Santa Genoveva Torres Morales

Por: María Encarnación González Rodríguez | Fuente: Año Cristiano (2002)

Virgen (+ 1956)

Santa Genoveva Torres Morales fue una religiosa cuya vida estuvo marcada, desde la hondura de la fe y el amor, por la soledad, el dolor, la humildad y la pobreza, y por la llamada del Señor a la entrega solícita y caritativa a quienes se encontraban en estas mismas situaciones. Con este propósito fundó las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles (Angélicas), dedicadas a «aliviar la soledad de las personas que, por diferentes circunstancias, viven solas y necesitadas de cariño, de consuelo, de amor y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu».

Su larga vida de 86 años, que transcurrió entre 1870 y 1956, es un continuo testimonio de fortaleza, de decisión, de caridad, de un temple de alma capaz no sólo de superar cualquier adversidad, sino de gustar la prueba, la tribulación, el abandono para llenarse completamente de Dios y de ese modo poderse ofrecer mejor a sus hermanos, sobre todo a los más necesitados de amor, acogida, alivio y consuelo. Es, sin duda, un apóstol del sufrimiento: su vida constituye una exhortación palpitante y seductora al valor redentor que puede tener la propia cruz unida a la de Cristo. Se la ha llamado «ángel de la soledad» o «un desafío a Dios con sus dos muletas gloriosas» porque, ya huérfana, a los 13 años tuvieron que amputarle una pierna, sin anestesia, quedando mutilada para toda su vida. En este estado, y «sintiendo la soledad para no oír más que a Dios», intrépida y decidida, se lanzó a lo que fue su don específico, el carisma que había de aportar a la Iglesia y al mundo: salir al encuentro de quienes necesitaban acogida y cariño.

Nació el 3 de enero de 1870 en Almenara (Castellón, España), una villa de unos 2.000 habitantes dedicados en su mayoría a tareas agrícolas, y ésta era la ocupación de sus padres, José Torres Seguí y Vicenta Morales Sanz. Genoveva era la menor de los seis hijos —dos niños y cuatro niñas— de este matrimonio de vida sencilla, cariñosos, muy trabajadores y buenos cristianos. Bautizaron a Genoveva al día siguiente de nacer. El sacramento de la confirmación lo recibió a los siete años, en la visita pastoral que en 1877 hizo a Almenara el Obispo de la diócesis, don Benito Vilamitjana.

Los sufrimientos empezaron cuando, apenas cumplido un año de edad, la pequeña perdió a su padre de inesperada y rápida enfermedad; en los seis años siguientes fallecieron cuatro de sus hermanos y, cuando contaba 8 años, murió la madre. A partir de este momento su vida cambió radicalmente. Sola con su hermano mayor, José, de 18 años, se vio obligada a asumir las tareas de la casa, lo cual le impedía asistir a la escuela. Sí frecuentó con asiduidad la catequesis dominical de la parroquia y a los diez años, mezclada con las gentes del pueblo, recibió la primera comunión.

Su experiencia de soledad comenzó a hacerse presente en este momento, llenándola a veces con la lectura de algunos libros piadosos que tenía su madre, los cuales despertaron en ella una temprana fascinación por las cosas de Dios y vivo deseo de cumplir siempre su voluntad.

Su hermano era bueno y quería a Genoveva, pero, demasiado joven, a veces resultaba exigente con ella. Además, bastante serio y poco comunicativo, no contribuía a crear un distendido ambiente fraterno, que hubiera sido tan conveniente para ambos. Esto acentuaba los sufrimientos de la niña, que se veía inmersa en tensos momentos de silencio y angustia. La situación no mejoró cuando José contrajo matrimonio. Al contrario: para Genoveva aumentaron los quehaceres. Además de seguir ocupándose de las labores domésticas, a veces la enviaban a trabajar a un almacén de naranjas, debiendo entregar el reducido salario al hermano.

Esta penosa situación, el haber tenido que convertirse antes de tiempo en una verdadera ama de casa, el persistente dolor de su orfandad, los normales sufrimientos de una niña al no poder llevar una vida como las demás, la deficiente alimentación y algunos excesos al tener que caminar con frecuencia al pueblo cercano, incidieron pronto en su estado de salud, de modo que se le fue formando un tumor maligno en la pierna izquierda. A la edad de trece años, en las precarias condiciones de la propia casa, un cirujano traído de Valencia hubo de amputársela en medio de terribles dolores, al haber fallado el aparato de la anestesia, viéndose ya acompañada hasta su muerte de sus dos inseparables muletas. Las personas que siguieron de cerca el mal de su pierna y el conjunto de circunstancias tan adversas, testimonian cómo aquella niña, en medio de sus dolores, se acordaba de Jesús Crucificado y todo lo ofrecía por la salvación de los pecadores.

El nuevo matrimonio de su hermano, que había quedado viudo, trajo un importante cambio en la vida de Genoveva a los 15 años de edad: la esposa no parecía dispuesta a tenerla en la casa y menos requiriendo algunos cuidados. José, aunque al principio trató de evitarlo, acabó viéndose obligado a buscar un centro de acogida para su hermana, y la llevó a la Casa de Misericordia de Valencia, que regentaban las Carmelitas de la Caridad.

Refiriéndose a estos primeros años de su vida, y también a su experiencia posterior, escribía Genoveva en 1943:

«Tengo muchos años. He vivido siempre sin cariño de nadie. Ni mis familiares. Eran lejanos. Sólo un hermano, y por algunos años. Y ¿qué era aquel servicio que prestaba yo a mi hermano a tan corta edad? ¡Cuánto bien me hizo su rigidez y exigencias suyas!».
«[…] Muy justamente permite Dios estar sin nombre, sin instrucción alguna. Carezco de todo, necesito de todos. El vivir como un pobre criado que sirve a su Señor en este mundo, sin propiedad alguna material ni apoyo propio espiritual, es vivir la verdadera vida del alma aquí en la tierra, Señor […]».
«¿Qué tengo yo? Necesidad en mi alma y en mi corazón. En orden a lo material, físicamente una mutilada, sin instrucción alguna, sin ninguna cantidad, desposeída de todo lo necesario para la vida […] ¿No es esto instrumento del poder de Dios?».

La estancia en la Casa de Misericordia fue providencial para ella. Había llegado acostumbrada precozmente a la soledad y al sufrimiento y allí, en un ambiente más sereno, afianzó su ya intensa vida espiritual, sintiendo especial devoción a la Eucaristía, al Sagrado Corazón, a la Virgen María y a los Santos Ángeles. Además, las religiosas, bien conscientes de su precario estado de salud, cuidaron de ella con suma delicadeza y atenciones. Le «parecían ángeles», según propia confesión. Y viendo y agradeciendo de todo corazón su cercanía, afecto y cariño, percibió cuánto bien podía hacerse a las personas necesitadas de todo, como ella.

Durante los nueve años que permaneció en esta Casa tuvo ocasión de leer nuevos libros piadosos, de dedicarse a la oración durante muchos tiempos de silencio y de practicar con primor la costura y el bordado, que había aprendido de muy niña. Allí conoció a personas, se relacionó bien con las religiosas y con sus compañeras y se hizo amiga de una anciana que tenía fama de santa.

Muy importante providencia para Genoveva fue que en esta etapa se acogiera a la ayuda espiritual del capellán de la Casa, don Carlos Ferrís Vila, más tarde jesuíta y fundador de la Leprosería de Fontilles. De él recibió buena formación espiritual y con él participó en las variadas actividades que organizaba en la Casa: ejercicios espirituales, Apostolado de la oración, Congregación Mariana, Hijas de María, retiros, etc., reforzando y cualificando así su ya frecuente práctica de la oración.

En estos años, y con estas nuevas experiencias, Genoveva fue descubriendo en sí misma una clara inclinación a la vida religiosa, por lo que solicitó el ingreso en las Carmelitas de la Caridad, la congregación más conocida y cercana. Pero en aquel momento su invalidez fue un obstáculo insalvable. Aunque para ella este hecho constituyera una nueva dificultad, le hizo comprender que su camino no era intentar el ingreso en otro instituto religioso y, dispuesta a seguir su vocación, continuó buscando la voluntad del Señor en cuanto al modo de realizarla.

Firme en este propósito, y ya con 24 años de edad, percibió que su futuro no pasaba por la Casa de Misericordia, por lo que consideró conveniente dejar aquel ambiente. Quedaban, sin embargo, en su persona unos años singularmente enriquecedores para ella: había mejorado su salud; se había ido configurando con rasgos más precisos su propia personalidad, había recibido una discreta formación espiritual y se había consolidado su vida de piedad. También había establecido algunas relaciones de amistad, entre ellas con dos señoras: Isabel Fuster, viuda y con una hija de 11 años, y Amparo Rives, soltera, de 26 años de edad. Como Genoveva, ambas eran habilidosas en el bordado y la costura y, pensando que con este trabajo podrían ganarse la vida y dedicarse a algunas obras de apostolado, se fue a vivir con ellas. Entre las tres montaron un pequeño taller y, mientras planeaban alguna actividad como acogida de mendigos o Vela Nocturna a Jesús Sacramentado para señoras, fueron haciendo de su casa un hogar de oración y recogimiento.

Pero no tardaron en surgir las dificultades: había poco que comer y mucho que trabajar, a lo que no parecían muy dispuestas sus compañeras, lo cual empezó a constituir un nuevo motivo de dolor y soledad para Genoveva. Pero, en esta situación, conocieron al P. Juan María Sola, SI, que les presentó a dos señoras y les sugirió trasladarse a una casa más grande para poder acogerlas, como, en efecto, hicieron. A este grupo pronto se unió alguna más, con lo que surgió la idea de ampliar nuevamente el domicilio. Sin saberlo, estaba poniendo los cimientos a lo que había de ser su fundación.

Así las cosas, en 1898 un canónigo de Valencia, don José Barbarrós, se les ofreció para hablar al Sr. Arzobispo de su proyecto de Vela Nocturna, pero, dada la insegura situación ambiental —profunda crisis provocada por la derrota de España en América y Oriente—, no parecía el momento oportuno. De todos modos, para hacer espacio a nuevas residentes, cambiaron otra vez de casa y procuraban sostenerse con sus trabajos de costura y bordado y con lo poco que podían aportar las señoras que habían acogido. Con esta experiencia, Genoveva fue madurando sus reflexiones sobre el acuciante problema que estaban padeciendo muchas mujeres de entonces: el desamparo y la soledad cuando se quedaban sin familia ni hogar.

La situación pareció encontrar su rumbo definitivo cuando en enero de 1911 recibió un grato aviso: deseaba verla el canónigo don José Barbarrós. El mensaje era pedirle que, dado el sufrimiento de muchas señoras solas por viudedad o desamparo que, al tener bajos ingresos económicos, no podían vivir de modo independiente y no encontraban otras soluciones posibles, y dado que no existían lugares adecuados donde pudieran acogerse, pensara el modo de iniciar para ellas una nueva fundación. Esta propuesta coincidía con lo que desde hacía años venía preocupando a Genoveva: es necesario atender en sus necesidades, llenar de cariño y animar en su espíritu a las cada vez más numerosas mujeres que se encuentran en este género de necesidades.

Consultaron al P. Martín Sánchez, SI, director espiritual de las tres, que aprobó complacido el proyecto. Se trataba de ofrecer un nuevo hogar a mujeres solas, que aportarían la pensión que pudieran. Pero Genoveva no olvidó su antiguo anhelo, por lo que el carisma a desarrollar iría unido a la adoración nocturna de la Eucaristía.

Desde su salida de la Casa de Misericordia en 1894 hasta 1911, había buscado incesantemente la voluntad del Señor. Según sus palabras: «Me puse en manos de Dios, para cuanto pudiera querer de mí con voluntad firme de no resistirme en nada de cuanto de mí exigiera, costara lo que costara». Y en este momento le pareció vislumbrar su respuesta.

El 2 de febrero de 1911 se inauguró en Valencia la primera casa de la nueva fundación, con cuatro residentes: Genoveva, Isabel, Amparo y, de momento, una señora. Enseguida llegaron más. El objetivo estaba claro desde el comienzo: no sería un mero lugar de refugio o acogida sino un verdadero hogar, un ambiente en el que lo material y lo espiritual contribuyera a que todas y cada una de las personas se encontraran en su propia casa. Pero lo primero sería el sagrario, «porque estando Jesús, nada temo». El canónigo Barbarrós, que las estaba ayudando, les formuló un primer boceto de Reglamento y, a pesar de que ella no se consideraba apta, designan a Genoveva como directora.

Para comenzar, con la ayuda del P. Martín Sánchez, presentaron la naciente obra al nuevo Arzobispo de Valencia, Mons. Guisasola, que la aceptó como congregación religiosa de ámbito diocesano. Y a partir de este momento empieza a configurarse esta incipiente fundación, obra que, claramente planteada, iría perfilando los detalles que habían de caracterizarla.

Al núcleo inicial se añadieron nuevas personas, y crecían tanto las solicitudes de ingreso en la casa que se vieron obligadas a buscar otra más amplia. No faltaron las dificultades, entre otras las provocadas por sus primeras compañeras, pero era el signo de Dios para seguir adelante. «Sólo me apena —escribe Genoveva— ver cómo yo podré con todo, pero me consuela que el pensamiento está siempre ocupado con invitar a Dios que mande y rija la casa».

Acomodada la residencia con gran esfuerzo y penalidades, en diciembre del mismo año 1911 llegó una gran recompensa: la autorización para que pudiera celebrarse la misa y conservar al Señor Reservado. Además, en una providencial visita al P. Ginesta, también jesuíta, éste habló a Genoveva de los Santos Ángeles, animándola a que se acogiera a su protección. Tampoco era nuevo para ella este pensamiento, que aceptó complacida.

Secundando el deseo del P. Martín Sánchez, trasladado a Aragón, que deseaba ver extendida la obra, en mayo de 1912 Genoveva viajó a Zaragoza para preparar una nueva fundación. El 31 de julio, aunque de forma precaria, se inauguraba la nueva residencia. Poco después, con providenciales ayudas, consiguieron un edificio más amplio bastante cerca de la Basílica de la Virgen del Pilar.

Consolidada mientras tanto la Residencia de Valencia, el 27 de diciembre de 1912 se inauguraba una nueva capilla, erigida en oratorio semipúblico, donde podía celebrarse la santa misa diariamente. En esta ocasión Genoveva y sus dos compañeras estrenaron un uniforme negro: era el primer boceto del hábito que después habían de vestir. En 1915 se consagraron a Dios con votos privados y, con variados consejos y ayudas, Genoveva fue elaborando unas Constituciones, que dieron la pauta al futuro Instituto religioso.

Poco a poco surgieron nuevas Residencias, cada una de las cuales cuenta con una historia providencial y con no pocas dificultades. Además, en 1918 murió el Padre Martín Sánchez. Pero la obra continuó extendiéndose.

Lo decisivo del proceso fundacional fue la promulgación del decreto de 5 de diciembre de 1925 por el que la Sociedad Angélica quedaba erigida en Instituto religioso diocesano y el 18 de diciembre el Arzobispo de Zaragoza recibía personalmente la profesión religiosa de Genoveva y de 18 compañeras. Dos días después, la que había sido alma de la fundación desde el comienzo, fue nombrada Madre General del Instituto. Sería reelegida en los capítulos de 1935,1941 y 1947. También se editaron entonces las nuevas Constituciones del Instituto de Religiosas de la Sociedad Angélica del Sagrado Corazón de Jesús para Señoras Retiradas.

A la vez que tiene carácter autobiográfico y es signo de su sencillez evangélica y humildad de corazón, esta carta circular a las Religiosas en 1922 ratifica a la Madre Genoveva su calidad de fundadora:

«Salida de las clases más humildes de la sociedad; pobre y sin medio alguno de fortuna; desprovista de toda formación literaria e intelectual; privada de otras cualidades que nacen del talento y del conocimiento del mundo; mutilada en los miembros más precisos para la vida activa, e inutilizada, por tanto, para el trabajo; agobiada con graves enfermedades y flaca siempre de salud; sin más recursos que nuestra pobre voluntad, no siempre dócil (lo confesamos para nuestra confusión), sino muchas veces rebelde a las inspiraciones divinas, acometimos la empresa de fundar la Sociedad Angélica del Sagrado Corazón para señoras retiradas, previo consejo y aprobación de algunos Ministros del Señor, del clero secular y regular, que suavemente nos impelieron a acometer esta empresa, entre los cuales recordamos siempre con especial gratitud al R. P. Martín Sánchez, de la Compañía de Jesús».

De este modo, con la aprobación diocesana y sus Constituciones, el Instituto había dado un paso muy importante en su proceso fundacional. Santa Genoveva contaba 55 años de edad. Luchadora incansable, en tensión continua entre el profundo reclamo de su vida interior y las actividades externas que había de acometer, después de muchas penalidades y prolongada búsqueda, había encontrado el verdadero camino de la voluntad del Señor.

También estaba siendo definitivo en ella el signo del sufrimiento, imprescindible don del Señor, sin duda, porque su misión personal y compartida era, precisamente, acoger a los que sufren. Como era definitivo el signo del amor y de su deseo de identificación con Cristo, que es donde encuentra todo su sentido y eficacia el sufrimiento. Éstos son algunos de sus escritos, expresivos del contenido de muchos más:

«Tengo hastío de la vida hasta ponerme en aprieto de llorar. ¡Dios mío! No hallo más pena en este mundo que vivir en él. ¡Qué amargura se siente! Siempre me parece que estoy en él como escapada. Justifica el decir el malestar que esto interiormente me causa. Sólo mitiga mi pena cuando me hallo sola. Entonces hallo la verdad en mi interior».
«Por la gracia de Dios siento atractivo para orar y por intercesión de la Santísima Virgen pido a Dios que me acreciente más y más este atractivo. Porque, si bien por la misericordia de Dios todo lo criado me lleva a Él, lo saqué de la constancia de la oración en medio de las dificultades y miedos para tenerla».
«¡Cuántos bienes produce tener amor a las cruces! Los quilates del amor son equivalentes al peso de sus sufrimientos».
«Mi alma, gracias a Dios, está tranquila, con una paz que inunda mi alma de gozo. Sólo Dios puede derramar sus luces y apagar las zozobras y turbaciones que los hombres procuran sembrar en los corazones acostumbrados a fiar de Él y vivir de pureza de intención, y como me había olvidado de las letrillas de la gran santa castellana: «Nada te turbe…, sólo Dios basta», me hallaba sin agua. ¡Bendito sea Dios y qué miserias tan grandes! No soy más que un granito de arena que se pierde en la inmensidad del mar del Corazón de Jesús; pero Él es grande para quien le busca a Él sólo».
«Y nosotros ¿qué hacemos por Él? ¿Perdonamos, disimulamos, defendemos, ayudamos a nuestros prójimos y más a nuestras Hermanas? […] Sí, Hermanas, amemos nosotras y todo lo que nos mortifica, el amor lo endulzará; y callando con alegría vayamos a estudiar a Jesús en el Sagrario y allí tendremos fuerza para luchar». «A las personas, en sus últimos años, no las ama más que el que posee verdadero amor de Dios».

«Tengo necesidad de Dios»; «Que tu puro amor mueva todas mis acciones»; «Yo quisiera, Jesús, que no obrara yo, sino Tú; que no hablara yo, sino Tú; que no pensara yo, sino Tú»; «Sólo por la caridad y la mansedumbre llevaremos almas a Dios»; «El amor lo vence todo»; «Nada es pesado al que ama»; «El amor nunca dice basta», son otras expresiones suyas que, con distintas variantes, se repiten en sus escritos.

Mientras prosperaba el Instituto por la llegada de nuevas vocaciones y la demanda de fundaciones, se acercaban en España los momentos difíciles para la Iglesia que acompañaron a la proclamación de la II República en 1931. En este nuevo contexto, la actividad de la Madre Genoveva presentó también facetas nuevas, especialmente como maestra y guía espiritual del nuevo Instituto religioso. Así, la carta circular tratando de animar a sus miembros en el seguimiento de Jesucristo. En 1936, en una situación sumamente crítica, poco antes del golpe de estado que desencadenó luego la penosa guerra civil, se celebraron las Bodas de Plata de la fundación con gran mesura.

Durante la contienda, acompañada de una verdadera persecución religiosa, con auténtico sentido eclesial estimulado por la Madre Genoveva, en la Casa de Valencia se pudo dar protección a diversas personas, no sólo miembros de distintas Congregaciones religiosas, sino también a grupos de seglares, e incluso mantuvieron el Santísimo Sacramento. En otros casos tuvieron que dispersarse, sufriendo todo género de desventuras.

Este fragmento de uno de sus escritos puede ser expresión de la actitud mantenida durante tan singular y trágica circunstancia:

«Probasteis lo que es no poder exteriorizar los actos más sacrosantos de la religión, aunque supongo que en vuestro corazón moraba el Huésped divino y como Padre bondadoso de sus hijas cuidó. ¡Qué de sobresaltos no disipó de vuestros corazones! ¡Cuántas gracias recibidas! Vivid siempre para Él y, en acción de gracias, ofreceros en holocausto de su divino amor, siempre amándole y haciéndole amar».

A ella y a otras de sus religiosas las sorprendió la contienda en la llamada zona nacional. «Quedaron conmigo —escribe— ayudándoos con sus oraciones, súplicas, mortificaciones, penitencias, para que ninguna de vosotras fuera maltratada en su alma ni en su cuerpo».

Terminada la guerra, «pasó ya todo», dice. «Volvamos con libertad a recordar y practicar nuestros deberes de perfección […] Procuremos que la humildad y la humillación sean nuestro pan cotidiano. Toda fecundidad es esfuerzo y dolor».

A la vez que se afanaba en afianzar la vida del espíritu, se ocupó también en recuperar las casas de la Sociedad Angélica que habían sido confiscadas o perdidas durante la guerra. Al poco tiempo estaban funcionando de nuevo, aunque, obviamente, con las lógicas dificultades. Proyecto muy acariciado en este momento fue el de la Hospedería del Pilar, comenzada a construir en Zaragoza en 1939, junto a la Basílica de Nuestra Señora, que se inauguró en 1941. Además de ser una gran residencia para señoras retiradas, pronto se convirtió en Curia Generalicia, Noviciado y casa de Ejercicios de las Religiosas Angélicas, y en lugar apropiado para múltiples encuentros y reuniones de jóvenes, estudiantes, familias, etc.

También su pueblo, Almenara, se había visto afectado por la contienda y ella misma contribuyó con sus escasos recursos a ayudar a la reconstrucción de la ermita del Buen Suceso, dedicada a la Virgen. Con este motivo reunió a las mujeres de la localidad para exhortarlas a que fundasen una Asociación que mantuviera el culto a la Virgen y con el compromiso de cumplir sus deberes de esposas y madres cristianas y de asistir a la misa dominical.

Los últimos años de la vida de la Madre Genoveva fueron coherentes con los primeros: de fatigas, asiduo trabajo, recio temple de alma y profunda vida espiritual. Continuó siendo prioritaria en ella la atención a las señoras necesitadas de acogida, cimentada siempre en su intensa vida espiritual. Y continuó atendiendo, de modo particular, la formación de sus Religiosas Angélicas, de las que, además de fundadora, era Madre General.

En torno a 1950, mientras el Instituto seguía ampliando el número de sus fundaciones, ya anciana, se hizo más evidente la normal pérdida de fuerzas, debida también a su intensa actividad.

En esta última etapa de su vida, lo que más íntimamente agradó a la Madre Genoveva fue la concesión por Roma del Decretum laudis que tanto deseaba. Las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Angeles, nombre definitivo del Instituto, adquirían así carácter pontificio universal, concluyendo el proceso fundacional. El preciado decreto fue dado en Roma el 25 de marzo de 1953. Este acontecimiento se celebró con toda solemnidad en cada una de las Casas de las religiosas Angélicas, como normalmente son conocidas.

A partir del cuarto Capítulo General, celebrado ese mismo año 1953, la que había dado origen al Instituto continuó vitalizándolo como una religiosa más, respetuosa y obediente a la nueva Madre General.

En 1955 sus fuerzas se debilitaron de modo muy notorio. A comienzos de diciembre se agravó su salud y el día 30 sufrió un ataque de apoplejía. Se le administró la Unción de los Enfermos. Se repuso momentáneamente y exclamó: «Hágase, Señor, vuestra santa voluntad». Pero a comienzos del nuevo año su estado continuaba en una situación muy crítica, y el día 5 de enero de 1956 falleció en Zaragoza, donde había tenido su sede más permanente. La noticia corrió por la ciudad y se hicieron largas filas ante el cadáver expuesto para rezar y encomendarse a ella, pasar por sus manos objetos piadosos y decirle el último adiós. Era un signo evidente de su amplia fama de santidad. Sus restos fueron depositados en un nicho del cementerio, pero se pensó pronto en construir una cripta bajo el altar de la capilla de la Casa Generalicia. A ella fueron trasladados el día 7 de enero de 1957.

El sepulcro de la Santa comerlo a recibir —y sigue recibiendo— innumerables visitas y peregrinaciones, y se acumulan los testimonios de favores concedidos. Es evidente el cariño que muestra el pueblo hacia esta admirable mujer. A la vez, la Obra de la Madre Genoveva prosigue su extensión por España, Roma, México y Venezuela. Ella, tan devota de los Ángeles, y transformada en un auténtico «Ángel de la Soledad», continúa acogiendo a quienes llaman a sus puertas.

En 1976 se instruyó su causa de canonización y el decreto del 22 de enero de 1991 proclamaba la heroicidad de sus virtudes. Verificada en 1994 la autenticidad de un milagro obtenido por su intercesión, fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el 29 de enero de 1995 y canonizada el 4 de mayo de 2003 por el mismo Papa. Ponía así de manifiesto la santidad de una mujer minusválida en el cuerpo y vigorosa en el espíritu, que sigue enseñando a descubrir que el amor se hace fuerte en el dolor y que un par de muletas, bien llevadas, puede ayudar a ir muy lejos en el verdadero camino de la auténtica caridad.

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