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Poesía: Stabat Mater

Pensaba en ti, Madrede Dios.Mi corazónrumiabala pulpa de tu Dolor.Sábado Santo. Tarde gris. La calle. Mí alientodeseaba nacerte. Acompañarte.Veía tus dos brazos rodeandoun desmayado cuerpo.Pero erguido tu pecho.Erguido siempre, sin que de tus labios-amoratados, húmedos, resecos-brotarael más leve sonido de protesta.Tú lo aceptabas todo. Hasta a nosotros.Y, al abrazar a Dios, sobre la roca viva del Calvario,me abrazabas a mí. A todas las criaturasque en el momento aquélarrastraban sus pies. Sobre el asfalto. Autora: Elvira Lacaci (1928-1997).

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Carta de san Ignacio de Antioquía a los filadelfianos

Ignacio, llamado también Teóforo, a la iglesia de Dios el Padre y de Jesucristo, que está en Filadelfia de Asia, que ha hallado misericordia y está firmemente afianzada en la concordia de Dios y se regocija en la pasión de nuestro Señor y en su resurrección sin vacilar, estando plenamente provista de toda misericordia; iglesia a la cual saludo en la sangre de Jesucristo, que es gozo eterno y permanente; más especialmente si son unánimes con el obispo y los presbíteros que están con él, y con los diáconos que han sido nombrados en conformidad con la mente de Jesucristo,

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Poesía: Si tú me dices ven…

Si tú me dices «¡ven!», lo dejo todo…No volveré siquiera la miradapara mirar a la mujer amada…Pero dímelo fuerte, de tal modo que tu voz, como toque de llamada,vibre hasta el más íntimo recododel ser, levante el alma de su lodoy hiera el corazón como una espada. Si tú me dices «¡ven!», todo lo dejo.Llegaré a tu santuario casi viejo,y al fulgor de la luz crepuscular;mas he de compensarte mi retardo,difundiéndome ¡Oh Cristo! ¡como un nardode perfume sutil, ante tu altar! Autor: Amado Nervo (1870-1919).

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San Fructuoso y sus diáconos

Por: Miguel Melendres | Fuente: Año Cristiano (2002) Mártires (+ 259) Apenas parpadeaba el siglo V, cuando Aurelio Prudencio, la mejor lira hispana que ha vibrado en latín, agitaba con versos incendiados las llamas del martirio de Fructuoso, obispo de Tarragona, que subió a la pira crepitante como a un pontifical: acompañado de ministros. Pesaban sobre la cabeza del poeta calagurritano, según confiesa él mismo, «cinco décadas de años y siete años más», cuando cayó en la cuenta de que ante el tribunal de Dios no han de valer los días gastados en el culto de las mundanas vanidades «sin ocuparse del Señor con quien tan sólo

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