Beatos Vicente Lewoniuk y doce compañeros: mártires de la fidelidad al Papa y a la Iglesia

A lo largo de la historia, muchos cristianos han entregado su vida por confesar que Jesucristo es el Señor. Algunos murieron por negarse a adorar ídolos. Otros fueron perseguidos por anunciar el Evangelio. Los beatos Vicente Lewoniuk y sus doce compañeros pertenecen a un grupo particular de mártires: hombres sencillos que dieron la vida por permanecer fieles a la Iglesia Católica y a la comunión con el Sucesor de Pedro.

No eran sacerdotes ni teólogos famosos.

Eran campesinos.

Padres de familia.

Jóvenes trabajadores.

Hombres del pueblo.

Pero cuando llegó el momento decisivo, supieron defender con su sangre aquello que consideraban más valioso que la propia vida: la fe.

Una Iglesia perseguida

Para comprender su historia es necesario remontarse a finales del siglo XVI.

En 1596 tuvo lugar la llamada Unión de Brest, mediante la cual numerosos cristianos de tradición oriental decidieron entrar en plena comunión con el Papa de Roma, conservando sus propias tradiciones litúrgicas, espirituales y disciplinarias.

Así nació lo que hoy conocemos como Iglesia greco-católica o Iglesia uniata.

Sin embargo, esta unión nunca fue aceptada por las autoridades del Imperio ruso.

Durante décadas los zares intentaron eliminar estas comunidades y obligarlas a incorporarse a la Iglesia ortodoxa controlada por el Estado.

La persecución fue especialmente dura durante el siglo XIX.

El plan del zar

En la región de Podlasia, al este de Polonia, permanecían numerosas comunidades católicas orientales fieles a Roma.

El gobierno ruso decidió acabar definitivamente con ellas.

Sacerdotes y obispos fueron destituidos.

Muchos fueron encarcelados.

Otros deportados a Siberia.

Las autoridades pensaban que, una vez privados de sus pastores, los fieles abandonarían fácilmente su identidad católica.

Pero ocurrió exactamente lo contrario.

La fe del pueblo se fortaleció.

La parroquia de Pratulin

Uno de los lugares donde la resistencia fue más firme fue la pequeña localidad de Pratulin.

Allí los fieles comprendieron que las autoridades pretendían ocupar su iglesia e imponer una liturgia separada de la comunión con Roma.

La comunidad decidió defender pacíficamente su templo.

No con armas.

No mediante la violencia.

Sino mediante la firmeza de la fe.

Trece hombres para defender una iglesia

El 24 de enero de 1874 las tropas del zar llegaron a Pratulin.

Encontraron frente a la iglesia a trece hombres dispuestos a impedir que el templo fuera arrebatado a la comunidad católica.

Sabían perfectamente el riesgo que corrían.

Los soldados intentaron convencerlos.

Les recordaron las órdenes imperiales.

Los amenazaron con abrir fuego.

Les prometieron que nada les sucedería si abandonaban el lugar.

Pero los trece permanecieron firmes.

No estaban defendiendo simplemente un edificio.

Estaban defendiendo su fe.

«Es dulce morir por la fe»

Cuando comprendieron que los soldados iban a disparar, los defensores hicieron algo sorprendente.

Se arrodillaron.

Comenzaron a rezar.

Entonaron himnos religiosos.

Uno de ellos sostenía un gran crucifijo.

Ante la última amenaza respondieron con una frase que ha quedado grabada para siempre en la memoria de la Iglesia:

«Es dulce morir por la fe».

Pocos instantes después comenzaron los disparos.

Uno tras otro fueron cayendo heridos.

Algunos murieron en el acto.

Otros fueron trasladados a sus hogares, donde fallecieron horas después.

Vicente Lewoniuk: el primero en derramar su sangre

Entre aquellos trece hombres se encontraba Vicente Lewoniuk.

Tenía apenas veinticinco años.

Era un joven esposo y padre de familia.

Fue el primero en caer bajo las balas.

Su muerte marcó el inicio de un testimonio que aún hoy conmueve a la Iglesia.

Por ello su nombre encabeza el grupo de los mártires de Pratulin.

Hombres sencillos, fe extraordinaria

La grandeza de estos mártires reside precisamente en su sencillez.

No eran personajes importantes.

Entre ellos había agricultores, jornaleros, trabajadores y padres de familia.

Algunos apenas superaban los veinte años.

Otros tenían esposa e hijos.

Uno de ellos, Aniceto Hryciuk, de solo diecinueve años, salió de casa llevando comida para quienes defendían la iglesia y dijo a su madre:

«Quizás también yo sea digno de dar la vida por la fe».

Ignacio Franczuk, padre de siete hijos, se vistió con ropa limpia antes de partir hacia Pratulin, convencido de que tal vez no regresaría.

Bartolomé Osypiuk murió orando por quienes lo habían perseguido.

Cada uno de ellos escribió con su propia sangre una página del Evangelio.

Una tumba sin nombre

Después de la masacre, los soldados rusos enterraron los cuerpos sin honores y sin permitir la presencia de los familiares.

Intentaron borrar incluso el recuerdo de los mártires.

Pero no pudieron borrar la memoria del pueblo.

Los habitantes de Pratulin conservaron viva la historia generación tras generación.

Cuando Polonia recuperó la independencia, la tumba comenzó a convertirse en lugar de oración y peregrinación.

La sangre de los mártires había dado fruto.

La victoria de la fidelidad

La persecución continuó durante años.

En 1875 el gobierno ruso abolió oficialmente la diócesis de Chelm.

Sin embargo, los católicos permanecieron fieles.

Durante décadas sobrevivieron prácticamente sin sacerdotes, sostenidos por la oración, la transmisión familiar de la fe y la ayuda de otros católicos.

Finalmente, en 1905, la libertad religiosa fue restablecida y miles de fieles pudieron volver a manifestar públicamente su comunión con la Iglesia Católica.

La violencia había fracasado.

La fe había vencido.

La gloria de los mártires

La Iglesia reconoció oficialmente el heroísmo de estos testigos.

El 6 de octubre de 1996, San Juan Pablo II beatificó a Vicente Lewoniuk y sus doce compañeros.

Al hacerlo, quiso presentar al mundo el ejemplo de unos laicos que supieron permanecer firmes en la fe aun cuando ello significaba perder la vida.

¿Qué podemos aprender de los mártires de Pratulin?

La historia de estos beatos sigue siendo profundamente actual.

Nos enseñan:

  • Que la fe vale más que cualquier seguridad humana.
  • Que la fidelidad a Cristo exige a veces sacrificios.
  • Que los laicos tienen una misión insustituible en la vida de la Iglesia.
  • Que la comunión con la Iglesia y con el Papa es un don que merece ser defendido.
  • Que el amor es más fuerte que la violencia y la persecución.

Ellos no murieron por una ideología.

Murieron por una relación viva con Cristo y por su amor a la Iglesia.

Una pregunta para el corazón

Los mártires de Pratulin estuvieron dispuestos a dar la vida por permanecer fieles a su fe.

Nosotros quizá no tengamos que afrontar una persecución semejante.

Pero sí debemos preguntarnos:

¿Estoy dispuesto a permanecer fiel a Cristo cuando eso resulta incómodo?

¿Defiendo mi fe con valentía en mi familia, en mi trabajo o en mi ambiente?

¿Valoro realmente el don de pertenecer a la Iglesia?

La fidelidad cotidiana es la forma ordinaria del martirio cristiano.

Oración

Señor Jesús,

que concediste a los beatos Vicente Lewoniuk y sus doce compañeros la fortaleza para dar la vida por la unidad de la Iglesia y la fidelidad a la fe católica, fortalece también nuestro corazón.

Haznos valientes para permanecer fieles en medio de las dificultades.

Aumenta nuestro amor por tu Iglesia y por el Sucesor de Pedro.

Que, siguiendo el ejemplo de estos mártires, sepamos vivir con coherencia el Evangelio y dar testimonio de ti con nuestras palabras y nuestras obras.

Por su intercesión, concédenos perseverar hasta el final en la fe que hemos recibido.

Amén.

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