A lo largo de la historia de la Iglesia han surgido hombres y mujeres que, al contemplar las dificultades de su tiempo, han sentido la necesidad de volver a lo esencial. Eso fue precisamente lo que ocurrió a finales del siglo XI cuando nació la Orden del Císter.
Hoy los cistercienses son conocidos por su vida de oración, silencio, trabajo y sencillez. Sin embargo, detrás de esta orden monástica existe una historia apasionante de búsqueda espiritual, fidelidad al Evangelio y deseo de vivir sin concesiones la Regla de San Benito.
El contexto: una necesidad de reforma
La vida monástica había florecido durante siglos gracias a la obra de San Benito de Nursia. Sus monasterios se extendieron por toda Europa y contribuyeron enormemente a la evangelización, la cultura y la conservación del saber.
Sin embargo, con el paso del tiempo, algunos monasterios fueron acumulando riquezas, propiedades y privilegios. Aunque seguían siendo lugares de fe, algunos monjes comenzaron a sentir que la sencillez original se estaba debilitando.
Entre ellos se encontraba Roberto de Molesmes.
Junto con otros compañeros, soñaba con una vida monástica más austera, más sencilla y más fiel a la Regla benedictina.
El nacimiento de Citeaux
En el año 1098, Roberto, Alberico y Esteban Harding abandonaron Molesmes y se dirigieron a una región boscosa y deshabitada llamada Citeaux, en Francia.
Allí fundaron un nuevo monasterio.
Su propósito era sencillo y revolucionario a la vez:
vivir la Regla de San Benito tal como había sido concebida originalmente.
Sin lujos.
Sin privilegios.
Sin buscar prestigio.
Sólo Dios.
El nombre latino de Citeaux era Cistercium, de donde surgió posteriormente el nombre de la Orden del Císter.
Los pilares de la espiritualidad cisterciense
La vida cisterciense se construyó sobre cuatro grandes pilares:
La oración
La Liturgia de las Horas ocupa el centro de la jornada.
Los monjes santifican el día mediante la alabanza constante a Dios.
El trabajo
Siguiendo la enseñanza benedictina del Ora et Labora (reza y trabaja), los monjes viven del trabajo de sus manos.
Durante siglos cultivaron campos, copiaron manuscritos y desarrollaron numerosas actividades artesanales.
La vida fraterna
La comunidad no es un simple grupo de personas que viven juntas.
Es una verdadera familia espiritual.
La sencillez
Las iglesias cistercienses se caracterizaron por evitar decoraciones excesivas.
Todo debía ayudar a dirigir la mirada hacia Dios.
La llegada de San Bernardo
Los primeros años fueron difíciles.
La comunidad era pequeña y pobre.
Parecía incluso que aquella aventura podía desaparecer.
Pero en 1112 llegó un joven noble llamado Bernardo.
Ingresó acompañado de varios compañeros y poco después fundó la abadía de Claraval.
Gracias a él, el Císter experimentó un crecimiento extraordinario.
En pocas décadas se fundaron centenares de monasterios por toda Europa.
El Císter hoy
Más de nueve siglos después, la Orden del Císter sigue viva.
Existen monasterios masculinos y femeninos repartidos por numerosos países.
Algunos pertenecen al Císter de la Estricta Observancia, conocidos popularmente como trapenses.
Otros pertenecen a la Orden Cisterciense tradicional.
Todos comparten la misma búsqueda:
buscar a Dios por encima de todas las cosas.
Una lección para nuestro tiempo
La historia del Císter nos recuerda algo muy actual.
Las verdaderas reformas no nacen de la crítica.
Nacen de la conversión.
Roberto, Alberico y Esteban no quisieron crear algo nuevo.
Simplemente quisieron vivir con mayor fidelidad aquello que ya habían recibido.
Y precisamente por eso transformaron la historia de la Iglesia.

