos monasterios fueron incendiados.

Otros quedaron abandonados.

Algunos perdieron a casi toda su comunidad.

Con ellos desaparecieron bibliotecas enteras.

Miles de manuscritos se perdieron para siempre.

Horas incontables de trabajo paciente quedaron reducidas a cenizas en pocas horas.

Pero la pérdida no fue únicamente cultural.

Fue espiritual.

El monasterio era mucho más que una residencia para monjes.

Era una escuela.

Un hospital improvisado.

Un refugio para peregrinos.

Un lugar donde los campesinos encontraban consejo.

Un centro desde el que se enseñaban nuevas técnicas agrícolas.

Un espacio donde la oración sostenía silenciosamente a toda la sociedad.

Cuando un monasterio desaparecía, una región entera perdía uno de sus principales focos de vida cristiana.

Sin embargo, incluso entonces ocurrió algo admirable.

Los monjes volvían.

Reconstruían.

Sembraban otra vez.

Copiaban nuevamente los libros.

Reanudaban el canto de los salmos.

Es difícil encontrar una imagen más elocuente de la esperanza cristiana.

Podían destruir los edificios.

No podían destruir la vocación.


V. La tentación de interpretar mal la historia

Al contemplar este panorama, alguien podría concluir que Dios había abandonado a su pueblo.

No sería la primera vez que aparece esa tentación.

Israel la experimentó durante el exilio en Babilonia.

Los discípulos la sintieron el Viernes Santo.

Muchos cristianos la han sentido en épocas de persecución.

Pero la Escritura enseña otra lectura de la historia.

Dios nunca promete una Iglesia libre de dificultades.

Promete permanecer con ella.

Hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

Cristo dijo:

«Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

No dijo que desaparecerían las tormentas.

Dijo que Él estaría presente en medio de ellas.

Y eso cambia completamente la perspectiva.

La historia de la Iglesia no es la historia de una institución que nunca conoció el sufrimiento.

Es la historia de una comunidad que, una y otra vez, ha descubierto la fidelidad de Dios precisamente cuando parecía que todo se derrumbaba.

VI. Cuando la enfermedad viene desde dentro

Las persecuciones nunca han sido el mayor peligro para la Iglesia.

Puede parecer una afirmación extraña, pero la historia la confirma una y otra vez.

Durante los tres primeros siglos, el cristianismo sobrevivió a emperadores que intentaron hacerlo desaparecer. Miles de cristianos fueron encarcelados, torturados o ejecutados. Sin embargo, lejos de extinguirse, la Iglesia creció con una fuerza inesperada. Como escribiría siglos después Tertuliano: «La sangre de los mártires es semilla de cristianos.»

¿Por qué?

Porque las persecuciones externas suelen fortalecer la identidad de una comunidad. Cuando todo exige elegir entre la fidelidad y la apostasía, la fe se purifica.

Las crisis internas son diferentes.

Son más silenciosas.

Más lentas.

Y, precisamente por eso, más difíciles de reconocer.

A comienzos del siglo X, la Iglesia no estaba siendo perseguida por un emperador pagano.

El problema era otro.

En muchos lugares, la vida cristiana comenzaba a perder profundidad.

No desaparecía la fe.

Se debilitaba el fervor.

Y cuando el fervor disminuye, casi siempre aparecen dos tentaciones: utilizar las cosas de Dios para intereses humanos y acostumbrarse a una vida espiritual mediocre.

No era una situación universal. Había obispos santos, sacerdotes ejemplares, comunidades fervorosas y monasterios fieles. Pero la enfermedad existía, y negarla sería tan poco honesto como exagerarla.

Los grandes santos nunca comenzaron una reforma fingiendo que no había problemas.

Comenzaron mirándolos de frente, con dolor, pero también con esperanza.


VII. El nacimiento del mundo feudal

Para comprender esa crisis es necesario entender cómo había cambiado Europa.

Con el debilitamiento del poder imperial, la seguridad dejó de depender del emperador y pasó a depender de los señores locales.

Así nació el sistema feudal.

El señor protegía militarmente un territorio.

A cambio, quienes habitaban esas tierras le debían fidelidad, trabajo y diversos servicios.

No era un sistema completamente negativo.

En una época de constantes invasiones, ofrecía cierta estabilidad.

Muchos castillos protegieron pueblos enteros.

Muchos señores fueron gobernantes prudentes y profundamente cristianos.

Pero todo sistema humano tiene sus riesgos.

Y el feudalismo no fue una excepción.

Poco a poco, algunos nobles comenzaron a considerar que todo lo existente dentro de sus dominios les pertenecía.

No solo los bosques.

No solo las cosechas.

También los monasterios.

Y aquí comenzó uno de los grandes problemas de la época.


VIII. Cuando los monasterios dejaron de ser completamente libres

Imaginemos un monasterio fundado por una familia noble.

Con el paso de los años, esa familia seguía sintiéndose propietaria de la comunidad.

Elegía al abad.

Administraba los bienes.

Decidía sobre las tierras.

Incluso influía en la disciplina interna.

Desde una perspectiva actual, esto resulta extraño.

Pero en aquel contexto parecía casi natural.

El problema era evidente.

¿Cómo podía un monasterio buscar sinceramente la voluntad de Dios si debía responder constantemente a intereses políticos o familiares?

El abad, que según la Regla de san Benito debía ser un padre espiritual elegido por la comunidad, podía terminar siendo una persona impuesta por conveniencias ajenas al Evangelio.

No siempre ocurría.

Pero ocurría con suficiente frecuencia para generar una profunda preocupación.

La vida monástica comenzaba a perder aquello que constituía su mayor riqueza: la libertad para buscar únicamente a Dios.

Por eso, cuando siglos después Cluny insistirá en depender directamente del Papa, no estará reclamando un privilegio.

Estará defendiendo una condición indispensable para vivir el Evangelio con autenticidad.

La libertad espiritual necesita independencia frente a los intereses del poder.


IX. La simonía: cuando los dones de Dios se convierten en mercancía

Uno de los males más graves de aquella época recibió un nombre tomado directamente del libro de los Hechos de los Apóstoles.

Simonía.

El término proviene de Simón el Mago, aquel hombre que, impresionado por el poder del Espíritu Santo, quiso comprar con dinero la capacidad de conferir los dones divinos.

Pedro le respondió con una severidad extraordinaria:

«Que tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se compra con dinero.» (Hch 8,20).

Desde entonces, la Iglesia llamó simonía a la compra o venta de bienes espirituales o de cargos eclesiásticos.

Conviene entender bien este fenómeno.

No significa que toda elección de un obispo estuviera corrompida.

Ni mucho menos.

Pero sí ocurrió que, en determinados lugares, algunas sedes episcopales, abadías o beneficios eclesiásticos comenzaron a ser tratados como si fueran propiedades o recompensas políticas.

El problema no era únicamente económico.

Era profundamente espiritual.

Cuando un ministerio deja de entenderse como un servicio y comienza a verse como una oportunidad de prestigio, riqueza o poder, pierde su verdadero sentido.

La simonía era mucho más que una corrupción administrativa.

Era una herida en la comprensión misma de la Iglesia.


X. ¿Por qué era tan grave?

Podría parecer un asunto lejano.

Pero en realidad toca una verdad muy profunda.

El Evangelio es siempre un regalo.

Nadie puede comprar la gracia.

Nadie puede adquirir el Espíritu Santo.

Nadie puede apropiarse de la Iglesia como si fuera una empresa familiar.

Todo en la vida cristiana comienza con un don.

Por eso la simonía resulta tan escandalosa.

No solo porque implica corrupción.

Sino porque contradice el corazón mismo del Evangelio.

San Benito había escrito siglos antes que el abad debía ser elegido por la comunidad atendiendo principalmente a su virtud y sabiduría espiritual.

No a su riqueza.

No a su linaje.

No a su influencia política.

Cluny volverá precisamente a esa intuición original.

Porque toda verdadera reforma consiste, en el fondo, en regresar a las fuentes.


XI. La mediocridad espiritual: una amenaza silenciosa

Existe otra realidad de la que los historiadores hablan menos, quizá porque no puede medirse con documentos.

Es la tibieza.

No todos los monasterios estaban en decadencia.

Muchos seguían siendo verdaderos focos de santidad.

Pero algunos habían ido relajando poco a poco la observancia de la Regla.

No ocurrió de un día para otro.

La mediocridad casi nunca llega de golpe.

Entra lentamente.

Primero se acorta un tiempo de oración.

Después se justifica una pequeña comodidad.

Más tarde se deja de corregir un abuso.

Con el paso de los años, lo excepcional termina pareciendo normal.

La historia espiritual enseña una lección sorprendente.

Las grandes caídas rara vez comienzan con grandes pecados.

Comienzan con pequeñas infidelidades repetidas durante mucho tiempo.

Por eso san Benito insistía tanto en la vigilancia del corazón.

Sabía que la fidelidad cotidiana es el verdadero fundamento de toda reforma.


XII. Dios seguía preparando algo nuevo

Si hubiéramos recorrido Europa hacia el año 900, probablemente habríamos visto más motivos para la preocupación que para el optimismo.

Un imperio fragmentado.

Invasiones constantes.

Monasterios destruidos.

Comunidades debilitadas.

Interferencias políticas.

Corrupción en algunos lugares.

Una fe que, aunque seguía viva, necesitaba recuperar su ardor.

Y, sin embargo, precisamente en ese momento, Dios estaba preparando una respuesta.

No mediante un ejército.

No mediante una revolución.

No mediante un nuevo sistema político.

La respuesta nacería en un pequeño monasterio perdido entre los campos de Borgoña.

Allí, unos hombres volverían a abrir la Regla de san Benito y decidirían algo que parecía demasiado sencillo para cambiar la historia:

volver a buscar a Dios con todo el corazón.

Y esa decisión transformaría Europa.

XIII. Dios escribe la historia desde lugares pequeños

La Biblia tiene una lógica que desconcierta al mundo.

Cuando Dios quiere iniciar una nueva etapa en la historia de la salvación, rara vez elige lo que parece más poderoso.

No escoge Babilonia, sino Ur.

No llama al faraón, sino a Moisés.

No elige Jerusalén para el nacimiento del Mesías, sino un establo en Belén.

No comienza la evangelización del mundo con un ejército, sino con doce hombres de Galilea.

Esa misma lógica aparece una vez más en el siglo X.

Mientras los reyes luchaban por conservar sus territorios y los grandes señores intentaban aumentar su influencia, Dios preparaba silenciosamente una respuesta en un lugar del que casi nadie había oído hablar.

Su nombre era Cluny.

A simple vista, no tenía nada de extraordinario.

No era una gran ciudad.

No era un centro político.

No era una fortaleza.

Era una pequeña propiedad situada en la región de Borgoña.

Si alguien hubiera recorrido Europa en el año 909 y preguntado por Cluny, probablemente habría recibido miradas de extrañeza.

Y, sin embargo, allí comenzaría una de las transformaciones más profundas de toda la Edad Media.

La historia de Dios suele comenzar donde los mapas del poder apenas miran.


XIV. Un noble que entendió que todo pertenece a Dios

El protagonista humano de este momento no fue un monje.

Fue un duque.

Guillermo I de Aquitania, conocido como Guillermo el Piadoso.

Era uno de los hombres más poderosos de Europa occidental.

Poseía extensos territorios, influencia política y un prestigio considerable.

Podría haber empleado su fortuna para fortalecer su ejército, construir nuevas fortalezas o ampliar sus dominios.

En cambio, decidió hacer algo que pocos gobernantes estaban dispuestos a hacer.

Donó parte de sus tierras para fundar un monasterio.

Hasta aquí la historia podría parecer una más entre muchas.

Los nobles medievales fundaban iglesias y monasterios con cierta frecuencia.

Pero Guillermo añadió una cláusula que cambiaría la historia.

El monasterio no pertenecería ni a él ni a sus descendientes.

No estaría sometido a ningún señor feudal.

No dependería de intereses familiares.

Quedaría bajo la protección directa de los apóstoles san Pedro y san Pablo y, por tanto, del Sucesor de Pedro.

Aquella decisión tenía una enorme profundidad espiritual.

Guillermo comprendió algo que todo cristiano necesita recordar:

las obras de Dios dejan de ser verdaderamente suyas cuando intentamos poseerlas.

Fundó un monasterio.

Y renunció a controlarlo.

¡Qué contraste con nuestra mentalidad!

Nos cuesta soltar aquello que hemos construido.

Queremos decidir siempre.

Conservar el control.

Ser consultados.

Guillermo hizo exactamente lo contrario.

Entregó.

Y desapareció de la escena.

Es una de las primeras lecciones de Cluny.

Las obras más fecundas suelen comenzar cuando alguien acepta no ser el protagonista.


XV. Un documento sorprendentemente moderno

El acta fundacional de Cluny, redactada en el año 910, es uno de los textos más importantes de la historia medieval.

No solamente porque da origen a una abadía.

Sino porque expresa una forma completamente nueva de entender la libertad de la Iglesia.

En aquel documento, Guillermo declara que entrega aquellas tierras «por amor de Dios y para remedio de su alma».

No habla de prestigio.

No busca reconocimiento.

No exige privilegios para su familia.

Después establece que los monjes elegirán libremente a su abad según la Regla de san Benito.

Ningún señor podrá imponer candidatos.

Ningún gobernante podrá apropiarse del monasterio.

Ningún heredero podrá reclamar aquellas propiedades.

Para el lector moderno quizá esto parezca un simple asunto jurídico.

Pero en el siglo X equivalía a liberar un jardín para que pudiera crecer sin que nadie arrancara continuamente sus raíces.

La independencia no era un fin en sí mismo.

Era el medio para que los monjes pudieran buscar únicamente a Dios.


XVI. San Bernón: el hombre adecuado para comenzar

Toda gran obra necesita una persona capaz de darle alma.

Guillermo encontró ese hombre en Bernón.

Era ya un monje experimentado, conocido por su prudencia, su fidelidad a la Regla benedictina y su profunda vida espiritual.

No era un revolucionario.

Y precisamente por eso era el hombre indicado.

Las revoluciones suelen romper con el pasado.

Los reformadores auténticos vuelven a las fuentes.

Bernón no pretendía inventar una nueva forma de ser monje.

Quería recuperar la belleza original de la vida benedictina.

Su programa era sorprendentemente sencillo.

Orar mejor.

Vivir con mayor austeridad.

Celebrar dignamente la liturgia.

Practicar la obediencia.

Custodiar el silencio.

Servir a Cristo en los hermanos.

Nada más.

Y, sin embargo, ese «nada más» bastaría para cambiar Europa.

La santidad suele parecer demasiado sencilla para quienes esperan soluciones espectaculares.


XVII. ¿Qué significa volver a las fuentes?

Cada cierto tiempo aparece la tentación de pensar que la Iglesia necesita reinventarse.

Los grandes santos enseñan otra cosa.

Cuando la Iglesia atraviesa una crisis, la solución nunca consiste en abandonar el Evangelio.

Consiste en volver a él.

Eso hizo Cluny.

No escribió una nueva Regla.

No creó una nueva espiritualidad.

No sustituyó a san Benito.

Simplemente tomó de nuevo aquel texto escrito cuatro siglos antes y decidió vivirlo con radicalidad.

Aquí encontramos una enseñanza permanente.

Las reformas verdaderamente cristianas no nacen del deseo de ser originales.

Nacen del deseo de ser fieles.

En todas las épocas, la verdadera novedad consiste en redescubrir la frescura del Evangelio.


XVIII. La primera victoria de Cluny no fue sobre otros

Existe una imagen equivocada de las reformas eclesiales.

A veces pensamos que reformar consiste en corregir a los demás.

Denunciar.

Señalar errores.

Organizar cambios.

Nada de eso ocurrió primero en Cluny.

La primera batalla fue interior.

Cada monje debía preguntarse:

¿Estoy buscando realmente a Dios?

¿Rezo con el corazón o solo repito palabras?

¿Obedezco por amor o por obligación?

¿Trabajo para servir o para destacar?

¿Amo el silencio o huyo constantemente de él?

Antes de transformar monasterios, Cluny quiso transformar monjes.

Antes de renovar la Iglesia, quiso renovar corazones.

Y esta es quizá la enseñanza más actual de toda la reforma.

Porque también hoy resulta mucho más fácil hablar de los problemas de la Iglesia que dejarnos convertir personalmente por Cristo.


XIX. La paciencia de Dios

Hay algo que impresiona al estudiar la historia de Cluny.

Nada ocurrió deprisa.

No hubo un éxito inmediato.

No aparecieron cientos de monasterios en pocos años.

No cambió Europa de la noche a la mañana.

Los primeros monjes probablemente nunca imaginaron el alcance de lo que estaban haciendo.

Simplemente rezaban.

Trabajaban.

Cantaban los salmos.

Acogían a los peregrinos.

Copiaban manuscritos.

Vivían la Regla.

A los ojos del mundo, llevaban una existencia escondida.

Pero el Reino de Dios siempre ha crecido así.

Jesús mismo comparó el Reino con una semilla de mostaza.

Con un poco de levadura.

Con una semilla que germina mientras el agricultor duerme.

Dios trabaja despacio.

Porque no construye solamente instituciones.

Forma personas.

Y eso requiere tiempo.


XX. La esperanza comienza con una decisión

Quizá esta sea la gran conclusión de toda esta primera parte de la serie.

Europa no cambió cuando aparecieron gobernantes más fuertes.

No cambió porque terminaran todas las guerras.

No cambió porque desaparecieran las dificultades.

Comenzó a cambiar cuando un pequeño grupo de hombres decidió vivir el Evangelio sin rebajas.

La esperanza nació mucho antes de que el mundo se diera cuenta.

Nació en el silencio de un monasterio.

En la fidelidad a una Regla.

En el canto humilde de los salmos.

En una comunidad que comprendió que la mejor manera de renovar la Iglesia era volver a poner a Cristo en el centro.

Quizá esa siga siendo la gran lección de Cluny para nuestro tiempo.

Vivimos rodeados de análisis, diagnósticos y debates sobre el futuro de la Iglesia.

Todo eso puede tener su lugar.

Pero ninguna estrategia sustituirá jamás a una vida santa.

Porque las reformas verdaderamente cristianas nunca comienzan en los despachos.

Comienzan de rodillas.


Para saber más

  • El documento fundacional de Cluny (910) es considerado una de las piezas jurídicas más importantes de la historia monástica medieval, por garantizar la libertad del monasterio frente a los poderes feudales.
  • La dependencia directa del Papa permitió a Cluny preservar con mayor fidelidad la observancia de la Regla de san Benito y convertirse en modelo para centenares de monasterios europeos.
  • San Bernón, primer abad de Cluny, no buscó crear una espiritualidad nueva, sino recuperar con radicalidad el ideal benedictino de oración, trabajo, obediencia y vida fraterna.

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